Capítulo 1: El inicio del vacio

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Acabo de sufrir un ataque de ansiedad. Un golpe de aire frío, un nudo en el pecho, y la sensación de que la realidad se desploma bajo mis pies. Y aunque ahora, en este momento, parece haberse calmado, sé que esta sensación de alerta, esa presión constante, nunca se irá completamente. Te acompaña como una sombra invisible. A veces se hace más fuerte, otras se disfraza, pero siempre está ahí, esperando. Aprendí que se puede convivir con ella, aunque no siempre es fácil.Ahora que lo pienso, todo comenzó mucho antes. Mucho antes de que entendiera lo que era este vacío que siento, este descontrol que surge de un momento a otro. Todo empezó cuando tenía tan solo seis años. Un niño, realmente, incapaz de comprender el peso de las cosas que le suceden. ¿Quién podría? A esa edad, todo parece un juego, una diversión, pero el cuerpo y la mente ya empiezan a cargar con recuerdos que no se entienden, pero que te marcan profundamente.Sí, incluso con seis años, te pueden suceder cosas que no comprendes. Cosas que no pueden tener sentido. Pero con el paso de los años, esos pedazos de caos se van uniendo, se van formando como piezas de un rompecabezas que, al principio, se niega a encajar. Y entonces, un día, lo ves claro. Lo entiendes, pero no lo aceptas. Y lo que antes parecía un hecho aislado, se convierte en un tsunami que arrastra todo a su paso. Y tú, lo único que quieres hacer es desaparecer. Que la vida no te toque más.Era una tarde cualquiera, en una urbanización tranquila donde las personas, a simple vista, vivían en armonía. Una comunidad donde todos parecían llevarse bien, donde las fiestas, los festivales y las risas marcaban el ritmo de los días. Yo era feliz. El niño que corría por las calles, que disfrutaba de los pequeños momentos, que cantaba a todo pulmón las canciones de Sonia y Selena. Recuerdo claramente cómo me sentí, en una de esas fiestas, bailando "Yo quiero bailar" sin importarme nada más. La vida parecía simple. Sin embargo, en ese momento de aparente felicidad, algo oscuro ya estaba al acecho.Una llamada. Un par de caramelos. Una invitación aparentemente inofensiva. No sabía que aquello marcaría el principio de algo que no podría entender hasta años después. Ellos eran jóvenes, de unos 17 o 18 años, y parecían ser solo un par de chicos divertidos, pero algo en su mirada me hizo sentir que algo no estaba bien. Antes de darme cuenta, estaba atrapado. No podía gritar, no podía moverme. La ansiedad empezó a apoderarse de mi cuerpo. Solo podía escuchar los ecos de mi familia buscándome, llamando mi nombre. Pero yo no podía hablar. No podía hacer nada.Mi cuerpo era solo un contenedor de miedo y silencio. Intenté defenderme, pero me taparon la boca. No había escape. Fue como si el tiempo se hubiese detenido, y todo a mi alrededor se volvió un ruido lejano. No entendía qué estaba pasando. Solo sabía que lo que ocurría no debía ocurrir, pero el miedo me paralizaba. Pasaron minutos, tal vez horas. Al final, todo terminó tan rápido como empezó.Y yo, en mi pequeño mundo de seis años, elegí hacer como si nada hubiera ocurrido. Nadie supo nada. Nadie sospechó nada. Lo oculté durante años, como un peso invisible que me hundía cada vez más. Cada día, lo enterraba más profundo en mi interior, en la parte de mi alma que nadie podía tocar. Nadie vio mis ojos vacíos, nadie escuchó mi grito mudo. Pero lo sentí. Y lo llevo conmigo.Así, aprendí a vivir con algo que nunca supe cómo definir. A convivir con el dolor de no haberlo comprendido en su momento. A fingir que todo estaba bien, mientras el mundo a mi alrededor seguía adelante. Y esa es la ironía: mientras todos bailaban y sonreían, yo ya estaba atrapado en mi propia guerra, invisible para los demás.

Soy la cicatriz que no se borraDonde viven las historias. Descúbrelo ahora