Hay amores que llegan en mitad del caos. Que no preguntan, no interrumpen, simplemente se sientan a tu lado y te escuchan respirar entre lágrimas. Así era A en mi vida. No venía a salvarme ni a ponerme parches. Solo estaba. Y a veces, eso basta. O parece bastar.
Cuando conocí a su primo, estaba nerviosa. Nunca había sido buena con las presentaciones. Me aterraba ser juzgada, que alguien mirara más allá de mis palabras y me leyera como un cuerpo ajeno, como una historia que no encajaba. Pero él no lo hizo. Me recibió con una sonrisa tranquila, como si ya me conociera de antes. Esa tarde fuimos a un Starbucks y casi me da un infarto cuando vi los precios. Lo miré con los ojos abiertos como platos, y él soltó una risa que alivió el ambiente. “Pero si esto cuesta como una comida entera,” dije, medio en broma, medio en shock. A se reía mientras me decía que yo era única. Y a mí, que me integraran así, con naturalidad, sin reservas, me conmovía más de lo que dejaba ver.
Era todo tan nuevo. Tan bonito. Tan mío.
Poco después, llegó el día de conocer a sus padres. El pánico se instaló como un huésped incómodo en mi estómago. Recuerdo que nos pusimos a limpiar la casa como locos, corriendo de un lado a otro, como si un poco de polvo pudiera cambiar lo que éramos. Pero en realidad, lo hacíamos por miedo. Por querer que todo saliera bien. Por desear, aunque sea por un rato, que el mundo nos permitiera existir sin condiciones.
Y salió bien.
Su madre era como una ráfaga de energía: protectora, curiosa, habladora, con ese tipo de humor que te hace olvidar que eres una extraña. Me gustó desde el primer momento. Su padre, aunque más serio, tenía una presencia amable. Me sentí cómoda. Rara vez me sentía así con adultos. Rara vez sentía que no tenía que esconderme. Pero con ellos, incluso entre nervios, no tuve que fingir.
A y yo llevábamos casi tres meses juntos. Nuestra relación se había construido desde una comunicación honesta, una complicidad natural y un deseo mutuo que también era refugio. Éramos, ante todo, muy buenos amigos. Amantes del otro sin reservas. Y sí, lo sé. Tal vez me juzguéis por lo que voy a contaros. Pero era joven. Y A también. Y el cuerpo, ese del que tantas veces quise huir, también tenía derecho a sentir.
Esa noche, con sus padres durmiendo en la habitación de al lado, no podíamos hacer ruido. Ni tocarnos con libertad. Así que nos metimos debajo de las sábanas como dos adolescentes traviesos. Recuerdo que me miró con picardía y me susurró: “Tú no eres capaz.” Y, como si fuera un reto, lo hice. Lo toqué con suavidad, sintiéndome viva en ese instante. Él acabó en mi mano, y yo, temblando entre risa y adrenalina, esperé unos minutos antes de ir al baño para que nadie notara nada. Al volver, me metí en la cama conteniendo la risa.
Cuando sus padres volvieron a Algeciras, lo recordamos entre carcajadas. Yo le dije: “Tú me dijiste que no era capaz de hacerlo,” y él, con esa sonrisa que aún recuerdo tan bien, me respondió que me había subestimado. Nuestra relación tenía eso. Una ligereza divertida. Un juego que no era tóxico, sino espontáneo, sano, bonito. Era fácil estar con él. Me sentía querida. Deseada. Vista.
Faltaban pocos días para que se fuera de vuelta a Algeciras y decidimos hacer algo especial: ver una película que estrenaban y que me tenía emocionada desde que vi el tráiler. El tiempo contigo, del creador de Your Name. Recuerdo que me temblaban las manos cuando compramos las entradas. No sé si por la emoción o por el miedo a que ese momento terminara.
Durante la proyección, no podía dejar de mirarlo de reojo. Sentía que la película hablaba de nosotros. De lo que se siente al amar sabiendo que se avecina la distancia. De lo que cuesta sostener un vínculo cuando el reloj empieza a marcar una cuenta atrás. Me caló tan hondo que al salir del cine y ver que llovía, sentí que el universo tenía sentido solo en ese instante.
Me alejé un poco, me senté bajo un árbol, y rompí a llorar. No de tristeza. No del todo. Era una mezcla de emociones tan fuerte que el cuerpo ya no podía contenerlo. Él vino corriendo, me cogió de la mano con fuerza y me abrazó. También lloraba. Nos besamos bajo la lluvia como si todo lo vivido se condensara en ese instante. Como si el amor, por muy joven, por muy fugaz, pudiera ser hogar. Aunque solo fuera por un momento.
Pensé en el primer día que lo conocí. Y entendí que ese no había sido el verdadero principio. El verdadero comienzo fue cuando se fue. Porque ahí fue cuando empezó a pesar todo. Y, contra todo pronóstico, lo viví de forma bonita. Intensa. Conectada. Como si los kilómetros no fueran una barrera, sino una prueba. Y la pasamos. Al menos, durante un tiempo.
Ahora, mientras escribo todo esto, sonrío.
Sí, sonrío. Aunque también siento esa nostalgia rara, entre tristeza y libertad. Estoy soltando. Estoy dejando que estos recuerdos salgan de mí, no para olvidarlos, sino para entender por qué me rompí aún más después.
Porque todo lo que llena, todo lo que se siente fuerte, todo lo que es real… pesa aún más cuando ya no está con nosotros.
Y eso… eso también lo aprendí con A.
ESTÁS LEYENDO
Soy la cicatriz que no se borra
SpiritualHola, qué tal. Soy la chica que probablemente no te esperabas conocer. La que está rota, pero aún sigue aquí, intentando entender todo lo que me ha pasado. Y sí, este libro lo escribo porque no tengo ni idea de cómo sanar, pero tal vez pueda hacerlo...
