Capítulo 6:La Psicología del Cine que Me Definió

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Querido lector, ahora que me miras, no solo me ves como una chica que ha pasado por mucho, sino como una persona que ha hecho un recorrido por las sombras y la luz de su propia existencia. Al mirarme al espejo, vi algo que nunca había visto antes: una sonrisa que, aunque acompañada de lágrimas, reflejaba finalmente quién era yo. Ya no me definían los miedos ni las expectativas de los demás. Esa imagen que veía era la mía, y, por primera vez, me sentí libre. Esa libertad que tanto había buscado, esa libertad que había creído inalcanzable, estaba ahora frente a mí, como algo que había conquistado, a pesar de todo.
Lo que me ha costado entender es que, durante mucho tiempo, creí que mi identidad era un campo de batalla. Una guerra interna que luchaba para que los demás me aceptaran, para que me quisieran. A lo largo de mi vida, intenté llenar ese vacío con relaciones, con sexo, con intentos desesperados de complacer a los demás. Creí que el sexo era la respuesta al amor. Pensaba que si me entregaba completamente, encontraría un refugio, una forma de ser amada. Pero me equivocaba. Al final del día, me sentía vacía, como un envase que se ha vaciado y no puede volver a llenarse. Nadie me enseñó lo que realmente significaba el amor, lo que realmente significaba cuidarme a mí misma. Solo me enseñaron el sexo, el acto vacío que se hacía para complacer a otros, para llenar un hueco que no tenía solución.
Hubo un momento en el que decidí huir de todo eso. Fue un acto liberador, el más liberador de todos. Huir de la necesidad de complacer, de ser lo que los demás querían que fuera. Escapar de esa falsa visión del amor y el sexo me permitió empezar a reconstruir mi identidad, pero más importante aún, empecé a comprenderme a mí misma. La transformación no fue fácil, pero cada paso me acercaba más a lo que ahora soy. Aprendí a ver mi dolor como una lección, algo que me formaba, no algo que me destruyera. Y aunque el dolor nunca se fue completamente, ya no tenía el control de mi vida.
Lo que me sostuvo en esos momentos oscuros fue el cine. El cine siempre fue mi refugio, mi escape, mi ventana a mundos en los que todo parecía posible. Directores como Sion Sono, con su estilo provocador, oscuro y, a veces, incómodo, me hablaron de una manera que pocos lo hicieron. Visitor Q, una película que no temía mostrar la brutalidad de la realidad, fue una obra que me dejó marcada. A pesar de las controversias que generó, veía en ella algo que me conectaba con mi propio sufrimiento, con mi propia lucha por encontrar un lugar en el mundo. La crudeza, la desconexión, las relaciones rotas, me hablaban de algo que vivía en mi interior, aunque nunca quise admitirlo.
Hablando de identidades rotas y vulnerabilidades, Nana fue otro refugio. La historia de Hachi me atrapó, más de lo que esperaba. Hachi, con su corazón tan lleno de amor pero tan frágil, era un reflejo de mí misma. Salí con un casado sin saberlo, igual que ella. Permití que se aprovecharan de mi vulnerabilidad, de mi necesidad de ser amada, de encontrar algo que me diera sentido. Al igual que ella, cometí los mismos errores, busqué consuelo en los brazos equivocados. Me usaron, me dejaron rota, y yo lo permití porque creía que eso era lo que debía hacer para ser querida. Pero al final, esa historia no era solo suya. Era también mía.
En mis sueños cinematográficos, siempre me vi creando historias como esas, historias que hablaban de lo no dicho, de lo reprimido, de lo doloroso. Pero esos sueños cinematográficos no eran para mí, al menos no en ese momento. Si hubiera intentado hacerlos realidad, habría sido solo un sueño del que no quería despertar, un sueño que me habría atrapado aún más en mis propias sombras. Así que dejé esos sueños atrás. Tal vez algún día los retome, cuando haya sanado lo suficiente para enfrentarlos sin miedo.
Mientras más avanzaba, los ecos de otros cineastas se hicieron más presentes. No solo directores japoneses como Takashi Miike, sino también cineastas de una sensibilidad perturbadora que exploraban las familias disfuncionales y las luchas internas. Miike, conocido por sus obras como Audition, me mostró el lado oscuro de las relaciones y la psique humana. Las películas de Miike y Sono parecían reflejar la batalla interna que libraba a diario, esa lucha entre lo que la sociedad espera de mí y lo que yo misma soy.
Otro director que dejó una huella en mi forma de ver la vida fue Park Chan-wook. Con Oldboy y Thirst, sus películas me mostraron la lucha interna, el sufrimiento por la venganza, pero también la exploración del amor, aunque de una manera perversa. Las emociones de sus personajes estaban tan intensamente conectadas con su dolor, con sus deseos reprimidos, que sentí una identificación inmediata. Es como si sus películas fueran espejos de las luchas que había enfrentado: la obsesión, el deseo, el arrepentimiento.
Y no puedo olvidar a Kore-eda Hirokazu, cuyas películas sobre la familia y las relaciones humanas tienen una suavidad melancólica que me destroza por dentro. En Nobody Knows, nos muestra cómo los niños pueden ser arrastrados al abismo emocional debido a la negligencia de los adultos. Pero a través de esa devastación, también hay un rayo de esperanza, algo que me resonó profundamente. Sus historias hablan de lo frágil que puede ser el tejido de nuestras relaciones y de cómo, a pesar del dolor, siempre hay algo por lo que vale la pena seguir.
Sin embargo, no fue solo el cine lo que me ayudó a atravesar esa oscuridad. Fue también el contacto con mi propio ser, con las cicatrices que llevaba dentro, las que me hicieron ver que la película de mi vida no podía ser solo un reflejo de lo que otros esperaban de mí. Esa lucha constante entre lo que se espera de mí y lo que realmente soy fue mi batalla interna más grande. El cine me enseñó que puedo ser tanto el protagonista como la directora de mi propia historia. Si bien las películas de Sion Sono, Miike, Park Chan-wook y Kore-eda me ayudaron a comprenderme, también me enseñaron a darle forma a mi propio guion.
La vida no es una película, pero es la película que uno decide vivir. Y así, fui dejando de lado la imagen que había proyectado durante tantos años. Ya no me veía a mí misma como una protagonista de un guion que alguien más había escrito. Ahora entendía que era la escritora, la que controlaba el desarrollo de mi historia. Los personajes de esas películas, esos seres rotos, esas familias disfuncionales, me ayudaron a comprender mi propia existencia. Ellos me mostraron que el sufrimiento puede ser un camino hacia la redención.
Mirándome ahora, ya no soy la misma. Ya no soy esa persona que buscaba validación en los demás, esa persona que se dejaba llevar por lo que otros pensaban de ella. Ya no soy la chica de los ojos tristes que pensaba que el sexo era la clave para encontrar amor. Esa parte de mí ha quedado atrás. No significa que las cicatrices hayan desaparecido, sino que ahora las veo de otra manera. Ahora esas cicatrices son una prueba de que he sobrevivido. Y aunque la tristeza todavía vuelve de vez en cuando, ya no me asusta. La acepto como parte de mí, porque sé que me ha hecho más fuerte.
El dolor que viví me transformó, me dio una perspectiva diferente de la vida. Aprendí que la lucha no era contra los demás, ni contra las circunstancias. La verdadera lucha era contra mí misma, contra mis propios miedos, contra esa necesidad de complacer a los demás. Y, al final, comprendí que todo ese dolor, esa rabia, ese vacío que sentía, no eran los enemigos. Eran las herramientas con las que me construí, las herramientas que me permitieron ser quien soy hoy.
Lo que más me enseñó todo esto es que el amor no tiene que ser lo que los demás dicen que debe ser. El amor no es una fórmula, ni una expectativa. El amor es la aceptación, la capacidad de mirarte a ti misma y decir "estoy aquí, soy suficiente, soy yo". Ya no busco complacer a nadie. Ya no busco encajar en los moldes que me imponen. La lucha ahora es por ser libre, por ser yo misma, sin miedo, sin arrepentimientos. Ser Bridgit no es una lucha por encajar, es una lucha por ser yo, por aceptar lo que soy y por abrazar todo lo que me ha hecho llegar hasta aquí.

Soy la cicatriz que no se borraDonde viven las historias. Descúbrelo ahora