Capítulo 5:La chica de los ojos tristes

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Querido lector, ahora que me conoces como Bridgit, me siento liberada, y con ello, un peso se cae de mis hombros. Hablar de Brian, de mi antiguo yo, me era tan difícil, pero ahora que soy quien soy, puedo mirar atrás sin miedo. Y lo agradezco, porque sé que has decidido seguir acompañándome en este camino, conociendo a la mujer que soy, que no es ni mejor ni peor que el niño que fui. Pero para una chica transexual, hay una dualidad que no es fácil de llevar. Y en una sociedad tan llena de expectativas y juicios, te sientes como si tu vida fuera un espectáculo. Como si tuviera que ponerme una pancarta y gritar “¡soy una chica transexual, pasen y vean!”, como si mi identidad tuviera que ser una atracción para todos, algo que observar, algo que señalar. Pero no. Soy Bridgit. Con luces y sombras, sí, como todos, pero mi identidad no está ni en las sombras ni en las luces. Soy yo, y eso es todo.
Quizá me entiendas, querido lector, o tal vez no. Pero no importa. Porque al final, este proceso no se trata de agradar a los demás, sino de aceptarse a sí misma, de luchar contra todos esos estigmas y juicios que te atan. La lucha es constante.
Cuando llegué a los 16, casi 17 años, me encontraba atrapada en un caos emocional y físico. Mi vida familiar era un refugio de dolor y opresión, donde el maltrato se escondía detrás de muros de silencio y cobardía. Mi padre, como siempre, no solo invadía mi espacio personal de maneras que no podía ni describir, sino que además ahora me humillaba constantemente. Me decía que no valía nada, que nadie me iba a querer y que mi única obligación era estudiar. Aún así, la presión más grande era la de no permitir que me definieran, ni que me convirtiera en lo que el mundo quería que fuera. Me sentía perdida, sin rumbo, pero algo en mí me decía que necesitaba decidir, que debía seguir mi camino, aunque fuera en solitario. Y fue a esa edad cuando decidí que ya no podía seguir en el instituto.
Recuerdo ese momento como si fuera ayer. No podía seguir enfrentándome a esas miradas que no me veían como quien realmente era. No podía seguir permitiendo que las burlas y los chismes me destruyeran. Pero lo peor llegó cuando aquellos compañeros, esos chicos que siempre buscaban hacerme daño, decidieron mostrarme algo mucho más perturbador. No eran solo burlas. Esta vez, me tiraron los libros y, lo peor de todo, bajaron los pantalones. Mi estómago se encogió, el miedo me paralizó, y sin pensarlo, grité, dejando los libros atrás. En ese momento, sentí que el mundo se desmoronaba a mi alrededor. La clase de inglés era mi refugio, aunque nunca fui buena en esa asignatura, la maestra suplente siempre me hizo sentir bien. Y en ese momento, cuando ella vio lo que ocurría, me abrazó. Su apoyo fue el único consuelo, pero no pudo hacer nada. El director no la escuchaba. Me fui antes de que ella lo hiciera, pero ese fue el único adiós que me permitió darme, a ella. A pesar de todo, ella intentó detenerme, no comprendía mi decisión, pero la entendió lo suficiente como para abrazarme. Esa despedida se quedó grabada en mi corazón, una despedida llena de impotencia.
Al mismo tiempo, mi padre, como siempre, me recordaba que no valía nada. Los días pasaban en una constante lucha interna. ¿Debía seguir adelante? ¿Debía quedarme en ese lugar, donde me destrozaban a diario? No podía seguir enfrentando su desprecio. Nunca había recibido afecto de él, solo silencios y desprecios. Mi existencia no parecía importarle. Y lo peor de todo es que mi madre me contó que, mientras se enteraba de las infidelidades de él, él le dijo que me hubiera abortado, que no iba a ser nada. Esas palabras, esas malditas palabras, resonaban en mi cabeza todos los días. Y si soy sincera, en ese momento, yo también hubiera deseado no haber existido. Para no vivir todo lo que viví. Para no soportar todo lo que mi alma no podía procesar.
Sin embargo, aunque esas palabras intentaron quebrarme, seguí adelante. Porque, en algún rincón de mi ser, sabía que mi vida tenía que ser mía. Mi identidad, mi futuro, mi camino... nadie tenía derecho a arrebatarme eso. A pesar del dolor y la desesperación, decidí que no iba a permitir que mi vida se definiera por la indiferencia de mi padre, por el silencio de mi madre, ni por las burlas de mis compañeros.
Recuerdo que un chico, cuando me conoció un poco más, me dijo algo que me llegó al alma. Me dijo que si no era feliz, él me lo veía en mis ojos, que aunque sonriera en las fotos, mis ojos reflejaban una tristeza profunda. Y tenía razón. Mis ojos siempre fueron el reflejo de un dolor que no podía esconder. A pesar de las sonrisas forzadas, de la careta que ponía cada día, ese vacío, esa tristeza, se veía en mis ojos. Fue entonces cuando me llamó “la chica de los ojos tristes”, y aunque me dolió, acepté que era cierto. Nadie podía ver más allá de lo que mostraba, pero mis ojos siempre revelaron lo que mi boca no podía decir.
Te juro, querido lector, que quería ser feliz. Lo prometo. Pero parecía que la vida tenía otros planes, y esos planes me destrozaron aún más. A veces me preguntaba si alguna vez podría encontrar paz, pero me daba cuenta de algo importante: aunque mi alma estuviera rota, nunca en mi vida rompería a alguien más. No creo en esa idea de que si estás mal no puedes ser buena con los demás. Mi dolor no me hace destruir a los demás, me hace entenderlos más, me hace empatizar. Y eso es algo que nunca nadie me enseñó. Mi dolor me ha hecho ser más humana, más comprensiva, más capaz de dar lo que no me dieron.                                                                Sé que la vida no siempre va a ser fácil. Habrá obstáculos, habrá momentos donde las sombras quieran devorarnos, pero también hay luz. Y esa luz está en ser uno mismo, en aceptar quién eres sin miedo, sin arrepentimientos. La gente dirá muchas cosas, la sociedad intentará encajonarnos en moldes que no nos pertenecen. Pero nosotros somos dueños de nuestra historia, y esa historia, aunque difícil y dolorosa, es única.
Y así es como me encuentro hoy, querido lector. Sin pedir disculpas por ser quien soy. Porque ser Bridgit no es una lucha por encajar, sino una lucha por ser libre, por ser yo misma.

Soy la cicatriz que no se borraDonde viven las historias. Descúbrelo ahora