Los días se arrastraban con la misma indiferencia que el dolor con el que despertaba cada mañana. No había paz, solo un vacío profundo que me devoraba por dentro. El consumo de todo lo que me hacía sentir algo —ya fuera un trago, una pastilla, un cigarro— me tenía aprisionada en una rutina que no sabía cómo romper. La comida ya no era un placer, sino una forma de llenar los vacíos que los demás nunca supieron ver. Me refugiaba en lo que pudiera adormecer la angustia que me estaba descomponiendo lentamente.
El corazón… ya no lo sentía. Había quedado robotizado por el caos, por la traición, por el dolor constante que me atacaba como una ola que nunca se detenía. No era que hubiera dejado de sentir, pero lo que quedaba ya no era más que un eco, un susurro de lo que una vez fue capaz de amar. Cada vez me sentía más ajena a mí misma, más vacía, más irreal.
Las noches, esas malditas noches, se convirtieron en una pesadilla recurrente. No importaba cuán cansada estuviera, el sueño nunca me regalaba descanso. Me despertaba, de nuevo, entre gritos. A veces, la angustia era tan grande que ni siquiera me daba cuenta de que estaba chillando hasta que sentía a mi madre al lado, intentando calmarme, sacándome de ese espacio oscuro que no me dejaba escapar. Sus manos temblorosas acariciaban mi rostro, como si intentara devolverme a la realidad, pero lo único que encontraba al abrir los ojos era más dolor. Los gritos, la desesperación, me perseguían como un espectro que no sabía cómo exorcizar.
Había noches en las que me despertaba empapada en sudor frío, mi respiración entrecortada, el pecho tan apretado que no podía distinguir si estaba soñando o si realmente estaba viviendo una pesadilla que nunca iba a terminar. A veces, ni siquiera era el pasado lo que me atormentaba, sino el futuro: el juicio de mi hermano. Cada vez que cerraba los ojos, veía la cara de la jueza, los abogados, el veredicto que se deslizaba entre mis pesadillas como un veneno lento. No sabía si lo peor era el juicio en sí, o el hecho de que mi hermano y yo ya no éramos lo que éramos. Esa frialdad que se había sembrado entre nosotros, ese vacío, me carcomía. El futuro se deshacía y solo quedaba una niebla espesa que me impedía ver la salida.
El ataque epiléptico que tuve, aquel que había marcado mi cuerpo de manera tan irreparable, se convirtió en una sombra que no me dejaba. Meses después, era la única imagen que veía al cerrar los ojos. El miedo al colapso, a la pérdida de control, me recorría las venas como una corriente eléctrica. Soñaba con él, con mi cuerpo perdiendo la batalla, con mi hermana gritando, con la angustia de perderme una vez más, de perderme por completo. Había algo aterrador en esa sensación, algo que me desconectaba tanto de mí misma que no sabía si estaba despierta o atrapada en el sueño que nunca terminaba. Cada noche, cada sueño era una repetición angustiante del caos que había vivido, un ciclo en el que no encontraba paz.
La verdad era que mi cuerpo ya no respondía igual. Estaba agotada, física y emocionalmente. El estrés había marcado mi piel, mis músculos se sentían entumecidos, como si cada parte de mí hubiera dejado de funcionar correctamente. Mis emociones eran un campo de batalla vacío. No tenía fuerzas para llorar, ni para gritar, ni para pedir ayuda. El dolor ya no era un eco, sino una constante presencia. Todo se estaba volviendo tan pesado que no encontraba forma de soportarlo.
El juicio no solo era un juicio sobre mi hermano, sino también sobre todo lo que había sido y todo lo que aún quedaba de mí. El futuro se desmoronaba mientras mi vida se llenaba de recuerdos distorsionados, de historias mal contadas, de traiciones que me habían robado la capacidad de confiar. La presión del juicio se sumaba al peso de la traición, y todo eso formaba una tormenta que no dejaba de golpearme una y otra vez. No sabía si quería sobrevivir al juicio o simplemente al sufrimiento que ya estaba viviendo.
Mis noches, mis pesadillas, mi mente en constante crisis… todo estaba entrelazado. El miedo al juicio, el miedo a no saber quién era después de todo lo que había pasado. Los recuerdos de un cuerpo que no podía controlar, de una mente que se estaba volviendo cada vez más errática. Y en medio de todo eso, me sentía como una espectadora de mi propia vida, incapaz de encontrar una salida. Un ciclo sin fin.
Justo cuando todo se me venía encima —el juicio inminente, el insomnio, el miedo perpetuo a otro ataque, el caos de mi mente— apareció alguien del pasado. Como un eco distante de una vida más simple, me escribió él. Un amigo íntimo con el que había habido química alguna vez, pero que por circunstancias y distancias —se fue a Ibiza— nunca llegó a nada. No sabía si era casualidad o destino, pero me escribió justo cuando ya no podía más. Me llamó, y sin pensar demasiado, quedamos.
Le hablé de todo. No me guardé nada. Me desahogué como no lo hacía desde hacía meses. Él me escuchó sin juzgarme, con esa mirada que parecía recordarme que alguna vez fui otra persona, una que sonreía sin miedo. Me trajo algo de maría, y cuando fumábamos juntos, era como si mis emociones, adormecidas y marchitas, despertaran de nuevo. Reía. Reía. Por primera vez en mucho tiempo, me sentía liviana. Dormí aquella noche como si el juicio no existiera, como si la vida fuera, por fin, un poco más amable.
Él también estaba mal. Me contó sus problemas familiares, sus propias batallas, y me salió ofrecerle quedarse unos días en mi casa. Pensé que quizá ayudarlo a él también me ayudaría a mí. Pensé que compartir el caos podía hacerlo más soportable. Pero con el pasar de los días, su actitud empezó a mutar en algo que no me gustaba.
Después de unos besos que no sentí del todo, su cercanía comenzó a ser invasiva, incómoda. Había algo en su mirada, en sus gestos, que me hacía retroceder. No buscaba nada más, pero él parecía no aceptar esa realidad. La calidez inicial dio paso a una frialdad inquietante, a un desdén apenas disimulado. Ya no me sentía segura. Ya no me hacía reír. Ya no me devolvía nada, solo drenaba.
Una noche, decidí hablar. Le puse límites con claridad, con firmeza. Le dije que no quería seguir así, que necesitaba respeto, espacio. Pero él no lo tomó bien. Su reacción fue tan desproporcionada que me dejó en shock: me levantó la voz, como si mis palabras fueran un ataque. Me gritó. Incluso levantó la mano.
No me tocó. Pero tampoco necesitaba hacerlo.
Ese gesto bastó. Bastó para congelar el aire de la habitación, para que todo se detuviera en mi mente. No temblé. No lloré. Solo lo miré, fija, con una frialdad que no sabía que tenía. Y con voz firme le dije: “Se acabó. Lárgate de mi casa.” Y se fue. Lo eché. Y no miré atrás.
Lo más extraño fue lo que vino después: no me dolió. No me sentí ni rota ni culpable. Solo... zanjante. Quizá algo en mí había cambiado. Quizá ya no tenía espacio para nadie que osara faltarme el respeto. Quizá, después de tanto, me estaba convirtiendo en alguien que no perdona lo imperdonable. Alguien que no tiembla frente a lo que no merece.
Y así, con el eco de su salida aún flotando en el ambiente, me senté en mi cama, con los ojos clavados en la nada. El juicio se acercaba. El aire se sentía denso, como si el universo estuviera conteniendo el aliento.
Y yo también.
Sabía que venía algo grande. Algo que marcaría otro antes y después.
Pero eso… eso pertenece al próximo capítulo.
ESTÁS LEYENDO
Soy la cicatriz que no se borra
SpiritualHola, qué tal. Soy la chica que probablemente no te esperabas conocer. La que está rota, pero aún sigue aquí, intentando entender todo lo que me ha pasado. Y sí, este libro lo escribo porque no tengo ni idea de cómo sanar, pero tal vez pueda hacerlo...
