Capítulo 11:La Jaula de Oro

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Los días comenzaron a fundirse unos con otros, y cada mañana, al abrir los ojos, me encontraba en la misma rutina, en la misma casa, con las mismas caras vacías que me recordaban que mi existencia no valía más que la de una sirvienta. Al principio pensé que mi trabajo era cuidar a la persona mayor, pero pronto me di cuenta de que no era solo eso. No solo era la Cenicienta, no. Era la Barbie, la muñeca que servía para todo: para limpiar, para cocinar, para sacar al perro, para hacer las camas, para quitar la mierda, como si mi vida fuera una colección de tareas sin fin. Y todo eso porque, claro, ellos se sentían superiores. La jerarquía estaba clara, y yo no estaba ni cerca de la cima.
Los días eran cada vez más largos, y la presión de regresar a esa casa después de un día agotador de trabajo me destruía. Me levantaba temprano para ir al trabajo, y cuando volvía, el ciclo se repetía. En mi casa, la situación no era mucho mejor. Mi hermano, como siempre, se encargaba de hacerme sentir que no tenía derecho a quejarme. Me amenazaba si me atrevía a decir que no podía dormir, como si fuera un crimen necesitar descansar. Me sentía tan atrapada, tan aplastada, que la idea de la muerte se volvió una constante en mi mente. La desesperación me invadió en una de esas noches, y cogí un cuchillo con la idea de clavármelo, de acabar con todo. Pero, algo dentro de mí me frenó. Algo me hizo pensar que no era necesario. Algo en lo más profundo de mi ser me decía que aún no había llegado el momento de rendirme, que aún había algo por descubrir, algo por luchar.
El único rayo de luz en esa casa era la mujer mayor. Era lo único bonito y bueno que encontraba en ese lugar. Pero incluso ella, tan genuina, tan diferente, no podía salvarme del abismo que se me cerraba cada día. La situación se fue tornando más difícil. La señora no me pagaba cuando debía, y me decía con un tono de broma cruel que, en lugar de lo que me debía, solo me daría menos dinero. Sus amigos, esos que tanto me "apreciaban", se burlaban de mí, y yo no sabía si reírme o llorar. Me trataban como si fuera la comidilla, como si mi tiempo no tuviera valor. No podía evitar sentir que me escupían en la cara, no en el sentido literal, pero sí en ese sentido tan humillante que me hacía sentir como una nada.
A lo largo de esos días, además de todo lo que me obligaban a hacer, me metió en el trabajo de su marido, en una panadería. Al principio pensé que era mi oportunidad para algo mejor, para que me contrataran oficialmente, para que finalmente me trataran con un poco de respeto. Pero, por supuesto, la promesa de un contrato fue solo una mentira más. Allí estaba yo, limpiando, quitando la basura, ordenando, haciendo todo el trabajo sucio, y después, fuera, sin importar lo tarde que fuera. Pasaba horas hasta altas horas de la noche, en la misma rutina vacía que nunca cambió, mientras me esforzaba por ver si, por alguna razón, algo de lo que hacía serviría para algo. Pero no. Nada.
Y entonces, un día, después de haber pasado ya un año y medio en esa casa, todo explotó. No bastaba con el trabajo que me imponían, ni con la indiferencia, ni con las mentiras. La novia del hijo apareció de la nada y, sin conocerme, me metió en un lío familiar. Me gritaron, me despreciaron, me hicieron sentir como una mierda. Lo peor fue que me obligaron a pedir perdón, sin saber ni siquiera qué había hecho mal. No podía entenderlo. No conocía a esa persona, no sabía por qué me estaban atacando, y aún así me hicieron sentir como si fuera mi culpa. Me obligaron a pedir perdón, y, por más que me resistí, mi cuerpo cedió ante la presión, ante la humillación. Pero en ese momento, algo dentro de mí se rompió. Sentí una impotencia tan grande que no pude soportarlo. Salí corriendo de allí, sin mirar atrás, y jamás volví.
Recuerdo perfectamente el rostro de mi padre, esa cara de desaprobación que siempre tenía para mí, esa sensación de que debía callar y aguantar. Como si, por el simple hecho de ser yo, de ser quien soy, lo único que mereciera era ser tratada como algo menos. Mi padre me hizo sentir que era lo que me tocaba, que no tenía derecho a pedir más. Y, con ese pensamiento, me sentí más sola que nunca.
No sé si logras entender lo que sentí en ese momento, lector. Si alguna vez has estado tan hundido en la desesperación que piensas que ya nada tiene sentido. Tal vez sí, tal vez no. Pero lo que sé es que, al final, la única razón por la que seguí adelante fue por la mujer mayor, por esos pequeños momentos de humanidad que aún lograba encontrar entre tanta mierda. Pero, de alguna manera, ya no podía seguir. Me había dado cuenta de que nunca iba a encontrar lo que buscaba allí, nunca iba a ser tratada como algo más que un simple objeto que sirve para hacer todo el trabajo sucio. Así que, cuando salí corriendo de esa casa, fue la última vez que me dejé arrastrar por esa mentira.
Y aquí estoy, contándote esto, buscando algo que aún no sé si encontraré, pero con la esperanza de que, quizás, aún hay algo más por descubrir. Algo fuera de esa jaula de sufrimiento. Porque, aunque me sentí invisible, sé que no lo soy. Tal vez el mundo nunca me verá como yo quiero ser vista, pero yo sé lo que soy. Y eso, por lo menos, es algo que no me pueden quitar.

Soy la cicatriz que no se borraDonde viven las historias. Descúbrelo ahora