Capítulo 7: el padrino de Draco

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Capítulo 7: el padrino de Draco

Si esa noche le había enseñado algo a Draco Malfoy, eso era que tal vez debería mantenerse alejado de los problemas si quería evitar los efectos de su maldición. Y alejarse de sus problemas era sinónimo de alejarse de todos; no solo de los Slytherin que habían decidido hacerle el vacío, sino también de los incautos Gryffindor, incluido Harry Potter.

De hecho, Potter estaba demasiado ocupado con su nueva Nimbus 2000 como para acordarse de la existencia de Draco, lo cual no era del todo malo, ya que al menos así, no atraería las miradas desdeñosas de sus compañeros de Casa. 

Esa mañana, el Gran Comedor estaba llena de su habitual bullicio. Las conversaciones animadas entre los estudiantes, el tintineo de cubiertos y platos, y el crujido de tostadas recién hechas llenaban el aire con una familiaridad reconfortante. Draco Malfoy se sentó en la mesa de Slytherin en completo silencio y completamente solo. No tenía hambre, pues el recuerdo de la noche anterior aún lo perseguía y le hacía sentir náuseas y dolor de estómago. La trampa de Nott, el perro de tres cabezas, la mano de Harry en la suya...

Y ahora, después de unas horas de sueño inquieto, su mente aún no lograba sacudirse la sensación de peligro inminente. Pero entonces, un aleteo pesado lo sacó de sus pensamientos. Una lechuza negra de la Mansión Malfoy descendió con gracia y se posó frente a él.

—Por supuesto... —murmuró Draco con un suspiro.

Reconoció al instante el sello de cera con el emblema de su familia. Tomó un pedazo de tostada y lo ofreció a la lechuza, que lo tomó con dignidad antes de extender la pata con la carta atada. Draco desató la misiva con una lentitud casi resignada. No necesitaba abrirla para saber quién la había escrito, pero lo hizo, y en cuanto vio la caligrafía pulcra y rígida, su estómago se encogió. Era de su padre.

«Draco,

Me he enterado de tu enfrentamiento con Theodore Nott. Espero que la información que ha llegado a mis oídos sea exagerada, porque si no es así, estoy profundamente decepcionado de tu comportamiento.

Un Slytherin nunca debe darle la espalda a otro. Menos aún por un Gryffindor. Incluso si ese Gryffindor es Harry Potter.

Sé que tus acciones han tenido consecuencias, por lo que te insto a reforzar tus relaciones dentro de tu Casa y a evitar el contacto con elementos disruptivos como Weasley o cierta sangresucia. Piensa en el honor de nuestra familia antes de actuar impulsivamente.

Espero que estas palabras sirvan para corregir tu actitud.

Lucius Malfoy.»

Draco cerró los ojos y exhaló. Por supuesto. Ahí estaba otra vez. La hipocresía Malfoy. Su familia no tenía precisamente la sangre inmaculada que predicaba, y sin embargo, debían aparentar ser los guardianes de la pureza y la discriminación. Debían seguir la farsa. Debían actuar como si no fueran más que el reflejo de la nobleza mágica. La verdad era otra, pero el libreto había sido escrito hace siglos por Armand Malfoy, y ninguna generación se atrevía a romper la fila.

¿Quién sería el valiente?

Porque si había algo peor que un traidor a la sangre, eso era un Malfoy avergonzado por su propio linaje. Draco arrugó la carta en su puño y suspiró profundamente. A lo lejos, una voz burlona interrumpió sus pensamientos.

—¿Qué pasa, Malfoy? —Theodore Nott lo miraba con una sonrisa torcida desde el otro extremo de la mesa—. ¿Tu padre ya te ha puesto en tu lugar?

Draco no respondió y se limitó a acariciar el plumaje de la lechuza familiar, que aún esperaba paciente a su lado. Porque en cuanto tuviera un momento libre, le escribiría una carta de vuelta a su padre. Para explicarse. Para justificarse. Para seguir fingiendo.

Draco Malfoy y la maldición del dragónDonde viven las historias. Descúbrelo ahora