A veces, la distancia no duele. Al menos, no cuando hay algo que la hace tolerable. En nuestro caso, era la pantalla. Y las videollamadas.
Los días pasaban entre sus palabras, entre risas, entre conversaciones que nos mantenían conectados, aunque los kilómetros estuvieran allí, como un recordatorio de que no estábamos en el mismo lugar. Pero eso no importaba tanto. Lo que importaba era lo que nos decíamos. Lo que sentíamos.
A veces, me hablaba de sus amigos, de esas personas con las que había perdido el contacto pero que, poco a poco, había logrado recuperar. Me alegraba tanto escucharlo. Porque en su voz había algo de alivio, algo que me decía que no estaba solo, que él también necesitaba ser escuchado. No era solo amor lo que nos unía, sino la necesidad de comprensión mutua. Yo también le hablaba de mis cosas, de mis miedos, de mis visitas al médico para comenzar mi tratamiento hormonal, para dar ese paso que ya no era solo un deseo, sino una necesidad de sentirme plenamente mujer. Le explicaba que no se trataba de sentirme mejor para los demás, sino de seguir un proceso que elegí para mí.
Él siempre me respondía con la misma dulzura. Me decía que no le importaba si no estaba operada, ni hormonada. Para él, yo era preciosa tal como era. Y aunque esas palabras me hacían sentir querida, yo siempre insistía en que no se trataba solo de eso. Era más profundo. Era una cuestión personal. A veces, me sentía en paz con ello. Otras veces, me hundía en la incertidumbre. Pero él siempre estaba ahí, con sus palabras, con sus gestos.
Entre llamadas y mensajes, surgían momentos que me hacían sonreír a solas. Su madre, sin querer, se colaba en nuestras videollamadas. Primero, me preguntaba cómo estaba. Y luego, sin más, comenzaba con algo tan inesperado como: “ Brid dile que limpie su cuarto, que parece un basurero.” Y yo, para picarle un poco, lo hacía. Me reía mientras le decía: “Tu madre te ha dicho que tienes el cuarto hecho un desastre.” Y él, con su cara de incomodidad, me respondía entre risas: “Ya, ya… Me regaña todo el tiempo.”
Esos pequeños momentos me mantenían centrada. Parecía una vida sencilla, pero era mía. Y no me importaba que el mundo a mi alrededor fuera complicado. Mi relación con A me mantenía con la cabeza en alto.
Nunca fue fácil para mí conciliar el sueño, siempre me costaba. El ruido de mi mente me mantenía despierta hasta altas horas de la noche. Pero con él, la paz que me transmitía me hacía quedarme dormida de inmediato. A veces, sentía que el amor también era eso: una paz que me permitía descansar, que me hacía olvidar las horas de insomnio y de miedo que solían acompañarme en mi vida diaria. La realidad de mi familia, de mi situación en casa, de los gritos de mi padre y las palabras crueles de mi hermano, ya no me parecían tan terribles cuando hablaba con él.
Y aún con todo eso, me mantenía firme. Porque todo lo bonito que me estaba ocurriendo me daba una fuerza que nunca había conocido. La vida seguía su curso, y aunque todo parecía tan incierto, el tener a A en mi vida hacía que valiera la pena seguir adelante.
Nos hacíamos promesas sin palabras, solo con planes. Cada mes, planeábamos el momento en que nos veríamos. Cada vez que nos despedíamos, nos decíamos que la espera no sería larga, que pronto estaríamos juntos otra vez. Y aunque siempre estaba nerviosa por lo que ocurría en casa, por la tensión que siempre flotaba en el aire, nunca dejé que eso me impidiera estar con él. Cuando venía a mi ciudad, se quedaba a dormir en mi casa. Me sentía viva de una manera que no podía describir. Éramos el uno para el otro, en esos pequeños y grandes momentos: cuando salíamos a caminar, cuando nos tomábamos algo en algún bar, o cuando nos escapábamos de la rutina y nos encontrábamos en rincones de nuestra ciudad, sin más que nuestras risas y nuestros deseos.
Y sí, a veces, la pasión nos arrastraba a situaciones inesperadas. Recuerdo aquella vez en un baño público, entre risas y sin pensar demasiado. El mundo a veces desaparecía cuando estábamos juntos. No había reglas, solo momentos.
A también fue testigo de todo lo que ocurría en mi casa. De las discusiones, de las palabras duras, de las luchas que yo trataba de evitar. Cada vez que algo salía mal, él me tomaba de la mano y me decía: “Está todo bien. Estoy aquí.” Sus palabras me anclaban a la realidad, me recordaban que no estaba sola, que a pesar de todo lo que me sucedía, él estaba allí. Y aunque no siempre podía hacer algo para cambiar las cosas, su apoyo era todo lo que necesitaba en esos momentos.
Ahora, mientras escribo todo esto, no puedo evitar sonreír. Sonrío, porque aunque aquellos momentos fueron fugaces, marcaron mi vida de una forma que no me esperaba. Y aunque sé que lo que pasó después me cambiaría aún más, me doy cuenta de que no puedo dejar de explorar lo que ocurrió. Porque querido lector, todo lo que sucedió después, todo lo que nos unió y nos separó, va a chocar con todo lo que crees saber. Y necesito profundizar cada detalle, cada momento, cada palabra que se quedó entre nosotros, porque eso fue lo que realmente me formó.
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Soy la cicatriz que no se borra
SpiritualHola, qué tal. Soy la chica que probablemente no te esperabas conocer. La que está rota, pero aún sigue aquí, intentando entender todo lo que me ha pasado. Y sí, este libro lo escribo porque no tengo ni idea de cómo sanar, pero tal vez pueda hacerlo...
