A veces, la vida parece una película que no pedimos ver. Y yo, desde mi lugar, me encontraba atrapada en una historia que no sabía cómo terminaría, pero que de alguna forma había aprendido a aceptar. Ya no era solo la hija, ya no era solo la mujer rota. Había algo más dentro de mí. Algo que ni siquiera el dolor podía borrar.
Esa mañana, después de todo lo que había ocurrido, me sentía vacía, pero no de la misma manera. Ya no estaba perdida en un mundo de indiferencia. Esa mañana, sentada frente a la pantalla de la televisión, volví a sumergirme en el cine, como lo hacía cada vez que el mundo exterior se volvía demasiado pesado para soportar. A lo largo de los años, las películas asiáticas se habían convertido en mis aliadas, en mis espejos rotos. Porque las películas que hablaban de la lucha interna, de los sacrificios, de la necesidad de sobrevivir a toda costa, me hablaban a mí. Y por más que me doliera reconocerlo, esas historias me daban una fuerza que no encontraba en ningún otro lugar.
Recordé Oldboy de Park Chan-wook. La historia de un hombre atrapado en un lugar oscuro durante años, enfrentándose a su propia culpa y sed de venganza. La película me resonaba, pero no solo por su trama, sino por lo que representaba: la idea de que, a veces, la única forma de sanar es enfrentarte a tu peor miedo. La venganza no es solo contra los demás, sino contra uno mismo. Y yo, en ese momento, tenía que reconciliarme con mi propia imagen, con el odio que sentía por mí misma por lo que había permitido, por lo que había sufrido sin decir una sola palabra. Oldboy me enseñó que hay algo más allá de la venganza: la redención. Aunque, en ese momento, no sabía si la encontraría alguna vez.
Me hice un espacio para recordar todo lo que había sucedido, esa noche con los desconocidos, el dolor, la humillación, el miedo. Pero lo que más me quemaba por dentro era la sensación de que todo había sido en vano. De que no había aprendido nada, de que cada paso que daba solo me hundía más. Pero, al igual que los personajes de las películas que veía, yo también tenía una lección por aprender.
En ese instante, me encontré de nuevo sumergida en el cine, buscando algo más profundo, algo que pudiera poner en palabras todo lo que sentía, todo lo que había vivido. Entonces, me encontré con The Isle de Kim Ki-duk. La crudeza de esa película, la belleza oscura y desesperada que presentaba, me absorbió por completo. En The Isle, las emociones humanas se vuelven animales, y el sufrimiento se convierte en una necesidad, una parte de la identidad de los personajes. Eso era lo que yo sentía. Un deseo constante de ser vista, de ser comprendida, de ser liberada del sufrimiento que no podía compartir con nadie. En cada escena, cada lágrima, cada suspiro, encontraba un pedazo de mí misma. Me recordaba a la niña que había sido, a la mujer que estaba en proceso de ser, y a la cicatriz que estaba tratando de curar.
Recuerdo una conversación que tuve con una amiga en la que me contaba que ella sentía lo mismo, que el cine, el arte, le servían como una válvula de escape. A mí me pasó algo similar. Cuando el mundo real se volvía insoportable, el cine me permitía desconectar, entender el sufrimiento desde una perspectiva más lejana. Pero, al mismo tiempo, me mantenía conectada con la realidad. The Isle me mostró que las cicatrices, aunque invisibles, son partes de nuestra esencia. Nos definen, nos enseñan, nos unen a lo que realmente somos. Y aunque me doliera, tuve que aceptar que mis cicatrices eran mías y que no podía seguir corriendo de ellas.
Mientras tanto, mi vida seguía siendo una sucesión de momentos caóticos, pero ya no me asustaban tanto. Recuerdo aquel día en que, al fin, pude mirarme al espejo y no ver a la persona rota que siempre había creído ser. Vi a alguien más, a alguien que había sido capaz de resistir, de soportar todo lo que le habían hecho. Vi a alguien que había aprendido a defenderse, aunque fuera tarde. Ese día, me sentí diferente. Me sentí más fuerte, como si finalmente, después de todo el dolor, comenzara a caminar hacia algo mejor.
Pero, como todo en la vida, mi camino no fue recto. Hubo momentos en los que caí de nuevo. Hubo noches en las que el miedo me invadió, el pánico de que todo lo que había vivido me definiría para siempre. Pero luego volví a sumergirme en el cine, y las películas me mostraban que no era la única que luchaba, que no estaba sola. Y eso, por alguna razón, me daba fuerzas. Sabía que mis cicatrices no me definían, pero era en ellas donde encontraba la fuerza para seguir adelante.
Lady Vengeance de Park Chan-wook, con su brillanteza visual y su exploración de la venganza como algo más complejo que la simple retribución, me habló de justicia, de la necesidad de encontrar un equilibrio entre el dolor y el perdón. En su propia forma, la protagonista encuentra una manera de reconciliarse con su pasado, de liberarse del tormento que la ha definido durante tanto tiempo. Esa búsqueda, esa lucha constante entre lo que merecemos y lo que nos hacen, me tocó de manera profunda.
Volver a ver esas películas, con todo lo que ahora sabía, me permitió entender lo que mi mente había estado tratando de decirme durante años. El cine era mi refugio, mi manera de comprender lo incomprensible, de dar forma a lo que no podía decir con palabras. Pero, a la vez, el cine también me empujaba a enfrentarme a mi propia historia, a mis propios monstruos.
Y aquí, en este punto, es donde se hace más claro que nunca que la lucha es mía. El cine no es solo una forma de escapar, sino una herramienta para comprenderme. Me ha ayudado a reconocer que, como los personajes de esas historias, yo también soy la protagonista de mi vida. No soy el accesorio, no soy el objeto de la historia de otros. Soy yo quien tiene el control de mi propia narrativa.
A través del cine, entendí que no hay ninguna película perfecta, que ningún personaje está libre de sus demonios. Y que, al final, todos tenemos un precio que pagar por nuestras decisiones, por nuestras heridas, por todo lo que nos ha sido impuesto. Pero lo que realmente importa es lo que hacemos con eso. Y hoy, en este momento, sé que lo que importa es que no he dejado que mis cicatrices me definan. Soy más que eso. Soy la historia que quiero escribir. Y aquí estoy ahora, sentada frente a esta página en blanco, con las manos temblorosas pero con la determinación de alguien que ha sobrevivido a todo lo que el mundo le ha puesto en el camino. Cada palabra que tecleo es una pequeña victoria, un recordatorio de que el pasado, por más sombrío que haya sido, no tiene el poder de definir mi futuro. Mi cuerpo ha sido marcado por cicatrices, algunas visibles, otras escondidas, pero todas han sido parte de mi proceso. Lo que fui ya no tiene control sobre lo que soy. Ya no soy la niña asustada, la mujer rota. Soy yo, simplemente yo, tomando el control de mi propia narrativa.
Hoy me escribo a mí misma, y en cada línea hay un grito que ha estado guardado durante demasiado tiempo. Un grito que, ahora, suena como una declaración. No soy lo que me hicieron. No soy lo que ellos quisieron que fuera. Soy mi propia creación, mi propio reflejo.
Y lo más importante de todo, querido lector, es que al escribir esto, he encontrado la paz que tanto busqué. Porque al final, lo único que tenemos es nuestra historia, y yo soy la única que tiene el derecho de contarla. El dolor ya no tiene el poder de controlarme. El abuso, las humillaciones, las traiciones, son solo recuerdos que me han formado, pero no me definen.
Así que, mientras te sigo contando mi historia, te dejo con esto: No hay nada más liberador que ser dueña de tu propia verdad, por dolorosa que sea. Y esa verdad es que, al final, lo que verdaderamente importa es cómo nos levantamos, cómo nos reinventamos, y sobre todo, cómo decidimos ser en el futuro. La cicatriz es solo un recordatorio de que sobreviví, de que aún estoy aquí, y que no voy a dejar que nada ni nadie me quite el derecho a ser quien soy.
Y ahora, con una última mirada al pasado, cierro este capítulo. Porque lo que sigue es todo lo que tengo que escribir, y nadie puede escribirlo por mí. Yo soy la autora de mi propia historia. Y nadie, ni siquiera el dolor, puede arrebatarme ese poder.
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Soy la cicatriz que no se borra
SpiritualHola, qué tal. Soy la chica que probablemente no te esperabas conocer. La que está rota, pero aún sigue aquí, intentando entender todo lo que me ha pasado. Y sí, este libro lo escribo porque no tengo ni idea de cómo sanar, pero tal vez pueda hacerlo...
