Desperté antes de que sonara la alarma.
O mejor dicho, creo que ni dormí.
El techo blanco de mi habitación fue testigo de mis recuerdos dando vueltas toda la noche.
La música, las flores, las miradas… y esa llamada que lo destruyó todo.
Carmen diciendo que no se iba a casar conmigo.
Su voz, temblorosa, pero segura.
Como si mi corazón fuera algo que podía romperse en silencio y seguir adelante.
Me levanté despacio.
Caminé hasta el baño, intentando no mirarme mucho en el espejo.
Todavía me cuesta reconocerme sin ese brillo en los ojos que tenía antes… antes de París.
Me pregunté, no por primera vez, si algo en mí había hecho que Carmen mirara a otra persona.
Si mi amor , mi obsesión con el trabajo, mi forma de cerrar puertas para que nadie me lastime… fue, en realidad, lo que terminó por lastimarme.
El café se hizo solo, casi por costumbre.
Mientras lo revolvía, la mente volvió al altar, al vestido, a la mirada de la gente.
Todos esperando algo que no pasó.
Yo parada ahí, intentando no derrumbarme delante de todos.
Y, aunque detesto admitirlo, recordé cómo me temblaban las manos cuando recibí la llamada.
Cómo por un segundo pensé: “No puede ser. No a mí.”
Pero sí. Fue a mí.
Y entonces, en medio de todo ese recuerdo amargo…
Se me cruzaron otros ojos.
Verdes.
Insolentes.
Unos ojos que se me hacían tan lindos, que me habían a cordar a alguien.. unos ojos que le pertecian a
Sofía
No entiendo por qué pienso en ella.
No tiene sentido.
No la conozco de verdad. Es… caótica, descarada.
Todo lo que yo detesto.
Todo lo que… en este momento, parece tan terriblemente vivo comparado con el vacío que dejó Carmen.
Suspiré, dejando la taza sobre la mesa.
No, no debería pensar en Sofía.
No debería pensar en nadie.
Mi corazón ya aprendió lo que pasa cuando se abre demasiado.
Y sin embargo… ahí está.
En mi cabeza.
Como una herida que pica, que duele… pero que te recuerda que seguís viva.
Me obligué a vestirme para ir a trabajar.
El traje impecable, el cabello recogido, el perfume discreto.
Esa versión de mí que es tan perfecta que casi parece de mentira.
En el fondo, ir a la oficina es la única forma que tengo de no pensar.
De ponerme una máscara y olvidar, al menos por unas horas, que alguien me rompió el corazón frente a todos.
Llegué temprano, Las paredes blancas del estudio, los escritorios ordenados, el sonido suave de las teclas.
Todo en su sitio, todo tan predecible… hasta que no.
—Lara, te quiero presentar a alguien —dijo Helena, mi compañera.
Me giré, sin muchas ganas, esperando ver a otro abogado de cara cansada.
Pero me encontré con un hombre alto, de cabello castaño, ojos claros y una sonrisa un poco descarada que me sonó… familiar.
—Gael pretovich Ivanov Moretti —dijo él, tendiéndome la mano.
Pretovich
El apellido resonó en mi cabeza como una campana.
—Lara —respondí, apretando su mano.
—Encantado —añadió él—. Me hablaron mucho de tí
—Espero que bien —contesté, con una media sonrisa que me sale por reflejo.
Gael.
Pretovich.
No tardé en hacer la conexión: el hermano mayor de Sofía.
Era evidente por el apellido, por los rasgos… y por algo en la mirada que, aunque más seria que la de ella, tenía el mismo brillo algo burlón.
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Corazón blindado
RomanceTras ser plantada en el altar, Lara decide no volver a sentir, así cerrando su corazón. Todo cambia cuando aparece Sofía, una chica narcisista, divertida y llena de fuego, que desafía sus muros y la obliga a redescubrir el riesgo -y la belleza- de v...
