Capítulo 10:El día en que me convertí en la Cenicienta

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Lo sé. En el capítulo anterior no hablé contigo, lector. No te dirigí una palabra, y no sé si eso te molestó. A veces, me olvido de que estás aquí, leyendo mis pensamientos, y me pierdo en todo esto. Pero esta vez, voy a hablarte. Al fin y al cabo, de alguna manera, siento que eres el único que puede entender lo que pasa dentro de mí, lo que no soy capaz de decir en voz alta. Así que, permíteme contarte esto, porque, aunque no lo creas, aquí, entre las líneas, hay algo que no termina de encajar.
Ya sabes lo que he vivido, las luchas internas, los momentos de desgarro. Pero cuando llegué a ese trabajo, esa última huida, pensé que encontraría algo que me liberara, que me sacara de todo lo que no quería recordar. La idea era simple: encontrar algo para desconectar, para alejarme de los pensamientos que me consumían. Pero lo que encontré fue peor. Mucho peor.
Acepté un trabajo en una casa, una familia que me parecía tan normal y, sin embargo, tan vacía. A diario me recordaban que me estaban "salvando" porque, para ellos, ser una chica trans no significaba nada. Nada que tuviera valor. Nadie quería una persona como yo para trabajar. Me decían esas cosas sin ningún reparo, y me lo repetían tantas veces que llegó un punto en que me pregunté si realmente tenía algún propósito fuera de ser la maldita "salvación" para ellos.
Fregaba los suelos con un cepillo de dientes. No sé si lo sabes, pero es exactamente tan horrible como suena. Un trabajo humillante, insignificante, que no me daba más que la sensación de estar perdiendo tiempo, de ser nada. Pero, aún así, permanecí allí. Duré un año y medio, como si de alguna manera tuviera que demostrarme a mí misma que podía soportar cualquier cosa. A veces me hacía gracia pensar en lo vacíos que eran los ricos que me rodeaban. El hijo de la familia, por ejemplo, con su actitud tan ordinaria y despreciable, caminando por la casa como si su mundo fuera el único que importara, con los huevos colgando y la arrogancia de quien nunca ha tenido que luchar por nada. Me hizo gracia, sí, aunque no podía evitar ver en él lo mismo que había en mí. Esa vaciedad, esa necesidad de encajar, de sentirse superior cuando, en el fondo, no había nada dentro. Era como ver un espejo de mí misma, pero más vacío.
Y sin embargo, en medio de todo eso, estaba ella. La persona que cuidaba. La única que no me juzgaba, que no me miraba como si fuera un ser inferior. Ella me miraba a la cara, me escuchaba. Al principio, no podía creerlo. Nadie había hecho eso por mí en mucho tiempo. Nadie me había dado la oportunidad de ser algo más que el trabajo que estaba haciendo. Así que, empecé a hablarle. Le contaba historias, historias que surgían de mi imaginación, de esos lugares que ni siquiera yo sabía si existían realmente. Pero a ella no le importaba. Me sonreía, me hacía sentir que había algo más en mí, algo que no se reducía al fregado de suelos con un cepillo de dientes.
Recuerdo su sonrisa, cómo me hacía sentir que no estaba sola, al menos no completamente. Y recuerdo su mala leche con su hija, esa relación tan complicada, pero también tan auténtica. La disfrutaba, me hacía reír. Me hacía sentir que, al menos en su presencia, no tenía que ser esa cosa horrible e inhumana que los demás querían que fuera. Me sentía vista, aunque fuera solo por un momento.
Pero, claro, la contradicción seguía allí. El trabajo seguía siendo lo mismo: humillante, opresivo, vacío. Y la familia, aún con la persona mayor como mi refugio, seguía sin darme nada de respeto. Sin embargo, lo más extraño de todo esto era que, a pesar de todo lo que vivía allí, algo en mí seguía buscando, seguía queriendo creer que podría encontrar una salida. Que el simple hecho de seguir aguantando significaba que estaba avanzando.
Así que, aquí estoy, contándote esto, en medio de todo lo que ha pasado. No sé si me entiendes, pero lo necesitaba. Necesitaba contarte lo que no podía decir en voz alta, lo que nadie más podría comprender. A veces, me siento como un extraño en un mundo que nunca quiso aceptarme, y a veces, me siento tan vacía como aquellos que me rodean. Pero entonces recuerdo a la persona mayor, su mirada, y pienso que tal vez hay algo más por descubrir, algo que ni siquiera yo he comprendido aún.
Pero, hasta entonces, solo puedo seguir adelante.Continué en esa casa, en esa rutina. A veces, la persona mayor me hacía reír tanto que casi me olvidaba de lo que estaba viviendo. Había algo en su forma de ser, en su irreverencia, que me hacía sentir menos sola. Recuerdo un día en particular, cuando la hija vino a visitarla, y la mujer, como si fuera lo más natural del mundo, le tiró el café que estaba tomando directamente sobre su ropa. La hija se quedó petrificada, mirando la taza caída, y la mujer, con su cara de inocente culpable, simplemente dijo: "Es que no me hiciste el café como yo quería". La hija la miró en silencio, completamente desconcertada, mientras yo no podía evitar soltar una carcajada. Fue una de esas risas que salen del alma, sin quererlo, por lo ridículo que era todo. La hija, molesta, empezó a regañarla, pero lo único que podía hacer era quedarme en silencio, sonriendo, disfrutando de esa pequeña rebelión.
Esa mujer no tenía miedo de ser ella misma, no como los demás. Y yo, de alguna forma, me sentía un poco más libre cada vez que veía cómo se comportaba, aunque su hija estuviera tratando de ponerle orden. Es curioso cómo las personas pueden enseñarte tanto sin siquiera darse cuenta. Mientras tanto, yo me encontraba buscando formas de sentirme más útil. En los ratos que tenía libres, me metía a la cocina a hacer platos complejos. Me ponía a inventar recetas que nunca había probado, cosas que me obligaban a concentrarme, a estar en el presente. Y lo sorprendente es que, para mi sorpresa, me salían bien. Hacía platos sofisticados, y por una vez, sentía que algo de lo que hacía estaba siendo valorado, aunque solo fuera por mí misma. Recuerdo la primera vez que hice un pastel de chocolate y, cuando lo probamos, la persona mayor me miró con una sonrisa satisfecha. "No está mal", me dijo. Era la primera vez que alguien me decía algo así, y me sentí como si hubiera hecho un milagro. Esas pequeñas cosas, esos pequeños momentos, fueron los que me mantuvieron a flote.
Pero las cosas no tardaron en cambiar. Algo en el aire se volvió más denso, como si el trabajo ya no fuera suficiente distracción. La familia comenzó a hacerme sentir aún más invisible. Cada vez que cruzaba por la puerta, había un silencio extraño, como si mi presencia fuera una interrupción. Las conversaciones se volvían aún más tensas, los comentarios más crueles, y la familia, lejos de ofrecerme algún tipo de apoyo, empezaba a alejarse más.
La hija, que en un principio parecía tener algo de interés, comenzó a ignorarme por completo, mientras que los otros miembros de la casa me trataban con una indiferencia hiriente. La ironía de todo esto era que, a pesar de estar tan cerca de mí, se sentían más distantes que nunca. Y la sensación de ser una extraña se hizo más grande, más insoportable.
Al final, aunque la mujer mayor me daba algo de humanidad, el entorno ya no era sostenible. Sabía que todo cambiaría a peor, que esta extraña "fuga" que había buscado para desconectar solo era un espejismo, una ilusión de escape. Pero, aún así, me aferraba a esos pequeños momentos, a esos pocos segundos de risa y calidez. ¿Qué más podía hacer?
Así que aquí te dejo esto, lector. Como siempre, no sé si me entiendes, pero necesitaba decirlo. Necesitaba dejarlo escrito, aunque todo pareciera estar derrumbándose. Quizás porque, en algún rincón de todo esto, hay una parte de mí que todavía cree que hay algo más allá, algo que aún no he descubierto. Pero por ahora, solo puedo esperar que el tiempo me lo revele.

Soy la cicatriz que no se borraDonde viven las historias. Descúbrelo ahora