capitulo seis

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Cuando abrió los ojos, lo supe enseguida.
El ceño fruncido, la mano llevándose a la frente, el primer suspiro cansado… y la mirada que tardó apenas un segundo en girarse hacia mí.

Estaba sentada en la butaca, con el celular en la mano, sin haber pegado ojo.
Y cuando nuestros ojos se encontraron, vi cómo su confusión se transformaba, rápido, en algo más: rabia.

—¿Tú que haces aquí? —dijo, la voz ronca, más dura de lo que esperaba.

—Tranquila —intenté explicarle, levantando un poco las manos—. Anoche estabas mal, muy mal… solo te traje para que no te quedaras sola.

Ella parpadeó, miró alrededor y volvió a mirarme, como si intentara encajar las piezas.

—No me digas “tranquila” —soltó, casi escupiendo la palabra—. ¿Qué hiciste?

—Nada. Loca, te juro que no pasó nada —dije, un poco más firme esta vez.

Se incorporó de golpe en la cama… y recién entonces se dio cuenta.
Estaba desnuda, apenas cubierta por la sábana.

Vi cómo se le congelaba la expresión, mezclando vergüenza y furia.

—¡Te aprovechaste de mí! —dijo, la voz rota pero llena de rabia.

—No, no… ¡Pará! —contesté, dando un paso—. Tú misma te sacaste la ropa, yo solo te cubrí…

Pero no me dejó terminar.
Se levantó de la cama de golpe, sin darse cuenta de que la sábana se le resbalaba.
El cuerpo le temblaba, no sé si de frío, de resaca o de algo más.

—¡No me hables! —dijo, apartándome la mirada—. ¡No me mires!

La vi buscar a tientas la ropa por el suelo, el cabello revuelto, la respiración entrecortada.
Vi en sus ojos algo que dolía más que el enojo: el miedo.

Y entendí que, para ella, lo que pasó anoche no era solo un momento fuera de control.
Era otra grieta que se abría justo cuando más rota se sentía.

No había terminado de decir nada cuando me miró fijo, con los ojos rojos, temblando de rabia y algo que parecía puro terror.

—Me… me violaste —escupió, como si la palabra le quemara la lengua.

Me quedé helada.
Sentí cómo algo me golpeaba en el pecho, como si me quedara sin aire.

—¿Qué? ¡No! —dije, la voz me salió más rota de lo que quería—. ¡Lara, te juro que no pasó nada!

—¡Callate! —gritó, con la respiración entrecortada—. ¡Te aprovecha… te aprovechaste de mí!

Fue como si el suelo se abriera debajo mío.
No supe qué hacer.
Solo sentí que tenía que salir de ahí antes de hacer todo aún peor.

Me giré y salí corriendo, casi tropezando con la puerta.

En el pasillo, me detuve solo para respirar.
El corazón me latía tan fuerte que me dolía el pecho.
Y ahí, justo frente a mí, estaba él.

Un hombre alto, de traje oscuro, el mismo que entro ayer a la boda enojadicimo, El tío de Lara.
Me miró de arriba abajo, sorprendido, como intentando entender por qué salía tan rápido de esa habitación.

—¿Quién eres tú? —preguntó, serio, con un tono que no admitía mentiras.

Me quedé muda.
Todavía temblaba, con la voz atascada en la garganta, y el eco de la palabra “violaste” retumbando en mi cabeza.

Por un segundo pensé en inventar algo, cualquier cosa.
Pero lo único que me salió fue quedarme quieta… mirando al piso, sintiéndome más culpable de lo que jamás me había sentido.

Corazón blindado Donde viven las historias. Descúbrelo ahora