En este instante, mientras las palabras se dibujan en la página y la voz de Warrior de Demi Lovato inunda el silencio, me sumerjo en un dolor que es tan real como la vida misma. Es en medio de la oscuridad de mis días donde he aprendido: no está mal estar mal. La presión, el abuso, el acoso y las heridas infligidas por quienes debieron haberme protegido han dejado cicatrices profundas, marcando cada paso que doy. Estas letras nacen para plasmar ese sufrimiento sin tapujos, para contar la historia de una lucha interna que se escribe a fuego, y que grita la verdad de todo lo que se ha vivido.
Las palabras brotan con el peso de la melancolía y el deseo de liberar toda esa rabia contenida. Nadie aquí es ajeno a la crueldad del destino, a las caídas que nos obligan a reconstruirnos pieza por pieza. Es mi infancia, mi niña interior que gritaba en el silencio, la que se ha quebrado en mil pedazos para finalmente rearmarse con una fuerza que sorprende, incluso a quienes no se atreven a mirar de frente la oscuridad.
Volvamos al pasado. Detrás de cada intento de sanación, las heridas nunca desaparecían del todo. Se neutralizaban, sí, pero siempre persistían como sombras al acecho, recordándome en cada crisis, en cada miedo repentino, que la inocencia perdida sigue siendo presa de un dolor imposible de borrar. Cada temblor, cada revés, traía consigo el eco de aquella infancia rota, de aquellos momentos en que, al sentirme pequeña otra vez, el terror se colaba en cada rincón de mi ser.
Recuerdo aquellos días en que la única válvula de escape era la compañía de amigos que, como yo, buscábamos refugio en una libertad efímera. Nos escapábamos a cualquier rincón, a parques olvidados o a la penumbra de calles que nos acogían sin juzgar. En esas fugas encontramos un respiro, un instante en el que podíamos ser más que víctimas de un destino implacable. Fue en ese contexto de rebeldía y búsqueda desesperada de risa cuando empecé a fumar. Al principio, parecía una broma, una trivialidad que nos unía en un acto de contracultura: fumar para reír, para sentirnos vivos. Sin embargo, pronto el humo se transformó en un refugio, un intento de escapar de pensamientos que amenazaban con devorarme por dentro. Fumaba para hallar un respiro, para dormir y evadir, aunque sea por unas horas, el peso abrumador de la existencia.
Quedarse tan abajo tenía sus paradojas. La profunda oscuridad me hizo descubrir destellos de luz donde antes nada parecía existir. Aprendí a valorar cada risa sincera, cada abrazo que ofrecía calidez en medio del frío de un mundo indiferente. Sin embargo, en ese proceso de apreciar lo efímero, perdí fragmentos de mí misma. Mi reflejo en el espejo comenzó a parecer un extraño, una versión distorsionada de una niña que alguna vez soñó con ser libre. Esa búsqueda de alivio, ese afán por sobrevivir, se convirtió en un laberinto del que, a pesar de encontrar breves salidas, nunca logré recuperar en su totalidad mi esencia perdida.
Entre la melancolía y la rabia, crecí entendiendo que cada cicatriz es testimonio de una batalla vivida. La voz que resuena ahora es la de una guerrera que se niega a olvidar, aunque cada paso sea un recordatorio del dolor. No se trata de resignación, sino de reconocer la crueldad del camino recorrido, de darle nombre a cada herida y aprender, al fin, a amarse a pesar de ella.
Este capítulo es una confesión abierta, un intento de reconstruir el pasado sin permitir que el sufrimiento defina el futuro. Escribir es mi forma de gritar, de reclamar el derecho a ser vulnerable y, al mismo tiempo, a ser fuerte. En cada palabra se encierra el eco de aquellos días oscuros, pero también la promesa de una nueva aurora, donde la lucha contra la desolación se vuelve el motor para reconstruir una vida entera, fragmentada quizá, pero profundamente auténtica.
También hubo momentos en que el dolor parecía aflojar un poco su puño.
Recuerdo aquellas escapadas en coche, cuando el mundo parecía más grande y más posible.
Subíamos el volumen de la música hasta que sentíamos que podíamos romper el aire. Cantábamos, gritábamos, reíamos como si toda la tristeza del universo no pudiera alcanzarnos allí.
Por unos minutos -quizá horas- nos sentíamos invencibles, como si bastara un volante y una carretera vacía para dejar atrás todo lo que alguna vez nos rompió.
Esos momentos, esos destellos de felicidad robada, me salvaron más veces de las que puedo contar.
También recuerdo un día en particular.
El sol estaba en lo alto, el cielo limpio como un lienzo recién estrenado. Y allí estaba yo, en bikini, sin esconderme, sin agachar la cabeza.
Por primera vez en mucho tiempo me sentía guapísima. No perfecta, no irreal, sino poderosa en mi propia piel.
Me sentía viva.
Radiante.
Dueña de un cuerpo que tantas veces había sido motivo de vergüenza, de burlas, de heridas invisibles.
Me miraba a mí misma como quien descubre un milagro: "¿De verdad soy yo?", pensaba, mientras sonreía de una forma que no necesitaba permiso de nadie.
Pero cuando llegué a casa, cuando el bullicio se apagó y la soledad volvió a ocupar cada rincón, las lágrimas empezaron a caer sin previo aviso.
Primero una. Luego otra. Y otra.
Y me quedaba sentada en la cama, preguntándome por qué.
¿Por qué si había sido un día bueno? ¿Por qué si me había sentido bonita, valiosa, libre... mi pecho ahora pesaba como si cargara una culpa invisible?
Me abrazaba las piernas, escondía la cara entre las rodillas, tratando de entender ese nudo en la garganta que no sabía explicarse.
Hoy sé que no era tristeza.
Era duelo.
Era mi cuerpo llorando por todo el tiempo que pasé odiándome, rechazándome, castigándome.
Era una parte de mí despidiéndose del dolor.
Y esas lágrimas, aunque entonces no lo entendiera, también eran sanación.
Así ha sido siempre: un equilibrio extraño entre la alegría y el vacío, entre el amor propio que florece y las cicatrices que tiran hacia abajo.
Y está bien.
No todo en la vida se mide por victorias visibles.
A veces, lo más valioso que podemos hacer es permitirnos sentirlo todo.
Ser humanos, aunque duela.
Quizá por eso, a pesar de todo, aprendí a no disculparme jamás por llorar.
A no disculparme jamás por sentir.
Cada escapada, cada carcajada desbordada en un coche a toda velocidad, cada instante en que me atreví a mostrarme al mundo sin armaduras, fue un acto de resistencia.
Cada lágrima, también.
No eran debilidad.
Nunca lo fueron.
Fueron señales de que, pese a todo, seguía viva.
Y en esa batalla silenciosa, en ese pulso constante entre seguir o rendirme, aprendí a abrazar cada parte de mí: la niña herida, la adolescente furiosa, la joven agotada, la mujer que estaba naciendo entre ruinas.
Porque, aunque no lo supiera entonces, cada pequeño gesto de amor hacia mí misma -cantar a gritos en la carretera, reírme hasta doler el estómago, sentirme hermosa aunque fuera por unas horas- era una victoria.
Una conquista silenciosa en un territorio que toda mi vida me habían dicho que no era mío.
Ese verano, esa época, esas canciones que me desgarraban y me salvaban a la vez, no borraron el dolor.
Pero me dieron algo aún más importante:
La certeza de que, pese a todo, todavía quedaba algo dentro de mí que no se había rendido.
No sabía que la caída aún me estaba esperando a la vuelta de la esquina.
No sabía cuánto me iba a doler.
Pero en esos momentos de luz frágil, en ese instante en que me atreví a existir sin vergüenza, construí una pequeña trinchera en la que podría volver a refugiarme, incluso cuando el mundo volviera a romperse otra vez.
Y eso, aunque nadie más pudiera verlo, fue una auténtica revolución.
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Soy la cicatriz que no se borra
SpiritualHola, qué tal. Soy la chica que probablemente no te esperabas conocer. La que está rota, pero aún sigue aquí, intentando entender todo lo que me ha pasado. Y sí, este libro lo escribo porque no tengo ni idea de cómo sanar, pero tal vez pueda hacerlo...
