Querido lector,
Han pasado años desde que comencé este camino. Veinte, para ser exacta. Y si esperabas que en este punto todo fuera distinto, te entiendo. Yo también lo esperaba. Pero la verdad es que, en muchos aspectos, todo seguía igual.
Mi hermano, con sus amenazas esporádicas, seguía siendo esa sombra que aparecía de vez en cuando para recordarme que el pasado no se había ido del todo. Mi padre, con su mirada fría y su boca sucia, continuaba en la misma dinámica de siempre, como si el tiempo no le hubiera tocado. Como si el daño fuera algo cotidiano que no merecía atención.
Y yo... bueno, yo sobrevivía. Seguía poniéndome en pie cada día. Seguía siendo Bridgit. Esa mujer que apareció tarde en su propia historia pero que, aún así, decidió quedarse.
A veces pienso que ese entorno tan violento, tan contradictorio, me dio una especie de humor especial. Una gracia ambigua. Me reía de cosas que a otros les incomodaban. Hacía bromas en medio del caos. Como si el dolor se convirtiera en un filtro para mirar el mundo con un toque sarcástico y una sonrisa torcida. No era una risa feliz, no siempre. Pero era mía.
Descubrí que reír también es una forma de resistir. Y que las cosas que nos hacen felices, aunque parezcan pequeñas o "banales" para otros, pueden ser salvavidas cuando todo lo demás parece hundirse.
Por eso me aferré a los reality shows. Me fascinaban. Gran Hermano, en especial. Para muchos era solo televisión basura. Para mí, era un universo alterno donde las emociones eran intensas, donde todo pasaba rápido, donde uno podía imaginar otras formas de vivir... aunque fuera por unas horas. Me sentía parte de eso. Me conocía los nombres, las historias, los conflictos. Y, durante esos momentos, no existían ni mi hermano ni mi padre. Solo esa casa y sus habitantes. Y yo, soñando despierta.
Lo soñé tanto que casi lo logré.
Me llamaron para hacer el casting final. Me temblaban las manos cuando recibí aquella llamada. La casa más famosa de la televisión. La posibilidad de contar mi historia, de mostrarme, de vivir una experiencia que había imaginado una y mil veces. Y, sin embargo, cuando estuve a punto de dar el paso, algo en mí se quebró.
Me vi frente al espejo, con mis miedos desbordándose. ¿Cómo iba a ir allí si seguía arrastrando tanto dolor? ¿Si aún me perseguían los recuerdos, las amenazas, la inseguridad de no saber si alguien me buscaría para herirme solo por ser quien soy? Me vinieron todas las dudas, todos los fantasmas. Y no fui. Me eché para atrás. Me dolió. Mucho. Pero no me forcé. Aprendí, al menos, a no empujarme cuando no estoy lista.
Y aunque a veces me duele haber renunciado a ese sueño, también sé que no era el momento. Que a veces la felicidad no está en conquistar la cima, sino en saber cuándo parar, cuándo cuidarse.
Me criticaban mucho por disfrutar de cosas como esa. Como si el dolor te obligara a ser seria todo el tiempo. Como si una mujer trans, marcada por la violencia, no tuviera derecho a reírse con un reality o emocionarse con una nominación. Pero yo era feliz en esos ratos. Y eso, lector, también cuenta.
Porque hay una ternura en encontrar belleza donde nadie más la ve. Hay una dignidad enorme en celebrar lo que nos da alegría, aunque a otros les parezca insignificante. La risa también es una trinchera. Y yo aprendí a defenderme desde ahí.
Hoy, a mis veinte años, sigo siendo una mezcla extraña entre la niña rota, la adolescente invisible y la mujer que intenta construirse con lo que queda. No he cambiado tanto como imaginaba. Pero he aprendido a mirarme con más compasión.
Cierro este capítulo con la certeza de que no hay un único camino hacia la paz. Que cada quien se salva como puede. Que, a veces, lo más revolucionario que se puede hacer es sonreír en medio del desastre. Y que si alguna vez vuelvo a tener la oportunidad de entrar en esa casa -la real o la simbólica- lo haré con todo lo que soy. Sin miedo. Sin culpa.
Porque no se trata de lo que el mundo espera de mí. Se trata de lo que yo quiero permitirme.
Y yo, lector, después de tanto, solo quiero ser feliz. A mi manera. Con mis risas ambiguas. Con mis sueños no cumplidos. Con mis capítulos abiertos.
ESTÁS LEYENDO
Soy la cicatriz que no se borra
SpiritualHola, qué tal. Soy la chica que probablemente no te esperabas conocer. La que está rota, pero aún sigue aquí, intentando entender todo lo que me ha pasado. Y sí, este libro lo escribo porque no tengo ni idea de cómo sanar, pero tal vez pueda hacerlo...
