Hay cosas que no se cuentan fácil. Algunas se arrastran durante años y otras duelen incluso sin recordarlas del todo. Pero hay momentos, sobre todo en las madrugadas, donde el cuerpo recuerda antes que la mente. Donde las cicatrices se activan, palpitan, suplican.
En muchas de aquellas agresiones, cuando ya tenía más de veinte años, sentía que algo dentro de mí se rompía en mil pedazos y no había forma de recogerlos. Porque no solo dolía el acto en sí, sino el silencio que lo envolvía, la impotencia de que todo siguiera igual. A veces, apenas aguantaba. Sentía que me desvanecía, que el dolor me atravesaba por dentro como un clavo al rojo vivo.
Recuerdo una noche, no por ser distinta, sino porque fue una de esas en las que me quebré de verdad. El cuerpo me temblaba, tenía la cara hinchada de tanto llorar. Fui a mi madre, a esa mujer que también estaba atrapada. Me arrodillé delante de ella, como si pudiera salvarme. Le supliqué. Con la voz hecha trizas le dije: "No puedo más, mamá. Ayúdame. Por favor, haz algo."
Ella me miró con los ojos llenos de agua. Me acarició la cara con una ternura que me dolió más que la agresión. Y con un hilo de voz me respondió:
"Yo también tengo miedo, hija. Yo también estoy atrapada."
No supe qué decir. Porque ¿cómo se discute con una verdad así? ¿Cómo se pelea cuando todos están heridos?
En ese instante lo sentí. Ese deseo feroz de desaparecer. No por cobardía. Sino por libertad. Porque la vida no se sentía como tal. Porque cada rincón de esa casa se había vuelto una celda, y el aire sabía a encierro.
Quise morirme. No como una tragedia, sino como una rendición.
Quise dormir y no despertar. Quise que el dolor se apagara, aunque fuera por un día.
Quise ser otra. O no ser nada.
Pasaron más momentos así. Muchos. Unos los recuerdo con claridad. Otros están envueltos en bruma, como si mi mente los hubiera escondido para que pudiera seguir caminando.
Había días en los que sonreía fuera de casa, hacía chistes, hablaba de Gran Hermano o de cualquier tontería... pero por dentro me sentía muerta. Vacía. Como si mi cuerpo funcionara solo por inercia.
Y sin embargo, aquí estoy.
Han pasado nueve años desde aquellos días. Hoy tengo veintinueve y estoy escribiendo todo esto desde un rincón de mi habitación. Un rincón que he convertido en refugio, en trinchera, en templo.
Escribo y lloro. Me detengo muchas veces. Siento que me cuesta respirar. Porque revivirlo no es fácil. Porque hay cicatrices tan hondas que al rozarlas, revientan como heridas frescas.
A veces me frustro. Porque siento que no avanzo. Porque lo cuento y me sigue doliendo igual. Porque incluso con las palabras, hay cosas que no puedo explicar. Porque tuve que obviar muchas cosas en estas páginas. Porque hay nombres que no he escrito, sucesos que no he detallado, personas que he dejado en la sombra.
Pero que no se malinterprete:
Cada palabra que aquí se lee, cada lágrima que ha caído sobre el teclado,
tiene nombre y apellido.
Cada silencio habla de alguien.
Cada herida cuenta una historia.
Y aunque a veces me rompa revivirlo, también hay un alivio inmenso en contarlo. En decir: "Esto pasó. Esto me dolió. Esto fui yo."
Soy Bridgit. Y sigo aquí.
Escribiendo mi historia.
Transformando la oscuridad en palabras.
Y aunque me quiebre, aunque tiemble,
lo estoy diciendo todo.
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Soy la cicatriz que no se borra
SpiritualHola, qué tal. Soy la chica que probablemente no te esperabas conocer. La que está rota, pero aún sigue aquí, intentando entender todo lo que me ha pasado. Y sí, este libro lo escribo porque no tengo ni idea de cómo sanar, pero tal vez pueda hacerlo...
