—¡Nico! ¡Cálmate, solo es un juego!
Los últimos rayos de sol se ocultaban detrás de las montañas al Oeste. El bosque era un lugar muy oscuro de noche y Pablo no quería pasar más tiempo ahí. Su madre lo asesinaría si no volvía a casa con su hermano ante de las ocho.
—¡Nico!, ¿dónde estás?
El eco de su voz se perdía entre las ramas de los árboles, devorada por el murmullo de hojas secas y ramas que silbaban con el viento. Encendió la linterna de bolsillo que le había regalado su padre cuando se unió a los boyscouts y buscó alrededor. A lo lejos vio un destello amarillo entre las ramas y se lanzó a la carrera detrás de la gorra atigrada del equipo de fútbol favorito de su hermano.
—¡Nico, deja de fastidiar! ¡Tenemos que volver a casa!
Corrió esquivando ramas que lo golpeaban en los brazos y piernas como si quisieran atraparlo. Su mochila rebotaba pesadamente contra su espalda y la luz de su linterna bailaba desquiciada en la oscuridad.
—¡Nico!
Siguió a su hermano, adentrándose más en el bosque hasta que llegaron a un claro. Ahí lo encontró, de espaldas a él, su silueta dibujada en la oscuridad por la luz de su linterna.
—¡Mierda, Nico! ¿Por qué no me haces caso cuando te llamo? Vámonos de una vez.
Su hermano no se movió. Se quedó petrificado en medio de la oscuridad, con la vista clavada en una casona antigua a medio derrumbar, los vidrios rotos y hiedra creciendo por las paredes, cubriéndola casi por completo. Esa casa le provoca escalofríos y no quería pasar ni un segundo más ahí.
—¡Nico! ¡Nicolás! —gritaba a pocos centímetros de la cara de su hermano.
Nico tenía los ojos vacíos, negros como la noche, clavados en la antigua casa. Su hermano mayor lo agarró de los hombros y lo sacudió violentamente, intentando liberarlo del trance. Cuando por fin habló, la voz que salió de su boca no era la suya.
—No deberías estar aquí. —Un sonido rasposo y grave, más parecido a un graznido que a la voz de un niño de ocho años, salía desgarrando la garganta de su hermano.
Las palabras salían de la boca de Nico, pero también parecían venir de la casa a sus espaldas y de los árboles que lo rodeaban. Una mano negra de dedos largos y afilados se posó en el hombro del niño.
Antes de que Pablo pudiera reaccionar, la luz de su linterna parpadeó y se extinguió. Lo último que pudo ver fue el rostro en blanco de su hermano, una de sus pequeñas manos extendiéndose hacia él, rodeando su cuello y la oscura figura de pie detrás de Nico. Su grito rompió el silencio del bosque y luego murió en la noche, devorado por la oscuridad.
Cuando el equipo de búsqueda encontró su linterna tirada en medio del bosque junto a un árbol torcido, no había rastro de la casa, ni de Pablo y Nico Jaén.
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El Misterio del Bosque
Horror🔦 Algunos secretos no deberían ser descubiertos... Elías nunca creyó en fantasmas. Hasta que vio a la niña en la plaza. Descalza, sucia y con unos ojos oscuros como la noche, lo observaba fijamente desde la distancia. Desde ese día, los niños comen...
