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°POV Rookie°

El sol comenzaba a descender en el horizonte cuando me adentré en el bosque, siguiendo el camino conocido hacia el lago donde moraba Lady Nimue. Caminaba con cuidado, sosteniendo una pequeña bolsa con dulces envueltos en tela, un gesto de agradecimiento por su ayuda. Mi vista, aunque mejorada gracias a las gafas que Tails me había dado, aún no era perfecta, así que cada paso requería atención. 

Lady Nimue me esperaba en su santuario, su silueta reflejada en el agua cristalina. Su voz era serena, pero había un tinte de preocupación en sus palabras cuando mencioné los rumores de guerra. 

—El equilibrio de Camelot se ve amenazado —dijo con suavidad, observándome con ojos compasivos—. Si se desata el conflicto, la seguridad de esta aldea se perderá. 

—Lo sé… Tails cree que deberíamos trasladarnos más cerca del castillo, pero si me voy, ¿cuánto tiempo podría estar sin venir aquí antes de que mi enfermedad empeore? 

Lady Nimue meditó un momento antes de responder: 

—Tal vez unos meses, pero no puedo asegurarlo. 

Eso no era alentador. Si la guerra llegaba a Camelot y yo no podía regresar a verla, mi condición podría volverse peligrosa. No quería preocupar a Tails, pero tampoco quería ser una carga. Suspiré y me puse de pie. 

—Gracias por todo, Lady Nimue. Volveré pronto. 

Ella me dedicó una leve sonrisa. 

—Que los vientos te guíen, Rookie. 

El sol estaba ya bajo cuando regresé a la aldea. Pero en vez de la tranquilidad habitual, solo encontré caos. 

Las casas ardían, el aire estaba lleno de gritos y el sonido del metal chocando. Mi corazón se aceleró. Busqué desesperadamente a Tails entre la multitud de aldeanos que huían o caían bajo la opresión de soldados con armaduras desconocidas. 

Mi estómago se hizo un nudo al ver a Tails entre un grupo de aldeanos capturados, siendo empujados hacia un grupo de caballos por soldados que portaban emblemas ajenos a Camelot. 

—¡Tails! —grité, sin pensarlo. 

El pequeño zorrito me vio con ojos alarmados. 

—¡Rookie, vete! ¡Te atraparán también! 

Pero no podía dejarlo así. Mi vista se deslizó a mi alrededor hasta encontrar un arco en el suelo, abandonado junto a un aldeano inconsciente. Mi pecho se tensó. Hacía años que no tocaba uno, desde que mi vista empezó a fallar. Pero ahora no tenía opción. 

Lo recogí y tanteé el carcaj del dueño. Apenas quedaban unas cuantas flechas. Maldición. 

Tomé aire y me obligué a concentrarme. Tenía que disparar con cuidado. Apunté al jinete que sujetaba a Tails. La cuerda se tensó bajo mis dedos, y disparé. 

El soldado cayó de su montura con un grito, liberando a Tails. Algunos aldeanos aprovecharon la distracción para forcejear con sus captores. 

Otro soldado se giró bruscamente hacia mí, y mi siguiente flecha fue a parar a su brazo, haciéndole soltar la espada. Podía sentir mi pulso en mis sienes. 

Lancé una tercera flecha, está vez a quien parecía que estaba liderando el ataque.

Pero entonces mi piel se erizó. 

Una presencia oscura, una energía abrumadora. 

Era un chacal de pelaje oscuro montado en un caballo imponente. Su armadura reflejaba el fuego de las casas ardiendo, y su capa ondeaba tras él como una sombra viviente. Su heterocromía era lo primero que llamaba la atención: un ojo azul como el hielo, el otro ámbar como el fuego. 

Rookinfinite Donde viven las historias. Descúbrelo ahora