Querido lector, dentro de todo el caos que me rodeaba, había algo que no reconocía, algo completamente desconocido para mí: mi identidad. Como un juguete sin vida, solo reaccionaba ante lo que me sucedía, vivía el momento sin preguntarme nada. No me prestaba atención a mí misma, no veía nada más allá de lo que se esperaba de mí, hasta que empecé a mirarme. Y lo hice no solo en los espejos, sino en cada reflejo que aparecía frente a mí, en cada gota de agua, en cada cristal empañado por el aliento. Fue en esos momentos que sentí que algo en mi interior comenzaba a despertar, algo que no tenía nada que ver con que me gustara un chico o una chica. Ni siquiera pensaba en eso. Solo me miraba y veía algo distinto. No era aquel niño. Era una mujer.
Tan consumida por las circunstancias y las situaciones que me rodeaban, no escuchaba a mi ser, ni siquiera me permitía existir más allá de la respuesta a los estímulos del mundo. Pero ese día, cuando me miré, vi algo nuevo en mí. Algo que no podía entender completamente, pero que comenzaba a volverse innegable. No era un niño, no era lo que el mundo quería que fuera. Era la imagen de una mujer, llena de sueños y posibilidades, aunque no supiera aún cómo alcanzarlos.
Y todo esto ocurrió mientras mi entorno seguía desmoronándose, mientras mi vida parecía una película de terror sin final feliz. Continuaba viviendo amenazas en mi entorno familiar, y mi padre, aunque de una manera más sutil, estaba presente en la angustia de cada día. Recuerdo perfectamente cómo se comportaba frente al ordenador, hablando con esa mujer mientras se masturbaba, justo delante de mi cama. Era una de esas situaciones extrañas, deshumanizantes, que no sabía cómo procesar. Su actitud era como si yo no estuviera allí, como si mi presencia no significara nada. Esa imagen se quedó grabada en mi mente, como un recuerdo incómodo que no podía entender del todo. No entendía cómo podía hacer eso, cómo podía mostrarse tan indiferente a mi presencia, a mi vida. Pero era el mundo que me tocaba vivir: uno donde la invasión de mi espacio personal no era más que una parte de la rutina diaria.
A veces, esas situaciones desaparecían por un segundo, y era en esos momentos cuando me veía a mí misma. No era el niño que había sido, ni el que intentaron que fuera. Era la mujer que estaba despertando.
Recuerdo claramente varios momentos, aquellos en los que intentaba ponerme los zapatos de mi hermana, un top, un vestido. En esos momentos, solo estaba yo. Y aunque puede que haya tardado en mencionarlo, la historia necesitaba unirse en detalles y puntos clave, para confesar algo que es fundamental: mi dead name, el nombre que llevaba antes de convertirme en quien soy hoy. Ese chico que vivió todo lo que cuento, que sufrió lo que sufrí, y que sigue vivo en mis recuerdos. Ese chico se llamaba Brian.
Y aunque esa parte de mí siempre formará parte de lo que soy, la agradezco. Brian fue quien me ayudó a definir lo que soy, a comprender el dolor, la rabia, y las lecciones que la vida me dio. Pero ahora, con todo lo que he vivido y luchado por ser yo, me presento ante ti con la verdad: me llamo Bridgit. Esa soy yo. La que ya no necesita etiquetas, la que no necesita que el mundo me defina. Soy la mujer que soy, sin más.
Fue en este proceso de aceptación cuando conocí a una chica trans. Ella me hizo darme cuenta de que no estaba sola. Pero, como todo en la vida, su presencia en mi camino no fue sencilla. Esa chica me mostró un mundo que no deseaba conocer. Un mundo turbio, donde lo que más se valoraba era la sumisión. Donde ser quien eres se volvía algo que te atrapaba en manos de personas que querían manipularte. Me enseñó que había un espacio donde, muchas veces, el fetichismo y el abuso formaban parte de la vida diaria. Recuerdo el día que la acompañé y casi me fuerzan, como si mi identidad fuera una mercancía que podían manejar a su antojo. Me aferré a una farola y les rogué que me llevaran a casa. Ese día, el miedo me recorrió por completo.
No entendía por qué me hacían sentir que mi único camino era aceptar ese mundo, ese sufrimiento. No lo entendía, pero me hicieron sentir que no había otra opción, que el ser yo estaba ligado a ser tratada como objeto. No era lo que quería, y me sentía aún más atrapada. Pero no fue suficiente para que me rindiera. No iba a aceptar esa definición de mi vida. Mi identidad era mía y nadie tenía derecho a arrebatarla. Así que, un día, decidí que no me iban a condicionar. No más. Me vestí como quería, me armé de valor y decidí seguir siendo yo misma, sin miedo, sin arrepentimiento. Era mi hermana quien me brindaba fuerza, ella era mi escudo.
Y en medio de todo esto, recuerdo cómo una tía mía, por parte de padre, un día me soltó sin pensar: "¿Cuándo te vas a prostituir?" Tenía 16 años cuando me lo dijo. Como si ya no fuera suficiente con todo lo que vivía, con lo que soportaba, ella decidió añadir esa carga, esa humillación que me marcó. ¿A qué punto habíamos llegado para que alguien pensara que esa era una conversación válida con una niña? Pero la historia no termina allí. Como siempre, mi hermano se convirtió en el centro de todo esto. Esa persona que en su momento me animaba a ser yo misma, también compartía su amistad con él, y no dudaba en decirle que me había visto bailar en la calle, como si eso fuera algo provocador. Ese día, recibí un par de puñetazos. Spoiler: nadie hizo nada. Solo se oyeron unos gritos de "para ya". Pero al final del día, todo siguió igual.
Sin embargo, algo tenía claro: no me iban a doblegar. No iban a condicionar mi ser. Yo seguiría luchando, seguiría siendo yo misma, a pesar de todo. No importaba lo que dijeran, no importaba el mundo en el que me intentaban encerrar. Yo sería la chica que quería ser, una chica que soñaba con encontrar algo de luz y libertad en medio de un caos que no me pertenecía.
Ahora, querido lector, vuelvo al presente. Y te dejo con esto: la complejidad de uno mismo es la fortaleza para sobrevivir en una sociedad que, muchas veces, no sabe, no entiende ni respeta nuestra verdad. Pero esa misma complejidad, esa lucha interna, esa conexión con lo que somos realmente, es lo que nos da el poder de seguir adelante. Porque la vida no va a ser fácil. Siempre habrá obstáculos, siempre habrá voces que intentarán definirnos, limitarnos. Pero la fuerza de ser uno mismo es invencible. Y esa es mi verdad. La que, aunque me hizo sufrir, también me salvó. Y por eso, te lo digo, el caos que nos rodea no nos define. Somos nosotros quienes definimos nuestro camino.
ESTÁS LEYENDO
Soy la cicatriz que no se borra
SpiritualHola, qué tal. Soy la chica que probablemente no te esperabas conocer. La que está rota, pero aún sigue aquí, intentando entender todo lo que me ha pasado. Y sí, este libro lo escribo porque no tengo ni idea de cómo sanar, pero tal vez pueda hacerlo...
