Prólogo

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Quien comete un crimen debe pagar por ello.

La noche era oscura en los Altos de Bretaña, iluminada solo por la luz temblorosa de una luna menguante. El aire estaba impregnado del aroma de la hierba húmeda y el leve hedor sulfuroso de la majestuosa criatura que dormía en la cueva frente a él. Un dragón.

Armand Malfoy, el primer Malfoy en pisar las tierras de Gran Bretaña, se mantuvo inmóvil en las sombras, con su varita de espino negro sujeta firmemente en su mano enguantada. Sus ropas, bordadas con hilos de plata, ondeaban con la brisa de la montaña mientras su mirada fría y calculadora escrutaba la ladera rocosa. Allí, entre grietas y columnas de piedra ennegrecida por el fuego, dormía la bestia que él buscaba.

No cualquiera. No uno de esos torpes dragones comunes que los magos de su tiempo cazaban para extraer su sangre o comerciar con sus pieles. No. Armand quería algo superior. Algo digno de un Malfoy.

Había oído las leyendas. El dragón Plateado inglés, una criatura rara, cuyas escamas eran más resistentes que cualquier armadura encantada, cuya magia era tan poderosa que ningún hechizo podía someterlo por completo. Se decía que su corazón contenía una fuerza primigenia, una energía pura e inalterada, lo más cercano a la fuente misma de la magia.

Y esa era la clave.

Armand Malfoy había dedicado años a estudiar la creación de varitas, como lo harían otros muchos después de él. Pero no las vulgares varitas que los mercaderes sin talento ofrecían en los mercados de magos, sino verdaderas obras maestras, dignas de su linaje. Gracias a la Fábula de los Tres Hermanos, conocía la historia y existencia de la Varita de Sauco, la más poderosa de todas, y si los rumores eran ciertos, su poder radicaba en su núcleo, creado por la mismísima Muerte. Si él lograba fabricar una varita con un núcleo de corazón de dragón Plateado inglés, nadie en la historia de la magia podría igualarlo y se consagraría como uno de los magos más poderosos y prestigiosos de la historia. Y ahí estaba su oportunidad.

Escondido entre las sombras, observó la escena frente a él con ojos afilados. En la boca de la cueva, bajo la protección de su madre, yacía un huevo plateado, vibrante y reluciente bajo la luz lunar. El dragón adulto dormía a pocos metros, su aliento expulsando pequeñas columnas de humo mientras sus alas, plegadas, temblaban con cada respiración.

Armand sonrió.

Moviéndose con la elegancia de un depredador, se deslizó entre las sombras como lo haría la tinta sobre la roca. La gran bestia plateada dormía, y no era su intención despertarla. Con un rápido movimiento, corrió hacia el huevo, lo tomó entre sus brazos y se alejó en un instante, desapareciendo en la negrura de la noche.

Horas más tarde, en la seguridad de su mansión recién terminada, aquella que se conocería más adelante como la Mansión Malfoy, Armand contemplaba el huevo que ahora reposaba sobre su escritorio de mármol. Bajo la luz de las velas encantadas, su superficie relucía como plata líquida, reflejando su propio rostro afilado en sus ondulantes brillos. Sus largos cabellos rubios caían sobre la mesa mientras esperaba. Si sus cálculos eran correctos, esa noche era la correcta.

Y entonces, el huevo se quebró.

El primer crujido fue leve, pero pronto una telaraña de grietas cubrió la cáscara. Un leve resplandor plateado emanó del interior y, con un sonido agudo, un trozo del cascarón cayó al suelo. Una pequeña garra plateada emergió de él, seguida de una cabeza diminuta, coronada por cuernos blancos y ojos luminosos, tan insondables como la magia misma.

El dragón bebé parpadeó y alzó la vista. Su hocico tembló y aspiró el aire. Buscaba a su madre, pero Armand no le dio tiempo.

Avada Kedavra.

Draco Malfoy y la maldición del dragónDonde viven las historias. Descúbrelo ahora