• Tema de máxima sensibilidad que requiere respeto a las víctimas. • No trivializar o romantizar el sufrimiento. • AU Humanizado.
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El sonido de un violín inundaba sus recuerdos vagamente, una señal de su antigua libertad que fue arrebatada cruel e injustamente.
Recuerda el cafetín donde trabajaba junto a sus amigos, una zona de confort donde muchas personas de la misma ideología compartían momentos agradables.
Los muebles de color café, las mesas blancas, el lugar ordenado y pulcro, el aroma delicioso de postres y de un confortante café ahora era efímero en sus fosas nasales.
El hedor. Una mezcla nauseabunda de sudor agrio, excrementos, enfermedad y la inconfundible muerte respirandoles en la nuca a todo hombre que fue despojado de sus derechos y ganas de vivir.
Uriel observaba sus palmas, llena de llagas y sangre seca, sus manos pálidas y tan delgadas como si fuese señal de que su muerte se acerca. El número 1781 en su piel y la ropa raída que ya no se sentía suya.
— ¡Levántate, maldito judío! ¡Tú y toda tu raza son una maldición para nuestra Alemania!
Un par de soldados, que se volvieron inhumanos, se acercaron en dónde estaba. El rostro de Uriel palideció y rápidamente retomó su trabajo forzado, rogando para que tuvieran, aunque sea tan mínima como un átomo, misericordia.
Aún recuerda el viento cálido rozar su rostro y las hebras de su cabello de un color cyan, tan peculiar y hermoso. Extraña sus mechones, como se sentía fastidiado sentirlos en su rostro y ahora como los añora con dolor.
Ahora son solo pocos cabellos que se aferran a su cráneo y el aire mismo está preso en aquel campo de concentración. El hambre, una bestia roedora constante en el vientre de todos sus compañeros, es un eco sordo que ahoga cualquier pensamiento.
Observa a su lado izquierdo, su compañero de cama, Martín sollozaba del dolor que le producían las heridas abiertas de sus manos. La sangre manchaban los paquetes de alimentos enlatados para los verdugos que sentían placer al verlos sufrir.
El rugido de su estómago callo todo pensamiento y siguió con su labor, añorando que pronto acabe la guerra y puedan sacarlos de este infierno.
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— ¿U-Un túnel?
Susurro asombrado, aquel nuevo compañero con el número 1631 en su piel y ojos cafés tenía una idea que lleno de esperanza al pequeño pero fiel grupo de hombres.