Odio las bodas. Bueno, no exactamente odio… solo las encuentro ridículamente largas, caras y cargadas de promesas que casi nadie cumple.
Así que imagina mi cara cuando Nico, mi mejor amigo desde la universidad, me llamó una tarde para decirme, con ese tono de quien cree tener la idea del siglo:
—Necesito que vengas conmigo a una boda.
—No —respondí antes de que terminara la frase.
—Sofía… —insistió, alargando la última vocal como si eso fuera a ablandarme—. Por favor. No puedo ir solo.
—Claro que puedes —contesté, quitándome el maquillaje frente al espejo—. Solo te pones un traje, sonríes y finges que eres una persona funcional.
—¡Sofi! —protestó, medio riéndose, medio rogando—. Es la boda de mi prima. Me van a acribillar a preguntas de “¿y la novia para cuándo?” Necesito un escudo humano. Y tú eres mi escudo favorito.
—No soy un escudo —dije, aunque sonreí un poco—. Soy un arma de destrucción masiva.
—Mejor aún —replicó—. Por favor, anda conmigo. Prometo que solo es por la ceremonia y un rato del cóctel.
Lo miré (bueno, miré su cara en la videollamada) y suspiré. Tiene esa carita de perro mojado que siempre me gana, aunque jure que esta vez no.
—Está bien —dije al final—. Pero con dos condiciones: me compras un vestido nuevo y me das permiso para criticar todo en voz baja durante la ceremonia.
—Hecho —respondió, con una sonrisa de oreja a oreja.
Cerré la videollamada y me quedé mirando mi reflejo.
Una boda. Otra más.
Gente emocionada, promesas eternas, música cursi… y yo, intentando no parecer demasiado aburrida.
Pero, en el fondo, me divierte un poco. Porque incluso cuando digo que no creo en nada de eso, hay algo hipnótico en mirar a otros jugar a la felicidad para siempre.
Y quién sabe… a veces, entre tanto brindis y miradas perdidas, surgen historias que ni yo puedo controlar.
—¿Adivinen qué? —dije, con la peor idea del mundo: anunciar algo en medio del almuerzo familiar.
Gael levantó una ceja, Julián me miró con esa sonrisa de “voy a molestar” y mamá Masha y mamá Catalina se giraron hacia mí, sincronizadas como bailarinas de ballet.
—Me voy unos días a Francia —dije, intentando sonar casual—. Voy a acompañar a Nico a la boda de su prima.
Cinco segundos de silencio.
Y después, el caos.
—¡Lo sabía! —exclamó Julián, dando un golpe suave en la mesa—. ¡Al fin aceptaste que estás loca por Nico!
—No estoy loca por Nico —repliqué, rodando los ojos.
—¿Entonces por qué vas a Francia? —preguntó Gael, con su tono de interrogatorio que usa en las reuniones familiares.
—Porque me lo pidió, y me pareció divertido —contesté—. Además, no es que me case yo.
—Pero admitilo, algo hay —insistió Julián, ahora con esa sonrisa burlona que me dan ganas de pegarle con una servilleta.
—Nada hay —dije, cruzando los brazos—. Nico es mi amigo. Punto.
Catalina carraspeó, tratando de sonar seria aunque se le escapaba la risa:
—Igual nos encantaría que terminaras con alguien como Nico. Es guapo, educado, y…
ESTÁS LEYENDO
Corazón blindado
RomanceTras ser plantada en el altar, Lara decide no volver a sentir, así cerrando su corazón. Todo cambia cuando aparece Sofía, una chica narcisista, divertida y llena de fuego, que desafía sus muros y la obliga a redescubrir el riesgo -y la belleza- de v...
