capitulo cuatro

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El murmullo del cóctel empezó a desvanecerse cuando alguien anunció que la ceremonia iba a comenzar. Las luces se suavizaron, la música de fondo se detuvo, y todo el mundo empezó a caminar hacia el patio interior, donde habían preparado un arco cubierto de flores blancas y velas encendidas.

Nico me tomó suavemente del brazo. Lo miré de reojo y noté que, aunque intentaba parecer tranquilo, tenía esa arruga en el entrecejo que le sale cuando presiente que algo no va a salir bien.

Nos sentamos en la segunda fila, entre sus familiares. El aire olía a flores frescas y un poco a nervios.
Frente a nosotros, dos sillas vacías esperaban: una para Carmen, la otra para Lara.

Un par de minutos después, Lara apareció. Vestía un traje blanco precioso, impecable. Su mirada era tranquila, aunque tan fría y contenida que por un momento me pregunté si por dentro estaría tan serena como aparentaba.
Cuando la vi caminar hacia el altar, algo me recorrió la espalda, como electricidad. No sé si era su porte, o la forma en que parecía ignorar todas las miradas... o la manera descarada en que me detuve un segundo más de lo necesario para mirarla.

Nico se inclinó un poco y susurró:

-Ahí la tienes. Lara.

-Ya la había visto -respondí, bajito, sin apartar la vista de ella.

Lara se quedó de pie, esperando. Todos miraban hacia la entrada por donde debía aparecer Carmen.
Un minuto. Dos. La música seguía, suave, llenando el silencio incómodo.

Los murmullos empezaron: primero algunos susurros discretos, luego miradas inquietas entre los invitados.
Vi a un familiar acercarse a Lara, decirle algo al oído. Ella asintió apenas, el gesto tan leve que casi no se notaba.

Pero lo noté: la forma en que se le tensó la mandíbula, la pequeña sombra de preocupación que cruzó por sus ojos antes de volver a endurecer la mirada.

Nico me miró, nervioso:

-¿Qué pasa?

-No ha salido -dije, casi sin pensar.

-¿Qué?

-Carmen -susurré-. No ha aparecido.

El oficiante carraspeó, intentando mantener la compostura.
Pero pasaban los minutos... y Carmen no aparecía.

Vi cómo algunos familiares se levantaban, buscando a alguien con la mirada. Otros sacaban el móvil, tal vez para llamar o mandar mensajes.

Lara, mientras tanto, seguía quieta. Tan perfecta, tan entera... que hasta me molestó un poco.
Pero en sus ojos había algo: algo roto, contenido. Algo que no debería haber estado allí.

-Esto se va a poner feo -murmuró Nico, incómodo.

-Sí -respondí, sin quitarle los ojos de encima a Lara-. Muy feo.

Porque de todas las cosas que esperaba de esta boda, que la novia desapareciera justo antes de decir "sí, quiero" no estaba en mi lista.
Y aunque ni siquiera conocía a Carmen, algo me decía que esa desaparición no era tan simple como un ataque de nervios.

El murmullo se convirtió en un zumbido espeso. Gente levantándose, moviéndose de un lado a otro, familiares con el móvil en la oreja, organizadores corriendo con el ceño fruncido.
Algunos invitados intentaban disimular, seguir sonriendo como si nada... pero todos sabíamos que algo estaba terriblemente mal.

Vi cómo el oficiante bajaba la vista, incómodo, y cómo los músicos dejaron de tocar en seco.
Nico me miró, pálido:

-¿Qué crees que pasa?

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