Capítulo 24:Caí de su pedestal y me partí en mil

15 3 1
                                        

Es curioso cómo, en medio de todo lo que se desmoronaba, aún guardábamos aquellos momentos que parecían ser la última chispa de lo que un día fue. Aunque todo cambiaba, aunque las señales de frialdad se hacían cada vez más evidentes, había algo en nosotros que intentaba aferrarse a la normalidad. A veces, durante ese mes que todo parecía deshilacharse, A y yo aún nos despedíamos con palabras dulces, con promesas vacías de que todo iba a estar bien. Quizás solo eran palabras, pero al menos en ese instante, las pronunciábamos con la esperanza de que no todo estaba perdido. Sin embargo, algo dentro de mí comenzaba a notar que esa esperanza ya era solo una ilusión.
La fecha de su cumpleaños se acercaba. Pensaba que al menos, al estar allí, cara a cara, podríamos hablar, quizás aclarar lo que ya se sentía irremediable. Sentía que necesitaba estar a su lado, escucharle, mirar sus ojos y saber si todavía había algo de él, si aún quedaba algo de lo que compartimos. Quizás al vernos, todo se aclararía, o tal vez, solo estaría dándole una última oportunidad a algo que ya no tenía remedio.
Y entonces, esa noche, algo sucedió que hizo que todo se desbordara.
Sus amigos, aquellos con los que nunca me sentí realmente cómoda, volvieron con sus preguntas. Preguntas que, en su naturaleza, me desgarraban. Ya no era curiosidad, ni esa sensación de complicidad que uno tiene cuando está aprendiendo algo nuevo sobre otra persona. No. Era simplemente morbo. Era sobre mí, sobre mi cuerpo, sobre lo más íntimo de mi ser. Al principio intenté ignorarlo, intenté ser educada, como siempre lo hacía. Pero cuando preguntaron por tercera vez, directamente, si me apetecía tener relaciones sexuales con ellos, la realidad me golpeó como un martillo.
Dije que no. Dije que no quería, que eso no era lo que buscaba. Y cuando les pedí que no volvieran a hacer ese tipo de preguntas, algo cambió. La respuesta que recibí fue tan directa, tan hiriente, que me dejó sin palabras. Me dijeron que A quería que fuéramos los cuatro. Que él ya lo había hablado con ellos, y que si yo me negaba, solo demostraba vulnerabilidad. Me acusaron de ser dependiente, de ser tóxica, de arrastrar a A con mis miedos y mis traumas. Aún recuerdo sus palabras como si las tuviera grabadas en la mente, una y otra vez, como si se repitieran hasta deshacerme:
"Si no aceptas, solo te vas a ver como una persona dependiente, alguien que está atrapando a A en su vida."
Me quedé sin decir nada. Simplemente no pude responder. Las lágrimas empezaron a caer sin poder detenerlas. Me sentí pequeña, como si todo lo que había hecho, todo lo que había construido, fuera nada. Mi cuerpo temblaba, mi mente se nubló. No podía procesarlo, no podía entender cómo había llegado hasta allí. Todo lo que había sido tan claro, tan hermoso en algún momento, ahora se transformaba en algo grotesco.
No supe qué hacer. No supe qué pensar. Solo me quedé allí, sola, atrapada en mi habitación, intentando comprender lo que acababa de suceder. Estuve dos semanas fingiendo que todo estaba bien. Dije que todo pasaría, que no importaba, que nada de eso era real. Pero, en el fondo, sabía que no era así. Sabía que lo que me habían dicho no era solo una mentira de ellos, sino también una mentira que había empezado a calar en mí misma.
Durante esas dos semanas, mi mente no podía escapar de lo que me habían dicho. Me preguntaba a mí misma si realmente era esa persona tóxica. Si era verdad que estaba arrastrando a A, si de alguna manera era yo quien le hacía daño. La idea de que pudiera ser la causa de su sufrimiento me atormentaba. Me sentía culpable por haber dicho no, por haberme defendido. Como si no tuviera derecho a poner límites, como si mi cuerpo, mi alma, mis decisiones, fueran solo un reflejo de mi inseguridad. Me preguntaba constantemente si tenía razón al sentirme mal, si, en algún lugar, estaba fallando.
Y mientras todo eso sucedía, el peso de la familia, las opiniones de mi padre, me caían como una losa. Él, que siempre había estado presente en la casa pero que ahora ya no vivía con nosotros, me miraba con esa mezcla de desaprobación y juicio. Como si yo hubiera cometido un crimen al finalmente decir basta. Como si yo fuera la culpable de que todo se hubiera ido al garete. La verdad es que nunca entendí del todo por qué me juzgaba de esa manera. Pero ahora, con la cabeza llena de dudas y el corazón a punto de estallar, las palabras de mi padre me atravesaban como cuchillos. Me decía que no era necesario denunciar a mi hermano, que todo quedara entre nosotros. Pero yo ya no podía vivir con esa carga, no podía seguir dejando que las agresiones, tanto físicas como emocionales, fueran mi día a día. Pero eso no parecía importar. Para él, yo había hecho lo "incorrecto". Y eso me dolió más que cualquier golpe.
Ahora, querido lector, sé que no he hablado mucho contigo últimamente. No he sido capaz de abrirme como antes. Las palabras se me atascan, y el dolor es tan grande que me cuesta expresarlo. Pero este capítulo es diferente. Lo escribo con el peso de las lágrimas que no dejaban de caer, con la confusión que aún siento dentro de mí. No quiero que pienses que esto es fácil. No lo es. Escribir sobre esto ha sido más difícil de lo que jamás imaginé. Y a veces, ni siquiera sé si soy capaz de seguir.
Pero aquí estoy, intentando entenderlo todo, buscando respuestas, buscando algo que me dé paz. Quizás no las encuentre, o tal vez me toque vivir con la incertidumbre, con el miedo de que las piezas que se caen ya no se pueden volver a unir.
Solo sé que, en este momento, todo parece estar en el aire. Y aunque no tengo las respuestas, tengo la sensación de que las cosas van a empeorar antes de mejorar. Quizás, lo peor aún está por llegar. Y en ese pensamiento, hay algo de resignación, pero también de esperanza. La esperanza de que, al final, todo esto tendrá sentido. O al menos, eso quiero creer.
En medio de todo eso, había algo que ocupaba mi mente: ir a Algeciras y organizar el cumpleaños de A. Hablé con su prima, que no sabía nada de lo ocurrido y ni se lo iba a contar. Ella solo estaba ayudando a organizar su cumpleaños, sin entender el caos que estaba viviendo. Una vez que todo estuvo resuelto y conseguí el dinero para el billete de bus, le envié a A la sorpresa de que iría en unos días, mostrándole el billete como prueba.
El sorprendido me dijo que pensaba que no iba a ir, ya que le habían dicho sus amigos que yo no iría a su casa porque estaba teniendo una crisis de ansiedad. Me dijo que quería hablar conmigo porque le había decepcionado esa situación. Yo, completamente sorprendida, le respondí que si eso hubiera sido el motivo, se lo habría dicho directamente y no le habría enviado la foto del billete. Pero la sorpresa fue mayor cuando, a pesar de que le pasé una captura de la conversación donde literalmente me estaban presionando para tener sexo con ellos, donde incluso mencionaban que él quería hacerlo con ellos, él se atrevió a llamarme mentirosa y seguía en la dinámica de que le había decepcionado.
Me sentí completamente confundida. Las palabras de A, que antes solían ser un refugio, se habían transformado en una daga que me atravesaba el pecho. ¿Cómo podía ser que él no viera lo que estaba pasando? ¿Cómo podía seguir defendiendo a esas personas que me habían manipulado y humillado? Cada palabra que me dirigía me dejaba más sola, más perdida, como si estuviera flotando en un mar de contradicciones y mentiras.
No entendía nada, y la sensación de traición se apoderó de mí. Me preguntaba si en algún momento todo esto había sido real o si siempre había estado envuelta en una mentira, una mentira que él mismo había ayudado a construir. Y aunque me dolía profundamente, empecé a entender que quizás, en el fondo, la verdad era que ya no quedaba nada de lo que creía que era. El peso de las palabras y los silencios entre nosotros me ahogaban cada vez más, y no sabía cuánto más podría seguir fingiendo que todo estaba bien.
La llamada se estaba volviendo cada vez más tensa, incómoda. Algo en su tono había cambiado, y yo no sabía cómo afrontarlo. Pensé que se alegraría al saber que iría a su cumpleaños, que esa pequeña sorpresa, esa mínima muestra de que aún me importaba, sería recibida con cariño. Sin embargo, no fue así. En lugar de eso, tomó como referencia unas mentiras que él mismo sabía que eran eso, mentiras. Su tono, antes suave, se volvió más frío, más acusatorio. Empezó a sacarme cosas de mi vida pasada, como si pudiera herirme con eso, como si hablar de mis traumas fuera la forma de ganar la conversación.
Me mencionó lo que me había pasado, lo que había sufrido: ser violada, agredida, humillada. Con una frialdad que me quemaba por dentro, me dijo que necesitaba un psicólogo, que necesitábamos darnos un tiempo. Las palabras se me quedaban atascadas en la garganta, y aunque no podía llorar, una rabia creciente se apoderó de mí. La decepción me consumía por completo, como un veneno lento y cruel. Fue entonces cuando, sin pensarlo mucho, le pregunté: "¿Me has sido infiel con ellos? ¿Por eso me estás diciendo todo esto?"
Hubo un silencio. Un silencio largo, pesado, como si el aire dejara de moverse. Sabía la respuesta antes de escucharla, pero necesitaba escucharla de su boca. Había vivido tanto, pasado por tanto, que mi intuición me decía que ya sabía lo que estaba por suceder. Finalmente, después de unos minutos que parecieron una eternidad, me respondió con un susurro que rompió el aire: "Sí, lo hice con ellos."
En ese instante, me quedé congelada, como si el tiempo se hubiera detenido. Mi mente no podía procesarlo, pero mi corazón ya lo había sentido antes. Había vivido tantas veces esta traición, esta sensación de ser vista solo como un objeto más en un juego cruel, que ya no me sorprendía. Sin embargo, lo que sí me sorprendió fue la manera en que todo esto me estaba afectando. Ni siquiera las lágrimas salían de mis ojos, solo una rabia indescriptible que me quemaba por dentro.
Le respondí con franqueza, sin adornos, sin dejar que mi dolor nublara lo que debía decir: "No hacía falta utilizar mis cosas del pasado, mis traumas íntimos que sabes lo mucho que me ha costado vivir con ellos. Sabes cómo he sido contigo, sabes que te he dado estabilidad en todos los sentidos. Si me has dicho que me necesitas, he estado ahí. Estuve viviendo contigo en Málaga para ayudarte con las cosas de la casa, tu ropa, tu comida, y siempre he respetado tu libertad, como también he agradecido que me dieras mi espacio. No solo has utilizado mis cosas íntimas, sino que se lo has contado a esas personas que no han tenido miramientos en acosarme, presionarme para tener sexo con ellos y diciéndome lo mismo que tú me acabas de decir. Yo no me merecía esto."
Las lágrimas comenzaron a caer entonces, con la misma fuerza con la que el dolor había estado acumulándose. Lloré, como es natural, al igual que él. A veces, las palabras se pierden en el dolor, pero en ese momento, las lágrimas fueron lo único que tenía.
De repente, me dijo que le insultara. Pero algo dentro de mí se rompió aún más, y le respondí que no lo haría. No iba a caer en ese juego, no iba a rebajarme a esa humillación. Le dije, con una calma que me sorprendió a mí misma: "Espero que seas feliz. Me alegra haber formado parte de tu vida."
Ahí colgamos los teléfonos. Ese día, mientras mi madre estaba viendo la tele, me escapé corriendo a mi habitación. Cerré la puerta de un golpe, y entonces, por fin, las lágrimas cayeron como un torrente imparable. Lloré como nunca antes, como si todo lo que había contenido durante tanto tiempo finalmente hubiera encontrado su salida. Y en ese llanto, me dejé llevar, me dejé destruir por completo, porque, al fin y al cabo, ya no quedaba nada de lo que estaba acostumbrada a ser.
En ese mismo momento, en la habitación, las paredes comenzaron a cerrarse sobre mí. Literalmente sentí como si me aplastaran, como si la ansiedad que venía conteniendo durante tanto tiempo explotara toda de golpe. Mi cuerpo temblaba, y mi voz —rota, desesperada— empezó a gritar desde lo más profundo: "Quiero un abrazo, por favor, solo quiero un abrazo." Lloraba desconsoladamente, como si cada sollozo me arrancara un pedazo del alma.
No podía contener el dolor. Aquella persona en la que creí al cien por cien, a la que puse por encima de todo y de todos, se había caído de su pedestal. Para mí, él era mi persona. Aquella en la que confié a ciegas, sin reservas. Y al tenerlo tan alto, la caída fue como estrellarme contra el fondo de un precipicio. No estoy exagerando cuando digo que perdí la noción del tiempo, del espacio, de mí misma. Todo se volvió confuso, nebuloso, como si mi mente ya no quisiera estar presente.
Había vuelto a ser esa persona vacía, la que no sabe pedir ayuda, la que no puede dar un abrazo… pero que lo desea con todas sus fuerzas. Esa noche, el cuerpo me pidió rendirme. Estaba tan agotada de tanto llorar, de tanto sufrir, que simplemente no pude levantarme durante días. Me convertí en un suspiro seco, en un cuerpo inmóvil entre sábanas frías.
Y así cierro este capítulo, querido lector.
No con una conclusión clara, no con una enseñanza. Solo con la verdad cruda de lo que se siente cuando te rompen desde dentro. Este no es un final, es solo otro fragmento de una historia que me cuesta contar, pero que necesito soltar. No busco lástima. Busco ser escuchada. Busco que, si alguna vez tú también gritaste por un abrazo y nadie te respondió, sepas que no estás solo.                                                                           Yo sigo aquí, escribiendo con las manos temblorosas y el corazón abierto. Porque aunque la herida aún arde, escribirla es mi forma de no dejar que me consuma.

Soy la cicatriz que no se borraDonde viven las historias. Descúbrelo ahora