Capítulo 7:La Psicología del Cine que Me Definió (Parte 2)

35 4 6
                                        

Querido lector, lo que me costó entender en ese momento, lo que tomé años en descubrir, es que no siempre se puede luchar contra lo que nos han impuesto. Hay veces que las batallas más duras no son externas. Son las que libramos dentro de nosotros mismos, las que dejamos que nuestros propios demonios tomen forma y se transformen en lo que creemos que somos. Pero aquí estoy, escribiendo, con la cabeza llena de recuerdos que ya no me asustan tanto. Porque hoy sé que esos recuerdos no son lo que me define. Hoy soy yo, simplemente yo, aunque esa idea me haya costado sangre y lágrimas.
Nunca imaginé que los abusos, las humillaciones, las mentiras, y todo el dolor que me arrastraba como un río incontrolable me llevarían a esta parte de la historia. Ni siquiera pensé que el cine, esa pasión que tenía por ver vidas ajenas en una pantalla, sería lo que me daría las claves para comprenderme. El cine, como el espejo de mi alma rota, me mostraba lo que no sabía que podía ver. Cada película, cada historia de dolor, cada lágrima derramada en la pantalla, me hablaba de algo profundo dentro de mí. Me hablaba de la soledad, de la lucha, del olvido y, sobre todo, de la necesidad de gritar aunque nadie te escuche.
Mis recuerdos se mezclan ahora con imágenes de películas que me marcaron tanto como la violencia misma que viví. En esos momentos oscuros, el cine se convirtió en mi refugio y, paradójicamente, en mi condena. Porque las películas que me hacían sentir entendida eran, en su mayoría, las más crudas, las que mostraban la naturaleza humana en su forma más descompuesta. Películas como Audition de Takashi Miike, que muestra el dolor escondido detrás de una sonrisa perfecta. Miike me enseñó a mirar la oscuridad en los rostros de sus personajes, esa oscuridad que también llevaba dentro. En Audition, los personajes se enfrentan a sus pasados, sus mentiras, y la forma en que sus deseos más oscuros los devoran. Y eso, querido lector, es algo que yo también conocía bien. No hay nada más destructivo que una vida construida sobre mentiras y promesas rotas. La promesa de amor, de cuidado, de aceptación. Todo lo que pensé que necesitaba, lo encontré en el lugar más equivocado.
Y fue entonces cuando, por fin, me defendí. Después de años de aguantar humillaciones, de ver a mi padre reírse en mi cara y hacerme sentir menos, decidí que ya no iba a ser más su muñeca. Recuerdo como si fuera ayer cuando le dije, en voz baja, pero con firmeza: "Deja de masturbarte delante mío." No sé de dónde saqué la fuerza para pronunciar esas palabras, pero en ese momento sentí que mi cuerpo se encendía. Esa furia contenida, esa represión que había estado acumulando durante años, salió a la luz. Ya no tenía miedo. No iba a seguir siendo su hija sumisa, su hija a la que podía despojar de dignidad con sus miradas, con su indiferencia, con su desprecio.
Esa conversación no terminó ahí. Esa mujer con la que estaba, aquella que me llamaba "chico", que me decía que no me veía como una chica, que le daba vergüenza mi existencia, esa mujer también fue parte del desencadenante. Ya estaba cansada. Mi paciencia se agotó por completo. ¿Vergüenza? ¿Vergüenza de qué? Yo le dije que más vergüenza me daba ver a mi padre ser un cerdo sin remordimientos, sin honor, sin humanidad. Le hablé con una crudeza que nunca pensé que tendría, y le dije: "Más vergüenza es ser un hombre que pone cuernos a su mujer y humilla a la persona que lo ha soportado. No necesito tu aprobación. No necesito la aprobación de una hija de puta que solo busca a un hombre Maduro para sentirse validada." Y en ese momento, me sentí liberada. Pero él me contestó con un silencio que duró siglos. Entonces, en un susurro que nadie más escuchó, le dije: "Eres un hijo de puta." Y me fui corriendo, salí a la calle, sentí que mi alma se liberaba por fin.
Esa misma noche, caminando por las calles desiertas, la vulnerabilidad me envolvía. El dolor me estaba consumiendo, pero lo que pasó a continuación fue algo que jamás esperé. A esa hora, cuando las sombras ya se apoderaban del mundo y la gente dormía, escuché un silbido. Un hombre, desconocido, se acercó y me preguntó qué me pasaba. Fue la primera persona que me preguntó algo genuinamente, sin una intención oculta. Sin quererlo, confié en él. Le conté mis penas, mis heridas, las cosas que no sabía ni cómo explicar. Pero esa confianza, esa ingenuidad, me llevó a una casa que nunca debí haber pisado. Y lo que ocurrió allí, lo que esos hombres hicieron, fue otro capítulo que no quería vivir, pero que me tocó protagonizar.
No voy a contarte todos los detalles, pero quiero que entiendas que en ese momento me sentí tan vacía, tan rota, tan insignificante, que no pude hacer nada. Me sentí paralizada. Las palabras se me ataron en la garganta, y todo fue tan rápido, tan imparable. Ellos, como si fuera lo más normal del mundo, me usaron y me dejaron ir sin miramientos. Salí de allí como un espectro, con el corazón destrozado, los ojos rojos, y una máscara de indiferencia que solo yo veía. El sol estaba saliendo, como si el día intentara borrarme, arrancarme de su paisaje, como si el dolor ya no fuera algo que pudiera existir en la luz. Caminé de vuelta a casa, como una sombra, como un eco de lo que alguna vez fui.
Volví a la frialdad de mi alma rota, y mi única válvula de escape fue el cine. Otra vez, me hundí en la oscuridad de las películas. Busqué las más bizarras, las que nadie se atrevería a ver. Películas como The Housemaid de Im Sang-soo, donde el deseo, la traición y la venganza se entrelazan en un contexto de dolor y opresión. Vi las películas de Park Chan-wook, como Lady Vengeance, donde la venganza y la justicia personal se vuelven una necesidad visceral para encontrar la paz. Porque, al igual que los personajes de esas historias, yo también necesitaba encontrar algo, aunque fuera doloroso, que me permitiera sanar. A través de los directores que tocaban la oscuridad, entendí mi propio sufrimiento, y a través de sus historias, entendí cómo podía escapar, aunque solo fuera un poco.
Y aquí estoy ahora, querido lector, escribiendo para ti. Y aunque todo me haya llevado a este momento, sé que no soy lo que fui. No soy la niña rota, la mujer que vivió para complacer a los demás. Soy la autora de mi propia historia. Y si alguna vez me caigo, sé que el cine, los recuerdos, los aprendizajes, estarán ahí para recordarme que no soy la única que lucha. Que la lucha no es solo mía. Que, al final, todos tenemos cicatrices, y es en esas cicatrices donde encontramos la verdadera belleza. Porque somos lo que decidimos ser, y eso es lo único que importa.

Soy la cicatriz que no se borraDonde viven las historias. Descúbrelo ahora