Capítulo 12: un dragón y una misión suicida

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Capítulo 12: un dragón y una misión suicida

Draco soñó de nuevo con el cielo. La misma brisa fresca acarició su rostro, la misma sensación de ingravidez le envolvió... Esta vez, no dudó en extender sus alas. Sus enormes alas plateadas. El viento silbaba a su alrededor, la luna iluminaba su reflejo en sus escamas, y por un momento, Draco sintió libertad.

Pero la sensación no duró, pues un peso creció en su pecho; la angustia que siempre le perseguía le encontró en su propio sueño y lo envolvió junto con una nueva emoción que brotaba de su pecho: culpa.

No. No quiero esto. Por favor, no...

El cielo se tornó oscuro y su cuerpo perdió estabilidad. Volvió a caer y despertó sobresaltado. Su respiración era errática y su corazón golpeaba con fuerza dentro de su pecho.

Y entonces, las vio. Sus manos ya no eran manos. Eran garras, otra vez.

Draco sintió un escalofrío recorrerle la espalda, pero hoy había algo más. Algo extraño. Algo que no debería estar ahí. Una incomodidad punzante en su omóplato.

Con el miedo creciendo en su interior, giró la cabeza y se quedó helado. De su espalda brotaba un ala. La misma que lo había sostenido en el aire en su sueño y que ahora se pegaba contra las cortinas. Draco reprimió un grito, su garganta se cerró por el pánico y su cuerpo se estremeció.

No. No. No.

Sus garras se cerraron sobre las sábanas y su espalda se tensó. Se retorció en la cama, como si de alguna manera pudiera arrancarse aquella aberración que había crecido de su cuerpo. Pero entonces, al comprender que esa cosa era real y que no se iba, se abrazó las rodillas. Su respiración era todavía errática y el aire entraba y salía de sus pulmones de manera descontrolada.

No podía gritar. No podía moverse. No podía pensar. Iban a descubrirlo. Lo iban a ver así. Lo llevarían a San Mungo, experimentarían con él o peor... Podrían mandarlo a una maldita reserva de dragones.

Y en medio de su desesperación, una voz resonó en su mente.

"Ordénales que se vayan."

Draco se paralizó, pues esa voz era la misma voz distorsionada y profunda de su sueño. En un acto reflejo se tapó los oídos y cerró los ojos con fuerza.

No. No. No. Me estoy volviendo loco. ¿Y si su padre tenía razón? ¿Y si estaba perdiendo la cordura? Pero el terror que oprimía su pecho fue mayor que su racionalidad. Apretó los dientes y rogó en su mente: Por favor, desapareced. Por favor, por favor.

Nada pasó. El ala seguía ahí, pesando en su espalda. Las garras también seguían brillando bajo la tenue luz que se filtraba a través de las cortinas. Y entonces, la voz habló de nuevo.

"No pidas. Ordena."

Draco abrió los ojos, su cuerpo entero temblaba. En cualquier otra circunstancia, habría pensado que aquella voz pertenecía a su padre, pues eso sería algo que Lucius Malfoy diría. Algo como: "un Malfoy nunca pide nada por favor. Un Malfoy reclama lo que es suyo por derecho". Cada fibra de su ser rechazaba aquella idea, pero la desesperación se impuso al miedo. Su boca se abrió y su voz, apenas un susurro, tembló en la oscuridad.

—Desapareced.

Un hormigueo recorrió su piel y Draco sintió cómo las escamas se replegaban, cómo sus garras encogían y volvían a ser manos. El ala también se desintegró en el aire, disipándose como polvo de plata.

Draco se quedó quieto, sin respirar y con el pulso desbocado. Llevó una mano a su omóplato. La única prueba de que aquella aberración había estado ahí era el tajo en la tela de su pijama de seda verde.

Draco Malfoy y la maldición del dragónDonde viven las historias. Descúbrelo ahora