Hola, ¿cómo estás? Si sigues leyendo estas palabras, quiero agradecerte por estar aquí, acompañándome en este viaje tan personal. Hoy quiero hablarte de un cambio que, aunque parezca simple, ha marcado una diferencia enorme en mi vida. Y todo empieza en el lugar que ahora llamo "mi cuarto".
Antes, este espacio no era blanco, ni cálido, ni acogedor. El color que cubría las paredes era oscuro, deteriorado, como una representación silenciosa de todo lo que sentía dentro de mí. Era un lugar que no me pertenecía, que no me reflejaba en absoluto. Apenas un rincón más de una casa que nunca supe si era un hogar. Pero todo eso ha cambiado. En estos días, este cuarto ha tomado vida. Ahora, tiene un color nuevo, uno que me habla, que me conecta con mi esencia.
Este cuarto ahora es rojo. Un rojo tan Almodóvar, tan cinematográfico, tan lleno de vibraciones intensas, de pasiones que nunca pude vivir, de deseos que nunca pude expresar. Un rojo que grita "soy yo" con la misma fuerza con la que mi alma necesitaba gritar.
El cambio no solo es físico. Este cuarto tiene ahora una personalidad propia. Un "soy yo" que resuena con fuerza, como un eco en la habitación. Es un lugar que, por fin, se siente mío, que grita lo que soy, lo que siempre quise ser. Y en ese sentido, me recuerda a Antiporno, esa película que no solo habla de opresión, sino de liberación. La protagonista de Antiporno enfrenta sus propios monstruos, esas sombras que la oprimen, para finalmente liberarse. Habla de la autonomía, del derecho a existir y ser, de tomar la palabra cuando toda la vida te ha hecho callar. Y este cuarto, con su color rojo, es la representación de esa lucha interna, esa guerra silenciosa que todos llevamos en algún momento, buscando la libertad para ser quienes somos.
Es en este espacio, con estas paredes rojas que ahora son mías, donde quiero hablarte de algo más. De todo lo que me ha llevado hasta aquí. Al igual que la protagonista de Antiporno, yo también he tenido que enfrentar mis monstruos. Y muchos de esos monstruos vinieron de mi propio hogar, de mi propia familia.
Quiero que volvamos al pasado, justo al momento donde dejé en el capítulo anterior, cuando te contaba que en las familias también hay monstruos. Mi historia no ha sido solo de abusos externos. No. Mi familia también tuvo su cuota de oscuridad. Mi hermano mayor y yo compartíamos una habitación con dos camas. Un espacio pequeño, que más que un refugio, se convirtió en una cárcel. El ordenador en el que él pasaba horas y horas consumía no solo su atención, sino la mía. Yo solo quería dormir, descansar para el colegio, pero la luz de la pantalla, los ruidos... me desvelaban, me dejaban exhausta. Cada noche era un asalto a mi tranquilidad, un recordatorio de que no había lugar para mí, ni en mi propio cuerpo, ni en mi propio hogar.
Y cuando intentaba que me dejara dormir, la respuesta no era otra que violencia. Me pegaba. Me amenazaba. Me cohibía. Me marcaba. De una forma que nunca supe cómo nombrar. Cada golpe era una huella, una marca indeleble en mi cuerpo y en mi alma. Y lo peor de todo era que nadie hacía nada. Nadie intervenía. Nadie me defendía. Yo, que solo quería descansar, que solo quería sentirme segura por una vez, me sentía completamente atrapada. No en la casa, sino en mi propia mente. Porque la casa era la cárcel, pero mi mente era el juicio. Un juicio que no entendía cómo cambiar.
Lo peor de todo fue que no solo mi hermano me hacía sentir así. Mi padre, el hombre que debería haberme protegido, también se convirtió en un monstruo. Recuerdo las noches, cuando se pasaba horas frente al ordenador, conversando con una mujer anónima, ajena a la familia, mientras yo, completamente impotente, tenía que presenciar todo. No solo su falta de respeto hacia mi madre, sino la humillación constante, la presión. Yo tenía que ver todo eso, sentirlo en mi piel, mientras mi madre, en silencio, lo soportaba. Y la sensación de impotencia era brutal. No solo era la desconfianza, el miedo. Era el vacío. Un vacío que me ahogaba, que me decía que no podía escapar de allí, ni de esos momentos. No podía evitarlo, no podía decir nada. Solo quedarme quieta, inmóvil, tratando de ocultar mi dolor tras una fachada de normalidad que ni siquiera yo creía.
Y todo eso me hizo perder el interés por ir al colegio. En esos días, el colegio se convirtió en un lugar lejano, ajeno, vacío. Me sentía vacía, como si nada tuviera sentido. Mi mente estaba llena de mil pensamientos rotos, pero a la vez no tenía nada. Nada. Y nadie hacía nada. Nadie me defendía. Solo veía cómo el mundo seguía girando mientras yo me hundía más y más en esa angustia.
Mi madre, después de enterarse de las infidelidades y las humillaciones, se desconectó. Era como si la vida se le escapara de las manos. Estaba tan perdida que pasaron años sin poder mantener una conversación, como si las palabras se le desvanecieran. Yo no entendía qué sucedía, pero con el tiempo, llegué a comprender que ella también sufría, a su manera. De una forma tan desgarradora que no podía ni siquiera verbalizarlo. El amor que ella sentía, ese amor tan puro, la había destruido. Y aunque, en su dolor, ella parecía distante, me di cuenta de que todo eso solo reflejaba su herida profunda. Su desconexión era su forma de sobrevivir.
A pesar de todo esto, nunca la culparía. Ahora, con 29 años, sé que la sensibilidad que ella tiene no debe ser juzgada. Ella, por amor, se trasladó de Madrid a Málaga, solo para ser engañada, humillada, utilizada por aquellos que se aprovecharon de su bondad. Y, aún así, la amo con todo lo que soy. Porque ella me enseñó a ser sensible, me enseñó lo que es el amor, incluso cuando nos quema, incluso cuando nos hace daño.
No cambiaría nada de lo que siento por ella. Nadie lo hará. La conexión que tengo con mi madre es la verdad más pura que tengo. Ni amigos, ni enemigos, ni hermanos. Ella es mi verdad. Y eso es lo único que sé con certeza.
Este capítulo, al escribirlo, me ha permitido darme cuenta de algo fundamental: que no tengo que cargar con el peso de los monstruos del pasado. Los monstruos, al final, no son más que sombras que se desvanecen. Y yo, hoy, soy mi propia luz.
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Soy la cicatriz que no se borra
SpiritualHola, qué tal. Soy la chica que probablemente no te esperabas conocer. La que está rota, pero aún sigue aquí, intentando entender todo lo que me ha pasado. Y sí, este libro lo escribo porque no tengo ni idea de cómo sanar, pero tal vez pueda hacerlo...
