Querido lector,
Si llegaste hasta aquí, gracias. No sé si por empatía, por morbo o por compañía. Pero gracias. Hoy no voy a adornar nada. Porque este capítulo no necesita maquillaje, ni frases bonitas. Este capítulo huele a sudor frío, a decepción, a piel usada. Este capítulo soy yo buscando amor entre escombros. Y encontrando, en cambio, manos sucias, miradas huecas y palabras recicladas que decían quererme, pero solo me consumían.
Después de ese tiempo en el que solo quería apagarme un rato, empecé a dejar entrar a personas en mi vida como quien abre la puerta a un desconocido en mitad de una tormenta, esperando que no te robe. Pero muchos robaron. Me robaron pedazos. Me ofrecían algo parecido al cariño, pero con condiciones: que no hablara mucho, que no mostrara inseguridad, que no dijera que era trans, o que sí lo dijera, pero solo si eso los excitaba.
Sí. Lo dije. Me trataban como un fetiche. "Nunca he estado con una chica como tú", decían. Como si yo fuera un experimento. Como si mi historia solo les sirviera para fantasear, no para conectar. Y cuando yo me alejaba, porque no aceptaba ser tratada como un cuerpo raro, algunos se ponían violentos. Me insultaban. Me decían que estaba loca por pensar que podía aspirar a algo real.
Una vez, conocí a un chico que me trató tan bien que pensé que, quizás, esta vez sería distinto. Había salido antes con una chica trans, y eso me hizo bajar la guardia. Me hablaba con ternura. Me decía que yo era su ángel. Estaba sin trabajo, sin dinero, y yo, ingenua, le daba bocadillos. Una tarde, entre risas y masajes, decidimos ir más allá. Se la chupé, con más entrega que deseo. Al día siguiente desapareció. No dejó ni un mensaje. Estuve en cama semanas, sintiéndome un desecho. Un error.
Otros encuentros fueron aún más confusos. Algunos me ofrecieron dinero. Pero yo nunca me prostituí. Nunca. Aunque tuviera hambre. Aunque doliera. Me iba. Me iba rota, pero con algo de dignidad. Porque no quería que me recordaran como una transacción. Quería amor. Quería verdad.
Y sí, hubo uno que parecía que sí. Él era mayor. Nos escapábamos a su chalet. Me sentía cuidada. Me hacía sentir bonita. Vimos Eduardo Manostijeras abrazados. Yo pensaba: "Esto es lo más parecido a estar bien que he sentido en años". Duró meses. Hasta que un día supe que tenía otra relación. Me callé. Me fui. No dije nada. Pero lloré. Lloré mucho. Porque una vez más, no era amor. Era hambre. Y ellos se aprovechaban de que yo tenía el estómago vacío.
Querido lector, no estoy escribiendo esto para dar pena. Lo escribo para que entiendas. Que muchas veces, la gente no te toca por amor, sino por necesidad. Que hay caricias que duelen más que los golpes. Que a veces, tener cuerpo es tener cárcel. Y que el deseo, cuando no está acompañado de verdad, puede destruir más que el odio.
Pero con cada encuentro roto, con cada mentira disfrazada de "te quiero", fui aprendiendo. Aprendí que no quería eso. Que prefería estar sola que seguir cediendo. Que no valgo por lo que doy, ni por lo que aguanto. Que no quiero que me llamen especial mientras me esconden. Que no quiero más migajas.
Este capítulo duele. Lo sé. Pero es necesario. Porque reconocer que todo aquello estuvo mal fue el primer paso para poner límites. Para decir que no. Para mirarme al espejo y, por primera vez, pensar: "No necesito que me amen si tengo que dejar de ser yo para que lo hagan".
Hoy, por fin, no me da miedo estar sola. Porque entendí que la soledad no es vacío, si estás contigo misma. Porque la soledad me abrazó mejor que muchas de esas manos. Porque después de tanta mentira, merezco verdad.
Y eso, querido lector, también es amor. El mío. Porque antes confundía la necesidad con el deseo, el calor con el afecto, el sexo con la validación. Ahora lo entiendo. Me dolía tanto el abandono que prefería migajas antes que el eco del silencio. Pero aprendí. A la fuerza, con sangre en el alma y cicatrices en la piel, aprendí.
No me salvó un hombre. No me salvó una historia bonita. Me salvó el cansancio de caer siempre en el mismo abismo. Me salvó el dolor de reconocer que me estaba traicionando a mí misma por miedo a estar sola.
Y esa soledad, que tanto temía, terminó siendo mi refugio. En ella aprendí a elegir. A no quedarme por miedo, a no abrirme por ansiedad, a no besar por costumbre.
Porque ya no tengo hambre. Porque ya no acepto sobras. Porque aprendí a darme a mí lo que tanto buscaba fuera. Y ahora, si alguien llega, será para sumar, no para llenar un vacío.
Esto termina aquí. No porque ya no duela, sino porque ya no mando invitaciones al dolor. Porque merezco respeto, ternura, presencia. Y si no lo traen, que no entren.
Me costó entenderlo, pero lo entendí:
estar sola no es estar vacía. Estar mal acompañada, sí.
Y yo ya no negocio con lo que soy.
Eso, también, es amor. El verdadero. El que empieza por mí.
ESTÁS LEYENDO
Soy la cicatriz que no se borra
SpiritualHola, qué tal. Soy la chica que probablemente no te esperabas conocer. La que está rota, pero aún sigue aquí, intentando entender todo lo que me ha pasado. Y sí, este libro lo escribo porque no tengo ni idea de cómo sanar, pero tal vez pueda hacerlo...
