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POV Infinite

No estaba en pánico.

Era algo peor. Era desesperación.

Rookie yacía entre mis brazos, inmóvil, su respiración tan débil que apenas podía notarla si no me concentraba. Su piel, normalmente tibia, ahora estaba fría al tacto, y su rostro, pálido y manchado de sangre.

—Cachorro… —susurré, con la voz quebrada. —Vamos, abre los ojos…

Pero no lo hizo.

Mi mente no dejaba de gritarme que era mi culpa. Si tan solo lo hubiese escuchado. Si no hubiese sido tan orgulloso, tan cegado por mi enojo y mis malditos celos. Lo vi irse con Lancelot y no quise saber nada más. Asumí lo peor. Pensé que me había mentido desde el principio, que su ternura, sus sonrisas, sus caricias… eran solo un acto.

Un truco para sobrevivir a mí.

Creí que Lancelot era su amante, que todo este tiempo me había estado usando.

Y lo alejé. Lo dejé solo.

Cuando todo lo que él quería… era curarse. Solo eso.

—Soy un imbécil… —murmuré, apretándolo con más fuerza contra mí, como si pudiera devolverle el calor con solo mi abrazo..

Apenas podía sentir los latidos de su corazón, lo estaba perdiendo y no podía hacer nada.

—¡Guardias! ¡Dije que trajeran al maldito médico ya! —grité con furia, la voz resonó en cada rincón del castillo.

La puerta de mi habitación se abrió de golpe y uno de mis guardias entró con el rostro tenso.

—¡Mi general! ¡El rey de Camelot ha llegado! Está en la entrada principal —informó con voz temblorosa.

—Que me importa si es el maldito dios en persona —escupí, sin mirar. —¡No pienso moverme de aquí hasta que Rookie despierte!

El guardia tragó saliva. Se quedó paralizado por un segundo, pero asintió antes de salir corriendo.

Sentí cómo la ira hervía en mis venas. Todo me molestaba. El silencio, el sonido de los pasos de los guardias, el crujido de la madera bajo sus botas, todo me enfurecía.

Bajé la mirada hacia Rookie. Sangre seca manchaba la comisura de su boca.

—No te atrevas a irte, cachorro… —le murmuré con la voz ronca—. No ahora, no cuando...

Un ruido afuera me sacó de mis pensamientos.

Escuché gritos y forcejeos al otro lado de la puerta. Las voces de los guardias se elevaban intentando detener a alguien.

No estaba de humor para esto.

El sonido de pasos firmes y pesados se acercó hasta que la puerta se abrió con fuerza. No me importó mirar.

—¡Sal de aquí o no me importará cuántos títulos tengas! —gruñí sin levantar la vista, mis ojos seguían fijos en Rookie.

—Si pudiera, lo haría —respondió una voz fría y tranquila.

Esa voz.

Giré la cabeza lentamente y lo vi. Sir Lancelot.

El erizo negro cruzó la puerta con paso firme, su armadura reflejando la luz tenue de la habitación. El casco cubría parte de su rostro, pero esos ojos rojos me miraban con la misma frialdad de siempre.

—No vine a discutir contigo, general —dijo mientras sacaba un pequeño frasco de vidrio de debajo de su capa—. Vine por él.

Mis ojos se clavaron en el frasco. Era un líquido azul brillante, con una luz tenue que parecía moverse dentro.

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