Capítulo 1: la Maldición Malfoy

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Capítulo 1: la Maldición Malfoy

La primera vez que Draco Malfoy vio de manera consciente cómo su piel se convertía en otra cosa, creyó que era fruto de su imaginación infantil.

La Mansión Malfoy dormía bajo un cielo de invierno, envuelta en sombras y en el inconfundible silencio de las casas nobles donde los secretos pesaban más que las palabras. El viento aullaba entre las columnas de mármol, haciendo crujir las ventanas. Dentro, entre sábanas de seda, un niño de cuatro años se removía en sueños.

Draco se despertó de golpe, no sabiendo muy bien dónde estaba. Tenía la respiración acelerada, sudaba y su garganta estaba seca. Había tenido una pesadilla, una en la que su padre era asesinado por el Señor Tenebroso. A una edad tan temprana, un niño como él no sabía quién era realmente el Señor Tenebroso. Desconocía el nombre de Lord Voldemort e ignoraba todo lo que había sucedido durante los últimos años en el Mundo Mágico debido precisamente a ese deleznable Mago Oscuro. Él solo había leído aquel nombre en una vieja edición del diario El Profeta la tarde anterior, mientras se entretenía leyendo cuentos en la biblioteca de su padre. En la portada de aquel viejo periódico que había encontrado, el rostro de su padre aparecía en primera plana bajo un titular escalofriante: «El Señor Tenebroso ha caído. Lucius Malfoy, absuelto por el Wizengamot.»

La mente de Draco había conformado un escenario aterrador gracias a esas palabras; en medio de la nada, su padre era rodeado por sombras espectrales, y de entre ellas, una se adelantaba, alzaba una varita y una luz verde lo inundaba todo. Justo después, su padre caía al suelo, inerte y sin vida, mientras una risa escalofriante engullía la oscuridad. Puede que Draco no supiera aún quién era Lord Voldemort, pero incluso un niño como él sabía gracias a los cuentos lo que era un Avada Kedavra; la Maldición Asesina. Ahora, tras despertar, era incapaz de serenarse, no solo por lo vívido de su sueño, sino también por la sensación de algo extraño en su piel. Parpadeó en la oscuridad, solo iluminado por las constelaciones dibujadas en el techo, sintiendo el latido acelerado de su pequeño corazón. Se restregó los ojos y se incorporó en su cama, pero cuando bajó la mirada a sus manos, gritó.

No eran sus manos.

Eran algo más. Algo ajeno, monstruoso y brillante bajo la luz de la luna que se colaba a través de las cortinas de su habitación. Sus dedos, antes pálidos y suaves, estaban cubiertos de pequeñas escamas plateadas, como diminutas piezas de armadura reluciente. Draco pataleó en la cama, sacudiendo las manos, intentando frotárselas contra las mantas, pero las escamas no desaparecían.

—¡Madre! ¡Padre! —gritó, su voz aguda y temblorosa.

Unos segundos después, la puerta de su habitación se abrió de golpe. Narcissa Malfoy entró primero, su túnica de terciopelo flotando tras ella, su cabello rubio cayendo sobre los hombros mientras sus ojos azules recorrían la habitación con urgencia, iluminándola con velas mágicas. Lucius apareció detrás, con la varita lista en su mano.

—¿Qué ocurre? —la voz de su madre era firme, pero con un deje de alarma.

Draco levantó sus manos entre sollozos.

—¡M-Mis manos! ¡Mis manos, madre! ¡Mira!

Narcissa se quedó quieta. Lucius, a su lado, apretó los labios y se apoyó contra el marco de la puerta, devastado. Un silencio pesado cayó sobre la habitación. Draco miró a sus padres, buscando en sus rostros una respuesta, un alivio, algo que le dijera que todo estaba bien. Pero lo único que vio fue miedo.

—Oh, hijo mío... —fue lo único que Lucius pudo articular bajo el alfeizar de la puerta.

Su esposa se acercó rápidamente, se arrodilló junto a la cama de Draco y tomó aquellas manos escamosas entre las suyas. Sus dedos estaban fríos, pero no tanto como aquellas lascas plateadas.

Draco Malfoy y la maldición del dragónDonde viven las historias. Descúbrelo ahora