¿Sabías que una semilla, antes de convertirse en planta, tiene que romperse?
Desde afuera parece un fracaso, algo pequeño que se quiebra y desaparece en la tierra oscura. Pero esa ruptura no es el final, sino el inicio. El dolor de abrirse paso bajo...
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Es importante dejar claro cómo veo al hombre que se acerca con pasos decididos para llevarme a su casa: mi padre. Él me inculcó la Palabra de Dios y muchas cosas por las que le estoy agradecida.
Pero también hubo aspectos de su carácter que marcaron mi infancia de formas que no fueron precisamente agradables. Me abraza con una sonrisa en su rostro. Es mucho más alto que yo, cabello castaño y ojos verdes. Sorprendentemente, aunque tiene cuarenta y cinco años se sigue viendo demasiado joven.
—Catalina –dice, aunque lo convierte en Catelína.
A pesar de que vivió varios años en un país hispanohablante, no llegó a dominar por completo el idioma. Supongo que cada uno aprende a su tiempo.
—Caleb —susurro del mismo modo, aunque él parece aún más nervioso que yo.
—¿Te gustaría dar un paseo o prefieres que vayamos directo a casa? —Su sonrisita vacila.
—Me encantaría dar un paseo.
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El clima de Everlake me sienta bien. Hace frío y está nublado. Al pasar por un puente, mi padre me pide que nos detengamos para mirar el río. Lo hago sin decir nada.
—Falta realmente poco para que seas mayor de edad ¿Qué te gustaría hacer? – pregunta apoyado en la barandilla del puente.
—No lo sé, no soy muy de fiestas y tampoco conozco a nadie aquí.
—Podría invitar a los jóvenes de la iglesia, sería una oportunidad para presentarte a ellos.
Su forma de hablar y comportarse ha cambiado mucho, como si el hombre que conocí en mi niñez hubiese desaparecido por completo ¿Por qué? ¿Por qué se nota más feliz y libre? ¿Qué sucedió estos últimos diez años?
La llegada a mi nuevo hogar no fue demasiado tardada. Queda a veinte minutos andando, en cuanto a la distancia desde el aeropuerto. Lo primero que me aparece es un gran portón de color negro y paredes blancas. Observo como un árbol sobresale desde adentro mientras mi padre abre el portón. Tambien hay un caminillo de tierra rodeado por muchas piedras.
Mis sospechas si fueron ciertas, hay un jardín. La casa es de paredes blancas y suelos de madera. Lo suficientemente grande para solo dos personas. De hecho, a este punto creo que es demasiado.
—La casa tiene cinco habitaciones y tres están desocupadas, puedes escoger cualquiera.—dice papá empujando mis maletas dentro.
Asiento mientras miro al techo, hay una gran lampara que cuelga desde ahí, lo suficientemente alta para no estorbarle a él, quien es bastante alto.
Subo las escaleras que me llevan a la planta alta. Me gusta lo simple, y esta casa es simple, a diferencia de mi casa en Colombia, que estaba toda de color verde fluorescente.