El exorcismo

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—Estás demente Luca —comentó mientras se vestía con las ropas propias del ritual—. El ente que lleva dentro debe de ser atacado por varios miembros de la orden al mismo tiempo.

—Jacobo —repuso con humildad—, di mi palabra de ayudar a cuanta alma atormentada por el enemigo viniera en busca de ayuda y con Dios como mi testigo, así será.

—Muy bien, amigo, prometí ayudarte y mantendré mi palabra; aunque en ello se nos vaya la vida, ya no somos jóvenes Luca —repuso con una sonrisa melancólica— y el enemigo siempre lo será.

Entre los dos llevaron a la joven hasta el camastro; colocaron las cadenas con firmeza, procedimiento que debían seguir meticulosamente para evitar que pudiera liberarse.

—Listo —Jacobo secó el sudor de su frente—. A menos que tenga la fuerza de un elefante podrá liberarse.

Sanderti sólo sonrió nervioso, mientras colocaba los anteojos de su invitada en un buró desvencijado.

—Esperemos que no la tenga. Hermano, tienes razón —colocó su mano sobre el hombro de Jacobo—. No quiero arriesgar tu vida, puedes retirarte; las entidades que la poseen quizás acaben con toda vida en la habitación una vez que se libre la batalla.

—Luca, no eres el único que honra la palabra ofrecida; te prometí ayudarte y así será.

Sonrió.

—Entonces iniciemos.

Tomó un rosario entre sus manos y se afianzó a él con toda la Fe de su alma, era la única ancla entre la razón y la perdición; el sacerdote lo sabía.

—En nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

Abrió un libro e inició el ritual con el salmo cuatro.

***

Oscuridad total, absoluta. El vacío cubrió el alma atrapada dentro de un cuerpo que antes era suyo. Paz y tranquilidad como nunca en la vida había tenido. Sin esperarlo, todo se ilumina en tonos plateados y carmesíes; frente a ella, envuelto en llamas oscuras, la figura de Gabriel, un aura negra oscilante, formaba rostros deformados, sonrientes.

—¡Tú fin ha llegado! —gritó Mériac.

—¿Mi fin? —la risa resonó en la mente— ¿Crees que me destruirán? ¡Estúpida, era lo que yo deseaba!, ese imbécil no destruirá mi alma sino la tuya, que será enviada directo al inframundo donde un amigo muy especial te espera. Yo poseeré tu cuerpo y permitiré que un antiguo portal se abra hacia el tártaro.

—¿Qué? —preguntó incrédula.

—¿Crees acaso, que hubiera permitido que llegaras hasta este punto sin que yo lo consintiera? —miró con desdén a Mériac— ¿Quién crees que te ha motivado a salir adelante cuando tus miedos te hacían retroceder? —sonrió— ¡Claro que yo!, yo te dije que asesinaras a los soldados, yo te he empujado una y otra vez para llegar aquí, donde tu alma será exorcizada.

***

Abrió los ojos. Mériac era una fuente de humo. Sanderti estaba ahí, acompañado de un extraño; a cada frase del sacerdote, su compañero rociaba con agua bendita sobre ella.

—¡Detente! —gritó desesperada— ¡Eso es lo que él desea, que destruyas mi alma para apoderarse de mi cuerpo!

Sanderti no reaccionó ante las palabras, sabía que Legión usaba verdades con mentiras para confundir, tenía que estar concentrado en el ritual. Una sola duda y moriría.

—Te conjuro, a ti, Oh serpiente, por el juez de la vida y la muerte, por tu hacedor y hacedor del mundo. No resistas, ni te demores en huir de esta mujer.

Las heridas se abrían. Jaló con violencia la cadena, pero no cedía. Sanderti colocó el rosario en la frente de Mériac, todo se iluminó en escarlata.

Se descubrió tendida en una cama y a dos hombres a los lados. También pudo verse convulsionar ante el contacto del agua. Estaba fuera del cuerpo.

Varías sombras se reculaban en los vericuetos y recovecos de la habitación, cada vez más cerca. Una entidad conocida le habló.

—Lo ves; ya estás fuera. Mis amigos te llevarán a un lugar muy divertido Mériac, pero no me quedaré en tu cuerpo, brincaré al de tu amigo. Tu cuerpo será el pago de un servicio muy especial: servirá de portal entre dos mundos.

Tenía miedo, lo que sucedía estaba más allá de su comprensión. Cuando las sombras le dieran alcance sería el fin.

—Parece que estoy acabada... —agregó resignada.

—En efecto, estúpida.

—Dije... —sonrió— parece.

Mériac se lanzó en picada hacia el cuerpo. Gabriel no esperaba eso; el embiste convulsionó el cuerpo; de la boca brotó baba y una sustancia amarillenta, viscosa y maloliente, que manchó a los sacerdotes.

—¡En el nombre de Dios, abandona este cuerpo! ¡En el nombre de Dios te lo ordeno!

Abrió los ojos de lleno y vio la cruz a escasos centímetros. Como hierro candente socarró la carne hasta el hueso. La nariz se despedazó. El cartílago no pudo soportar el fuego de la Fe.

Abrió la boca. Su gritó fue ahogado unos segundos para ser liberado con todo el dolor. El miedo llenaba su alma.

El ardor bajaba por la cabeza hasta los pies y quemaba todo a su paso.

—Dios mío ... ayúda...me —musitó entre el llanto.

Logró recuperar ligeramente el sentido; estaba en el cuerpo de nuevo. Ya no sentía la oscura opresión en el alma. Gabriel se había ido.

—Hija, lo hemos...

Sanderti fue interrumpido por un disparo. Al girar vio a Jacobo empuñar un arma.

—Hermano... ¿Por... qué? —preguntó incrédulo ante los hechos.

—Era necesario, te habías convertido en un peligro. Develaste secretos de la orden, tu soberbia no te permitió ver al enemigo que enfrentabas.

—¿De qué hablas? —Sanderti estaba de rodillas, con la mano en el costado.

—Esta joven no es poseída por Legión, ella es el enemigo jurado de mi fe; la Orden de la Santa Cruz fue formada para detener a la plaga, a la sombra, al hambre que bebe humanos.

—Quieres decir...

—En efecto, Luca —miró con un odio creciente a Mériac—, es una vampira.

***

Mériac trató de liberarse, pero era imposible. Sólo vio desfallecer a Luca. Jacobo se acercó.

—Por ti maté a mi amigo. Te sacaré verdades sobre los demás malditos, me dirás todo sobre ellos, dónde duermen, dónde cazan.

—¡Mataste a un inocente! ¡Asesino! —increpó llena de odio.

—Una vida para salvar miles —repuso con serenidad.

—¿Y crees que yo te diré todo, imbécil? —respondió Mériac enfurecida.

—Mi Orden nació a partir de otra Orden, procedemos de la organización formada por Torquemada, fuimos inquisidores de humanos y ahora lo somos de vampiros; créeme, hija de Natael, cuando termine contigo me dirás todo lo que quiero saber.

Un segundo disparo se escuchó. Un líquido rojo manó del pecho destrozado de Jacobo, miró hacia atrás y vio a Luca apuntarle, esa fue la última visión que tuvo del mundo de los vivos. La herida del exorcista era superficial, nada que no pudiera curarse.

—Padre, por favor, yo le puedo explicar.

—No tienes nada qué explicarme —sonrió—. Mériac, primero el ingrediente —sacó una jeringa y succionó sangre de la joven—; ahora el procedimiento —tomó un trozo de cristal de la botella de agua bendita y se cortó las venas—. Una vez que la sangre me abandone —metió la aguja en su vena— me autoconvertiré, como lo han hecho los hechiceros en antaño.

—¿Gabriel? —preguntó incrédula.

—Así es, Mériac y una vez que lo haga —guardó silencio— te voy a devorar; ¿lo ves?, al final yo siempre gano.

MériacDonde viven las historias. Descúbrelo ahora