Capítulo 3: el Expreso de Hogwarts

2.7K 448 139
                                        

Capítulo 3: el Expreso de Hogwarts

La estación de King's Cross estaba abarrotada de gente. Magos y brujas iban de un lado a otro, empujando carritos cargados de baúles, con gatos, ratas y lechuzas ululando desde sus jaulas y niños correteando entre los adultos con emoción palpable.

Draco Malfoy caminaba con paso firme entre la multitud, flanqueado por sus padres. Vestía su túnica negra impecable y empujaba el carrito sobre el que había colocado su baúl. Encima de este, en una jaula dorada, Silverquick lo observaba con sus ojos penetrantes, sin hacer un solo sonido.

El cartel sobre sus cabezas indicaba que estaban en la Plataforma 9, pero el andén que buscaban no estaba a la vista.

—Recuerda lo que te dije, Draco —dijo Lucius con su tono serio habitual, apoyando una mano en su hombro—. Camina con seguridad hacia la barrera. No mires a los lados. Actúa como si tuvieras derecho a estar allí, porque lo tienes.

Draco asintió y, sin vacilar, se encaminó hacia la pared de ladrillo. Y entonces, la atravesó. El Andén 9¾ se desplegó ante él en todo su esplendor. El Expreso de Hogwarts, con su brillante color escarlata, resplandecía bajo la luz del sol. Su chimenea humeaba y el aire estaba cargado de emoción y despedidas. Draco se giró cuando sus padres lo alcanzaron. Lucius le dirigió una mirada firme.

—Mantén en alto el nombre de los Malfoy —le dijo—. No permitas que nadie te haga sentir menos de lo que eres.

Draco asintió, pero su atención se desvió hacia su madre cuando la vio fruncir el ceño levemente. Narcissa se inclinó y le acomodó el cuello de la túnica con suavidad.

—Draco... —susurró. Draco sintió un leve roce frío en su nuca y se tensó. Un par de escamas plateadas sobresalían justo en el cuello de su túnica debido a la emoción del momento. Narcissa pasó los dedos con delicadeza por la tela hasta que quedaron ocultas—. Ten cuidado —le dijo en voz baja—. Y si necesitas algo... escríbenos.

Draco asintió, tragando saliva. No podía fallar. No podía dejar que nadie descubriera su secreto. Su madre le acarició la mejilla con ternura y su padre le dio una leve inclinación de cabeza.

—Ve, hijo.

Draco inspiró hondo, agarró la jaula de Silverquick con una mano y con la otra empujó su baúl por el andén. El interior del tren estaba lleno de estudiantes emocionados. Vincent Crabbe y Gregory Goyle, junto con Theodore Nott, estaban en un compartimento más adelante. Draco los vio, pero pasó de largo. No quería compañía. No ahora. Necesitaba mantener la cabeza tranquila. Sus escamas seguían hormigueando bajo su túnica y no quería arriesgarse a que cualquiera de sus "amigos" las notaran, pero el tren estaba lleno. Cada compartimento que pasaba estaba ocupado. Algunos estaban repletos de niños que hablaban en voz alta, otros estaban casi llenos. No había uno solo vacío. Hasta que encontró uno con solo dos personas dentro. Deslizó la puerta y se encontró cara a cara con Harry Potter. El otro chico que estaba con él era pelirrojo, con pecas y ropa visiblemente gastada. Un Weasley.

—Oh, hola —dijo Harry al verlo—. Puedes sentarte, si quieres.

Draco vaciló un segundo. Harry Potter era una cosa, pero ¿un Weasley? ¿Qué pensaría su padre si se enterara de que había acabado compartiendo compartimiento con uno de los cien hijos de Arthur Weasley? Pero en ese momento, el leve ardor en su piel se intensificó y supo que debía decidir rápido.

—Gracias —dijo con tranquilidad, entrando y sentándose frente a ellos.

Si la conversación con Harry en Madam Malkin le había distraído lo suficiente como para evitar la transformación, tal vez ocurriría lo mismo ahora. Tal vez, por un rato, podría olvidar que bajo su túnica, su piel no era completamente humana.

Draco Malfoy y la maldición del dragónDonde viven las historias. Descúbrelo ahora