Las semanas después del juicio pasaron como una niebla espesa, una que no podía disipar, no importa cuán fuerte intentara. Aunque me había jurado a mí misma que ya estaba libre, que había tomado la decisión correcta, la verdad era que, en el fondo, algo se había roto dentro de mí. El silencio no era tranquilidad, era un vacío ensordecedor. El caos, de alguna forma, seguía siendo mi compañero.
Me despertaba por las noches con el corazón acelerado, con los ojos abiertos de par en par, pero sin saber por qué. Había algo que no lograba comprender, algo que se me escapaba entre los dedos. ¿Por qué no me sentía libre? Había hecho lo correcto, había puesto distancia, había sellado esos capítulos oscuros de mi vida, pero al final, ¿qué quedaba de mí?
Las pesadillas eran mi constante. Eran como agujas clavándose en mi cerebro cada noche. A veces, ni siquiera podía distinguir si aún estaba soñando o si ya me había despertado, porque la sensación de estar atrapada nunca desaparecía. Mi hermano, mi padre, las voces, las amenazas, todo se mezclaba en un caos distorsionado en mi mente. A veces, me despertaba gritando, el rostro empapado en sudor, el cuerpo rígido como si hubiera corrido una maratón sin haberme movido ni un centímetro de la cama. Los gritos, las imágenes, me perseguían, me arrastraban a ese abismo de desesperación una y otra vez.
Me sentía como una muñeca rota, un objeto desechado que ya no tenía la capacidad de sentir. Había sido valiente, lo sabía. Me había atrevido a enfrentarlos, a cortar los lazos, pero no podía ignorar lo que había dejado atrás. Las heridas, aunque tapadas, seguían ardiendo desde dentro. La violencia, las humillaciones, el abuso... todo se había acumulado, y aunque en la superficie parecía que había sanado, en lo más profundo, me sentía más frágil que nunca.
El reflejo en el espejo me decía que estaba bien. Pero el reflejo en mi interior decía otra cosa. Me veía en los espejos y me sentía como una fachada, como una figura que había perdido sus emociones, sus esperanzas, sus ganas de vivir. Todo lo que había pasado había dejado cicatrices, y esas cicatrices no sanaban, ni siquiera con el paso del tiempo. En lugar de cicatrizar, parecía que se llenaban de polvo y suciedad. No era feliz. No era libre. Solo era una sombra de lo que alguna vez había sido.
Las noches se convirtieron en una rutina de pesadillas y sobresaltos. A veces veía a mi hermano en mis sueños, pero no era él. Era un monstruo, una versión distorsionada de lo que había sido en la vida real. Me perseguía, me gritaba, me acusaba. Y yo, aterrada, intentaba huir, pero mis piernas no respondían. Todo se desmoronaba ante mis ojos, y yo no podía hacer nada para detenerlo. Incluso en los momentos en que lograba despertar, sentía su presencia, como una sombra que me acechaba, como si nunca me hubiera soltado.
Una noche, después de una pesadilla particularmente vívida, me encontré en el borde de la cama, mirando la oscuridad, mi respiración errática. Mi mente no me dejaba en paz. Sentía que todo lo que había vivido me había dejado rota, como si mi alma hubiera sido desgarrada y las piezas ya no pudieran encajar. Todo lo que había pasado con mi hermano, todo lo que había soportado en mi vida, ahora parecía una carga insoportable. ¿Cómo se suponía que iba a sanar? ¿Cómo podía curarme si ni siquiera sabía qué era lo que dolía?
Me levanté de la cama, casi en automático, y me dirigí a la ventana. La luz de la luna iluminaba mi rostro, pero no sentía consuelo. En ese silencio, el eco de mis propios pensamientos me resultaba insoportable. Los recuerdos me ahogaban, el dolor me ahogaba. Había sido valiente, repetía una y otra vez. Pero la valentía no te cura el alma. Solo te da la fuerza para seguir adelante, aunque tu corazón esté roto. Y el mío lo estaba, y por mucho que lo tratara de negar, por mucho que intentara ponerme parches, lo sabía. Lo sentía.
En un impulso, tomé el teléfono. Escribí un mensaje a mi madre. "Estoy bien, mamá. Solo que, a veces, siento que ya no soy la misma." No podía explicarlo con palabras. No podía articular lo que estaba sucediendo dentro de mí. Pero ella lo sabía. Ella siempre lo había sabido. Lo percibía en mi voz, en mis ojos. A veces no se necesita más que un mensaje, una palabra, para que alguien te entienda sin que digas una sola frase completa.
Mi mente se debatía entre los recuerdos y la culpa. Las llamadas de mi padre, sus intentos de regresar, de reestructurar lo irremediable. Nunca me trató como si me quisiera. Nunca se preocupó por mí. Y aún así, en cada llamada, en cada mensaje, me esperaba una respuesta que nunca llegó. Yo había puesto una barrera, una muralla entre él y yo, y eso no iba a cambiar. Me había despedido, y no me arrepentía de ello. Pero esa despedida había dejado un vacío que ni siquiera la distancia podía llenar.
Las horas pasaban lentamente. Cada día se deslizaba con la misma pesadez, cada uno era una réplica del anterior. ¿Qué quedaba de mí? La niña que había sido se había ido, consumida por la desesperación y las cicatrices. Lo único que quedaba era una mujer que no sabía cómo seguir adelante. A veces, me veía como un cuerpo vacío, como una casa destruida , sin vida.
Las pesadillas no me dejaban. Eran una constante, una amenaza que se colaba en mis sueños, sin que pudiera hacer nada para detenerlas. Era como una condena que me arrastraba cada noche, me decía a mí misma mientras luchaba por cerrar los ojos, con la esperanza de que, tal vez, solo tal vez, esa noche no volvería a ocurrir. Pero siempre pasaba. Siempre.
Una de esas pesadillas, la que más me torturaba, se repetía una y otra vez, con la misma intensidad, con la misma maldad. En ella, me encontraba rodeada, atrapada, como si una enorme muralla invisible me hubiera metido en una jaula. Estaban allí, todos ellos. Mi hermano, mi padre, su familia... y esa figura que debería haber sido un refugio, A, junto con sus amigos. Todos con sus sonrisas maquiavélicas, esas sonrisas de quienes saben lo que están a punto de hacer y se sienten poderosos por ello.
Me decían que lo merecía. Sus voces se entrelazaban, un coro de crueldad, y una tras otra, sus palabras se clavaban en mi mente. "Te lo mereces, todo lo que te pasa, todo lo que sientes." Y mientras las palabras se repetían, ellos se acercaban más, rodeándome. No podía moverme, mis piernas estaban paralizadas, mi cuerpo entero parecía estar pegado al suelo. Las manos, sus manos, se acercaban, tocándome de maneras que no quería sentir, gritos, golpes, empujones. Todo se hacía borroso, pero el dolor seguía siendo tan real como el aire que respiraba. Cada vez que despertaba, mi piel estaba fría, sudorosa, y mis pulmones luchaban por respirar.
Gritaba. Gritaba por dentro, deseando que todo parara. ¿Por qué no podía despertar de esta pesadilla? Los gritos, las agresiones, las palabras crueles se repetían. Cada noche era una repetición exacta de la anterior. Me rompían, una y otra vez, y lo peor de todo era que nadie, nadie, me escuchaba. Nadie venía a detenerlo, ni siquiera en mi mente. Mi mente era un campo de batalla, y yo, una soldado sin fuerzas para pelear.
Me despertaba llorando, sintiendo el vacío dentro de mí. Mis ojos estaban hinchados, mis gritos se ahogaban en el aire. ¿Por qué no podía simplemente olvidarlo? Pensaba. ¿Por qué no podía dejar de sentirme rota? Todo lo que había arrastrado, todo lo que había soportado... nadie sabía lo que realmente había vivido. Nadie sabía el sufrimiento que guardaba en mi interior. Nadie lo sabría, porque no podía hablar de ello. Las palabras se me atascaban en la garganta. Las palabras para contar lo que pasaba, lo que me pasaba a mí, nunca llegaron a salir. Porque si lo hacía, ¿cómo los miraría? ¿Cómo explicaría que todo aquello me había dejado vacía? ¿Cómo les contaría a todos que me dejaron marcada de por vida?
Y mientras me despertaba cada mañana con el mismo dolor, con la misma soledad, me decía a mí misma que lo había dejado atrás. Que ya no dependía de ellos, que había dado un paso hacia adelante. Pero las pesadillas me mostraban lo que nunca podía olvidar. El rostro de mi hermano, de mi padre, esas figuras de mi pasado, nunca desaparecerían. No importaba cuánto intentara borrar las cicatrices, ellas siempre regresarían, se colaban en mi mente, rompiéndome una vez más.
Y aquí estoy, frente a ti, querido lector. Aquí, compartiendo mi dolor, mis cicatrices, y mi alma rota. Porque a veces, cuando la vida te lleva al límite, no te queda otra opción que reconstruirte, aunque las piezas no encajen del todo. Me pregunto si alguna vez me sentiré completa. Si alguna vez me sentiré realmente feliz. Porque todo lo que viví me dejó una marca profunda, como una herida que no tiene cura. Y aunque trato de seguir adelante, aunque trato de mostrar una sonrisa, lo cierto es que me siento vacía.
La vida me dejó rota. Rota en pedazos, como una muñeca vieja, un objeto que ya no tiene valor. Nos deja así. Nos empuja hacia ese abismo, hacia esa oscuridad, y a veces no encontramos el camino de vuelta. Pero aún sigo aquí. Porque aunque me sienta vacía, aunque las piezas de mi ser estén rotas, aún sigo aquí.
Tal vez nunca pueda ser la misma. Tal vez nunca pueda sentirme entera, y tal vez, nunca logre olvidar. Pero esa es la lucha. Esa es la vida. Crecemos, cambiamos, y aunque nos rompan, nos definimos por lo que decidimos ser después de todo lo que hemos vivido. Nadie puede quitarnos eso, ni siquiera el dolor. Al final, somos lo que decidimos ser. Y aunque sea una muñeca rota, soy mi propia creación.
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Soy la cicatriz que no se borra
SpiritualHola, qué tal. Soy la chica que probablemente no te esperabas conocer. La que está rota, pero aún sigue aquí, intentando entender todo lo que me ha pasado. Y sí, este libro lo escribo porque no tengo ni idea de cómo sanar, pero tal vez pueda hacerlo...
