Desde aquella mañana de Enero cuando Harry tropezó frente a Louis, éste último no pudo sacárselo de la cabeza. Sus intentos eran vanos, no importaba lo mucho que supiera que Harry estaba interesado en él, simplemente no lograba acercarse como quisiera. Sabía que Harry estaba jugando, que se daba a desear, pero decidía no darle importancia, quería alcanzarlo a como diera lugar.

Estuvo tan ocupado cortejándolo, que olvidó que sería más sencillo acercarse a sus amigos. No podía recurrir a las chicas, son celosas por naturaleza y la mayoría de ellas se arderían de saber que Louis estaba detrás de aquél chico. Así que recurrió a un compañero cercano a Harry, un tal Ryan.

Platicaron por horas, Ryan estaba interesado en algunas de las actividades escolares de las que Louis formaba parte, tal vez incluso se tomó la libertad de intentar comprarlo y convencerlo de que lo metería en el equipo de fútbol. Cuando alcanzaron cierto nivel de confianza, Louis comenzó a preguntar por Harry.

Esa tarde su padre volvió temprano a casa, y lo encontró jugando en la mesa de billar sin ningún propósito en realidad, sólo buscando desestresarse un poco, había corrido del campus despidiéndose rápidamente de Ryan después de un dato que le fue facilitado.

—Hijo...

—¿Qué hay, papá? —preguntó fallando en su tiro y ocasionando que la bola golpeara con uno de los bordes forrados de la mesa.

—¿Qué es esa cosa que bajan de un camión en el patio trasero? —el señor Tomlinson tomó en sus manos la bola con la que Louis se disponía a jugar, con el propósito de captar su atención.

—Una máquina de algodón de azúcar, a Harry le gusta el algodón de azúcar.

—¿Te encuentras bien?

Louis habría querido asentir, pero falló. Volvió a sentirse alterado, tenía muchas cosas por hacer y poco tiempo, ni siquiera podía organizar bien su mente sobre lo que quería en realidad, sus ideas no terminaban de aclararse, por eso había decidido que un juego que requiriera concentración ayudaría, pero no fue así.

—Tengo la máquina de algodón de azúcar, un nuevo abrigo que espero que le quede y un reloj con incrustaciones de diamantes —habló a un ritmo apresurado—. Debo salir a buscar un oso Rilakkuma de tamaño real, el paquete de aniversario de "Lo que el viento se llevó", y alguna reproducción de cualquier cuadro de Dalí, ¿crees que algún coleccionista privado me vendería uno original? —se acercó a su padre—. ¿Aún tienes el "Sticky Fingers" autografiado por Mick Jagger? ¡A Harry le gustan los Stones! —golpeó la mesa frustrado—. Es su cumpleaños mañana y soy tan imbécil que no lo sabía, y no hay nada que pueda regalarle y esté a su altura, él sigue pasando de mi.

El señor Tomlinson negó con la cabeza, mientras Louis se pasaba la mano por el cabello una y otra vez. Al final su padre apoyó una mano sobre su hombro.

—¿Él en verdad te gusta? —Louis asintió—. Si en verdad te gusta, no intentes comprarlo, vamos, eres más inteligente que eso.

Le dio un par de palmadas de apoyo y abandonó la sala de billar por donde había entrado.

—Devuelve toda esa basura y no salgas a buscar el resto.

Al día siguiente, cuando Harry llegó a su facultad, encontró a Louis esperándolo con únicamente dos cosas en las manos: una rosa y un sobre.

Louis habría querido regalarle una gardenia blanca, porque sabía que eran sus flores preferidas, pero una gardenia simboliza el amor secreto, y Louis ya no quería que fuera un secreto lo mucho que quería estar con él.

Disenchanted || Larry Stylinson¡Lee esta historia GRATIS!