Capítulo 2:El lugar donde los monstruos se esconden

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Hola, ¿sigues ahí?
Si estás leyendo esto, gracias por acompañarme una vez más. Me prometí no volver a huir, y aunque mi voz tiemble al escribir, necesito continuar. Esto que estás leyendo no es solo un recuerdo; es un acto de amor propio, una carta de perdón dirigida a mí misma. A veces el pasado parece un monstruo que duerme en la otra habitación, y otras veces, como hoy, se sienta en mi cama, me mira a los ojos y me obliga a escribir. Sé que abrir estas heridas me dolerá, pero también sé que si no lo hago, jamás cicatrizarán.
Te conté en el capítulo anterior lo que ocurrió cuando tenía seis años. Lo hice con cuidado, sin nombrar más de lo que podía sostener, pero también con la verdad desnuda. Hoy me toca contar que esa fue solo la primera vez. Porque sí... hubo más. Muchas más.
Al principio pensé que eran mis amigos. Así lo veía yo. Eran los niños del barrio, los que jugaban conmigo, los que me saludaban como si nada. Estaban en cada rincón: en los portales, en el parque, en la calle, incluso en la entrada de mi casa. Algunos hablaban con mi familia, ponían su mejor cara, esa sonrisa falsa que me confundía, que me atrapaba. Yo, como un muñeco sin vida, iba de un lado a otro. Me pasaban de una persona a otra como si no fuera real, como si no tuviera voz, ni derecho, ni cuerpo. Solo era un objeto.
Permíteme respirar un momento.
Recordar esto... no es solo traerlo al presente. Es vivirlo otra vez, de forma brutal, como si las imágenes se proyectaran en mi cabeza con una nitidez que me revuelve el estómago. Las caras que había olvidado ahora las recuerdo una por una. Sus risas. Sus gestos. Sus miradas. Sus dedos. Sus palabras.
Y sí, lo voy a decir sin suavizarlo: me alegro de que dos de ellos estén muertos. Me alivia saberlo. Me consuela. Y los demás... desaparecieron, se fueron de la urbanización y jamás los volví a ver. No sé dónde están, ni me importa. Ojalá el universo haya hecho justicia de alguna manera. Yo ya no cargo con su silencio.
Pero esa espiral, esa pesadilla, no terminó ahí. Continuó, como si la vida hubiera decidido dejarme sin aire por mucho tiempo. En el colegio, los baños eran un peligro. Me aterraban. Lo recuerdo con un nudo en la garganta. A veces pedía que alguien me acompañara, pero nadie me hacía caso. Decían que tenía que aprender a ir solo. ¿Solo? ¿En ese infierno?
Allí apareció otro monstruo. Piel morena, alto, muy delgado. Me miraba con una rabia que jamás entendí. Nunca le hice nada, pero él decidió hacerme daño. Me agarró de la oreja un día con tanta fuerza que me dejó una herida profunda, como si quisiera marcarme. El dolor físico era insoportable, pero el peor era el otro, el que nadie veía.
En esa época, también había unas chicas que acosaban a mi hermana. Y si ella sufría... yo también. Era una regla no escrita. Si ella lloraba, yo tenía que llorar también. Como si nuestra vulnerabilidad fuese una sola. No había descanso. No había tregua. Y, aun así, no mostraba dolor. Era como si mi mente hubiera colapsado, como si se hubiera rendido y me hubiera dicho: "Vamos a fingir que todo está bien, así quizás sobrevives". Y lo hice. Sobreviví. Incluso sonreía. Nadie sospechaba. Nadie.
El cambio llegó con un nuevo colegio. Me sentí liberada. No fue perfecto, también pasaron cosas en ese ciclo, hasta llegar al instituto. Pero eso... no lo vamos a desarrollar. Porque esta historia no es una colección de heridas. Esta historia es un acto de rendición conmigo misma. Es una carta de amor en medio del dolor. Es un susurro de perdón. Es el grito que me ahogué durante años y que ahora suelto, alto, fuerte: ¡Estoy viva!
Fue en el instituto cuando empecé a tener mis primeros indicios de quién era realmente. Empecé a comprender mi género, mi dualidad, esa extraña sensación de habitar un cuerpo que no se correspondía con mi alma. No fue inmediato, no fue claro... pero fue un inicio.
Y ahora, ya en el presente, vuelvo a hablarte a ti, lector. Te miro desde este papel o pantalla y te confieso algo que me cuesta admitir: me odié muchas veces. Me odié por no hablar. Me odié por no entender. Me odié por quedarme como un muñeco vacío, repitiendo la misma sonrisa falsa mientras me rompía por dentro. Pero, ¿sabes? Todo eso tenía un porqué. Porque en el mundo de la familia, también hay monstruos. También hay silencios. También hay momentos tristes, complejos, difíciles de nombrar. Y entenderlos, analizarlos, escribirlos... es mi forma de conocerme. Pero eso lo contaré en otro capítulo.

Soy la cicatriz que no se borraDonde viven las historias. Descúbrelo ahora