Capítulo 14: La rigidez del cuerpo que sobrevivió

26 5 4
                                        

Querido lector,
Aprendí a quererme. A entender que no merezco migajas. A decir "no" sin culpa. A reconocer lo que quiero, lo que me daña, lo que ya no permito. Pero hay algo de lo que nadie te habla cuando te reconstruyes: del frío que queda. De la rigidez que se instala en el cuerpo después de tanto protegerlo.
Sí, me salvé. Pero en el proceso también perdí partes de mí. Me volví más fuerte, pero más fría. Más clara, pero más distante. Y no es que no quiera sentir. Es que ya no sé cómo hacerlo sin temblar.
Hace poco mi madre me abrazó. Fue algo tan simple, tan cotidiano, que cualquiera lo olvidaría al rato. Pero yo no pude. Porque me quedé tiesa. Como si el cuerpo no recordara cómo responder. Me alegré, sí. En el fondo me latía algo parecido a la ternura. Pero por fuera... me congelé. Y no sabes lo mucho que me dolió no poder abrazarla de vuelta como ella merecía.
Después de todo lo vivido, el amor -el real, el sano, el que no busca nada a cambio- me desarma. Me deja sin herramientas. Me deja expuesta. Y eso, lector, duele más de lo que imaginaba. Porque cuando te acostumbras a que cada caricia esconda una trampa, aprendes a no dejar entrar a nadie. A vivir con la coraza puesta, incluso en casa.
No sé cuántas veces me ofrecieron un gesto sincero que yo no supe recibir. Una mano extendida, una palabra dulce, un "te quiero" que sonaba diferente. Y yo, en vez de dejarme sentir, construía una muralla. Una muralla tan alta que a veces ni yo podía escalarla.
Te lo cuento porque no quiero que pienses que el amor propio lo cura todo. Que basta con mirarse al espejo y repetirse mantras. No. Hay heridas que te enseñan a sobrevivir, pero también te dificultan vivir.
¿Sabes lo que es querer abrazar y no poder?
¿Saber que alguien te quiere, pero no saber cómo corresponder sin sabotearlo todo?
¿Tener la emoción a flor de piel y aún así parecer de piedra?
Es frustrante. Me hace sentir rota, aunque sé que no lo estoy. Solo estoy... adaptada. Acostumbrada a sobrevivir sin afecto, sin calor, sin cercanía. Aprendí a no necesitar. Y ahora que lo tengo cerca, ya no sé cómo sostenerlo.
Es como si cada gesto bonito me recordara todo lo feo que viví. Como si una caricia disparara la memoria del dolor. Y eso me hace sentir culpable. Porque quienes me quieren hoy no tienen la culpa de lo que hicieron otros. Pero mi cuerpo no distingue. Mi cuerpo aún está en alerta.
Quisiera poder llorar en un abrazo sin sentir que es una debilidad. Quisiera poder decir "te quiero" sin que me tiemble la voz. Quisiera poder recibir amor sin pensar que tiene fecha de caducidad.
Pero estoy en ello. Estoy entrenando al corazón a quedarse cuando todo dentro de mí quiere salir corriendo. Estoy aprendiendo a aceptar lo bonito sin cuestionarlo, sin analizarlo, sin buscarle una trampa. Porque no todo lo bueno tiene doble intención. A veces, el amor es solo eso: amor.
A veces me pregunto si alguna vez volveré a amar de verdad. Si podré abrirme por completo sin miedo. Y no lo sé. No voy a mentirte. Pero sí sé que hoy, aunque me cueste, no huyo. Me quedo. Aunque tiemble, aunque me paralice, aunque necesite respirar hondo antes de dejar que alguien me toque. Me quedo. Porque quiero volver a sentir sin que me duela.
Y eso, lector, también es valentía.
No solo sobrevivir a lo horrible, sino atreverse a construir algo nuevo después.
No sabes cuántas veces quise rendirme en este proceso. Cuántas veces pensé que ya era demasiado tarde para cambiar. Que ya era demasiado tarde para volver a abrazar sin miedo. Pero nunca es tarde si hay ganas. Si hay un poquito de esperanza.
Hoy no te escribo desde la herida abierta, sino desde la cicatriz que me recuerda que estoy sanando. Que cada gesto que me cuesta es una oportunidad. Que cada abrazo que no devuelvo me acerca un poco más al momento en que sí lo haré.
Y sé que ese momento llegará.
El momento en que no tiemble.
En que no me quede paralizada.
En que no me duela la ternura.
Ese día, lector, será una victoria. Pequeña. Íntima. Pero mía.
Mientras tanto, sigo aquí. Aprendiendo a abrazar sin miedo.
Porque después de tanta guerra, quiero paz. Y porque merezco el tipo de amor que no me asuste, sino que me calme.
Y ese amor, sé que empieza por volver a confiar en lo más simple:
Un abrazo. Una mirada. Una caricia sin condiciones.
Cuando llegue el día en que pueda abrazar sin temblar...
te prometo, lector, que te lo contaré.
Hoy, después de todo lo vivido, entiendo que no hay una línea recta hacia la sanación. No hay un botón mágico que me permita borrar el dolor o deshacer las cicatrices. Pero lo que he aprendido, lo que me queda claro, es que el amor, el verdadero amor, es un proceso de constante aprendizaje. No se trata solo de recibir, sino de darme permiso para sentir sin miedo a que me rompa. Sin miedo a que me quede sin piezas. Sin miedo a que la vulnerabilidad me consuma.
No sé cuándo el miedo dejará de ser tan grande. No sé cuándo los abrazos dejarán de ser tan pesados. Pero sé que cada vez que decido quedarme, cada vez que elijo abrirme, aunque sea un poquito, avanzo.
Este proceso no es fácil, pero tiene algo de hermoso. La transformación que ocurre en la intimidad de esos pequeños momentos: un abrazo que no se congela, una sonrisa que no se desvanece, un gesto de cariño sin expectativas. Y aunque a veces me siento perdida, me doy cuenta de que no hay nada más valioso que el amor que soy capaz de ofrecerme a mí misma. Porque, antes que nada, soy yo quien debe darme la paz que tanto anhelo.
El proceso no se trata de alcanzar una perfección emocional, sino de permitirme la imperfección. De ser honesta conmigo misma y darme permiso para no tener todas las respuestas. A veces, el simple hecho de quedarme es suficiente. A veces, el simple hecho de intentar sin saber si lo lograré, ya es una victoria.
Y aunque todavía no sé cómo se siente el amor sin miedo, sé que me lo merezco. Y sé que lo encontraré, incluso si está en los gestos más simples, como un abrazo sin condiciones, una mirada que no me juzgue, una caricia que me haga sentir en paz.
Así que hoy, aunque me tiemble la voz al escribir estas palabras, sé que la valentía no está en la perfección, sino en la disposición a seguir. A seguir abriéndome, a seguir amando y, sobre todo, a seguir sanando.
Porque cada vez que decido quedarme, estoy un paso más cerca de la persona que quiero ser. Y sé que, en algún momento, llegará el día en que los abrazos dejarán de doler. Y cuando ese día llegue, lo sabré. Y lo contaré.
Con amor,Bridgit

Soy la cicatriz que no se borraDonde viven las historias. Descúbrelo ahora