No tengo paz. Literalmente, no tengo paz. Y cuando digo "literalmente", me refiero a Esteban entrando a mi oficina como si nada.
—¿Ya almorzaste o estás muy ocupada negando tus sentimientos por Sofía? —me pregunta, tirándose en mi sillón.
Lo miro sin levantar la cabeza del expediente. No porque no quiera contestar, sino porque si lo miro directamente, probablemente le arroje el pisapapeles.
—No tengo sentimientos por Sofía —digo con la voz más plana y profesional que tengo en stock.
—Ajá… y por eso te atragantaste cuando Masha te preguntó si eras la que tenía loca a su hija. Eso fue cine.
Resoplo. Maldito sea ese café, esas madres tan amorosas y ese comentario tan fuera de lugar.
—¿Estás seguro de que quieres hablar de atragantarse? Porque a tí te brillaban los ojos cuando Julián te pidió el número de teléfono.
—Touché —me responde sonriendo, sin el más mínimo pudor—. Pero aquí la que no duerme pensando en una cirujana coqueta, eres tú.
Levanto la vista.
—Yo duermo perfectamente.
—¿Ah, sí? ¿Y qué soñaste anoche? No me digas que con París… ¿o fue otra vez el recuerdo de cuando viste a Sofía en ese ascensor he?
Esa maldita boda. Ese maldito vestido negro. Esa maldita sonrisa sarcástica. Sofía había entrado a esa sala como si estuviera en una pasarela, y yo... yo me iba a casar Y, lo peor quedé, fascinada.
—Superalo —respondo, firme. Pero él ya sabe que estoy a la defensiva. Lo huele como un sabueso.
—Ajá, y sin embargo no le quieres vender el edificio. Admitilo, Larita. Estás perdida. Desde París no la sacás de tu cabeza.
No digo nada. Solo lo miro. Esteban sonríe como si hubiese ganado una apuesta.
—Y ni hablar del capítulo de ayer en casa de sus madres. ¿Te gustó la versión del parto? ¿O fue cuando te mostraron fotos de Sofía disfrazada de abeja en el preescolar lo que te terminó de enamorar?
—Eres un idiota.
—Y tú estás enamorada.
Silencio.
Suspiro.
Dejo el expediente sobre el escritorio, me reclino en la silla y me quedo mirando el techo.
—¿Y si sí? —pregunto en voz baja, más para mí que para él.
Esteban se endereza, sorprendido. Pero no dice nada. Solo me sonríe con ternura.
—Entonces... haz algo al respecto. Sofia es bellísima y debe de tener mucho más pretendientes.
Y eso es lo que más miedo me da.
—No me gusta Sofía —digo, levantándome de golpe de la silla como si eso cerrara la conversación.
Esteban me mira con una ceja levantada, cruzado de brazos, con esa cara de “larita, ni tú te lo creés”.
—¿Y entonces por qué tienes las mejillas color tomate cada vez que alguien la nombra?
—Porque me da calor tu nivel de ridiculez —respondo, mientras agarro mi bolso con una determinación teatral.
—¿Y por qué vas a salir corriendo ahora, justo cuando empezábamos con la parte divertida?
—Porque tengo que ver a Vane —miento descaradamente—. Tema edificio.
—Ahhh… ¿el famoso edificio? El que Sofía quiere comprar y tú no quieres vender. Qué casualidad que justo vas a ver a tu prima, ¿no?
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Corazón blindado
RomanceTras ser plantada en el altar, Lara decide no volver a sentir, así cerrando su corazón. Todo cambia cuando aparece Sofía, una chica narcisista, divertida y llena de fuego, que desafía sus muros y la obliga a redescubrir el riesgo -y la belleza- de v...
