Querido lector,
No sé si estás preparado para leer lo que viene, pero te lo voy a contar igual. Porque a veces hace falta mirar la oscuridad de frente para entender qué tan profundo puede llegar el dolor. No busco que me entiendas del todo. No sé si alguien puede. Pero si has sentido alguna vez que el mundo se vuelve más pequeño, más gris, más ajeno… entonces tal vez sí. Tal vez puedas leer esto no solo con los ojos, sino con el pecho.
Después de ese infierno al que le llamaban trabajo, lo que me esperaba no era descanso. Era otro tipo de jaula. Una más sutil, pero igual de letal. Volvía de nuevo a esa sensación,a esa casa donde vivía con más personas, aunque en realidad estaba sola.
Mi madre, tan desconectada emocionalmente, tan ausente incluso cuando estaba físicamente presente. A veces me preguntaba si podía verme de verdad o si simplemente me miraba sin reconocerme. Mi padre… ese hombre despreciable. El mismo pajillero, chulo y prepotente, que aunque fuera ciego, me miraba con una indiferencia que calaba en los huesos. Decía más con su silencio que con cualquier palabra. Un silencio que gritaba que no valía nada.
Mi hermano… ese ser que debería haberme cuidado, pero que se convirtió en la extensión física de mi pesadilla. Me hacía sentir pequeña, insignificante. Me amenazaba, me usaba como su saco emocional. No le importaba si había alguien delante. Una vez, incluso, intenté defenderme y lo vi reír. Reía. Como si el hecho de que no pudiera hacerle daño le diera placer. Esa imagen no se me borra. Esa sonrisa cruel en su rostro mientras yo temblaba.
Y mi hermana… ella sí me defendía. Ella fue mi sostén en muchos momentos, pero cambiaba cuando se enamoraba. Como si el amor la convirtiera en otra persona. Más fría, más ajena. Era confuso, porque sabía que me quería, y me crió también. Pero la indiferencia de ciertas etapas me dolía más que los golpes. Porque una palabra tuya puede salvar o matar. Y cuando las personas que amas se ausentan, aunque estén presentes, te rompes un poco más.
Vivía así. En esa casa. Rodeada de fantasmas que tenían nombre y apellido. Sin un refugio. Sin una esquina donde respirar.
Y fue ahí donde los pensamientos más oscuros empezaron a visitarme. No era una tristeza cualquiera. Era un dolor tan visceral que a veces pensaba: “¿Y si hoy no me despierto?”. Me preguntaba cómo sería dejar de existir, desaparecer sin causar ruido. Sentía que no le importaría a nadie. Que era una carga. Una sombra.
Pero entonces, recordé a una chica del instituto.
Era una rebelde, de esas que no seguían las reglas porque las reglas ya le habían fallado antes. Contestona, dura por fuera, pero con una tristeza en los ojos que reconocí de inmediato. Sentí conexión. No hablábamos mucho, pero la energía… esa energía que se tiene cuando dos personas rotas se reconocen. Su hermana se había suicidado no hacía mucho, y eso la tenía tocada. Yo lo sentía. Como si lleváramos el mismo peso, pero con distintas mochilas.
Volviendo a mi realidad, a ese presente tan roto, me pregunté por qué no lo hacía. Por qué no acababa con todo. Y la respuesta, aunque simple, fue poderosa: por ellas.
Por mi madre, porque no quería verla aún más desconectada. Porque si me iba, tal vez se rompería para siempre.
Por mi hermana, porque aunque a veces no estuviera, sabía que en lo más profundo me amaba.
Y por mi mejor amiga… Aunque no haya hablado de ella aquí aún, sé que su corazón se rompería. Porque me conoce. Porque me ve, incluso cuando yo no me veo a mí misma.
Pero también había algo más que me retenía. Un anhelo. Una necesidad. Amor. Conexión. Deseo.
En medio de ese caos mental, me lancé a los brazos de personas equivocadas. Relaciones, rollos, casi algos. Todo nefasto. Todo confuso. Buscaba en sus ojos un reflejo de lo que yo misma no podía darme. Buscaba amor, aunque fuera de mentira. Buscaba que alguien me dijera que valía algo. Solo por un minuto. Solo por un segundo de comprensión. De calma.
Me rompí más. Cada encuentro me dejaba más vacía. Pero aún así, lo seguía intentando. Porque ese instante de "fingida paz" era mejor que el silencio de mi habitación, mejor que el eco de los insultos de mi hermano, que la mueca de desprecio de mi padre, que la ausencia de mi madre.
Y ahí estaba yo, al borde. A punto de romperme del todo. Queriendo desaparecer. Pero sin hacerlo. Porque aunque no quería vivir así, tampoco quería morir. No quería morirme… solo quería dejar de sentir.
Sé que esto no es bonito. No lo escribo para que lo sea. Lo escribo para que sepas que incluso cuando todo se ve negro, hay momentos en que uno puede detenerse y pensar: “Estoy aquí. Todavía. Y no sé por qué, pero estoy.”
Y eso, querido lector, eso también es resistencia.
Quizás no me ame todavía. Quizás siga buscando ese amor en lugares rotos. Pero estoy aprendiendo. A veces, solo sobrevivir ya es una forma de lucha.
Y tú, si alguna vez te sientes como yo, si alguna vez sientes que no puedes más, agárrate a lo que sea. A un recuerdo, a una promesa, a una mirada. No te sueltes. Porque aunque el mundo no te vea, tú existes. Y eso, en sí mismo, ya es un milagro.
Aquí termina este capítulo, pero no mi historia. Porque aunque a veces me apague, aún tengo una llama dentro. Y todavía, a pesar de todo… sigo aquí.
ESTÁS LEYENDO
Soy la cicatriz que no se borra
SpiritualHola, qué tal. Soy la chica que probablemente no te esperabas conocer. La que está rota, pero aún sigue aquí, intentando entender todo lo que me ha pasado. Y sí, este libro lo escribo porque no tengo ni idea de cómo sanar, pero tal vez pueda hacerlo...
