❛ . . . 𝐋𝐀 𝐑𝐀𝐙𝐎́𝐍 por la que amo tanto el fútbol es porque el fútbol es parte de mi aliento y de mi vida. ❜
୧ 𝐃𝐑𝐀𝐁𝐁𝐋𝐄𝐒. ༉‧₊˚
⠀𖹭⠀⠀⠀𝐂𝐎𝐋𝐄𝐂𝐂𝐈𝐎́𝐍 de pequeñas historias de género romántico referidas a los personaje del anime y ma...
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𝐖𝐀𝐊𝐀𝐁𝐀𝐘𝐀𝐒𝐇𝐈 𝐆𝐄𝐍𝐙𝐎 🪷 ꒷꒦
ʚ :: 𝘢𝘳𝘤𝘰, road to 2002 ! japan sub-16
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Aunque tu llegada se debió a tu función como traductora, el entrenador descubrió la facilidad con la que podías llevarte con el equipo, así que pronto asumiste un rol de manager. No solo tu presencia ayudaba a generar una mejor dinámica —los chicos se esforzaban en impresionarte, lo cual incrementa tanto la competitividad interna como el trabajo en equipo— sino que también tenías conocimiento sobre el fútbol, y pronto tu opinión comenzó a ser respetada o tenida en cuenta por ellos. Y eso ya era mucho decir, teniendo en cuenta la imagen de la mujer en el fútbol y el rechazo que sufre incluso la opinión de las mejores periodistas deportivas.
Por otro lado, la única persona que contradecía en cada momento tus argumentos era Genzo, con quien, según los otros, no mantienes una buena relación. Y si él siempre busca invalidar tu opinión, no es porque seas mujer, sino porque eres la única en el equipo que se atreve a desafiarlo, así que desarrolló esa actitud pendenciera hacia ti. Por tu parte, tú no guardas ningún rencor o resentimiento hacia él; simplemente te divierte fastidiarlo. Y sabías que él tampoco tenía ningún odio hacia ti.
La familiaridad con la que se trataban era prueba de que, en el fondo, uno respetaba al otro y le guardaba un cariño que ni uno ni el otro podía demostrar.
Él tenía cierta tendencia a irritarse con facilidad, si sabías dónde provocarlo. Pero ser mecha corta no era un aspecto de su carácter, ya que podías darte cuenta de que el muchacho en realidad era un poco nervioso, y a veces no sabía gestionar sus emociones, así que traducía la frustración y la angustia en enojo.
Se encontraban en la fase de grupos, y muchos estaban un poco angustiados, ya que sería la primera vez que se verían cara a cara contra un equipo europeo. Wakabayashi, que ya tenía una idea formada sobre cada uno de los rivales, trató, como siempre, de imponer su opinión. Se generó un acalorado debate, pues el entrenador no estaba convencido con la formación propuesta. Pero el muchacho era obstinado, y logró convencer a la mitad de sus compañeros y del cuerpo técnico.
El entrenador tuvo que ceder. Y esa sería la única y última vez que lo haría, pues como no podía ser de otra manera, los resultados fueron desastrosos.
Desde la distancia pudiste ver la pelea que se armó minutos después de terminado el partido, aunque no escaló de una ida y vuelta de gritos y empujones, pues el cuerpo técnico no tardó en separar a los alborotadores, encontrándose entre ellos —cómo no— el mismo Wakabayashi.
Te retiraste al interior de las instalaciones del estadio, de pie en los primeros escalones de una escalera de metal. Genzo pasó por tu lado, hecho una furia, gruñendo en voz baja y estrujando su gorra entre sus dedos.
Tu presencia allí lo tomó por sorpresa, pero pronto recuperó su semblante de fastidio.
—Adelante. Falta que tú también te burles de mí.
Sonreíste traviesamente, bajando al segundo escalón para estar casi a su misma altura.
—Sí, haré algo, pero estará en tu criterio decidir si se trata o no de una burla.
Genzo se mostró desconcertado con tus palabras, y más cuando le hiciste una seña para que se acerque. Él pensó que quizás planeabas decirle algo, o incluso asestarle un golpe, como más de uno en el equipo intentó hacerlo.
Te inclinaste más cerca. Él sintió la suavidad de tus labios sobre los de él, percibiendo además el sabor a fresa de tu bálsamo labial, un sabor que nunca más podría quitar de su cabeza. Fue un beso rápido pero que bastó para dejarlo anonadado, boquiabierto, y con un revoltijo de emociones en su interior ante las cuales su rostro palideció y enrojeció en cuestión de segundos.
El corazón de Genzo se aceleró al verte sonreír, y ante su mirada atónita, te marchaste. Minutos después, el entrenador tuvo que ir a buscarlo, pues llevaba tiempo llamándolo sin obtener respuesta.
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Lo volviste a cruzar horas después cuando te dirigías a tu habitación en el hotel. Rojo hasta las orejas, se bajó todo lo que pudo la visera de la gorra.
—Sábado, a las 5 de la tarde, frente a la entrada del hotel. No tardes.
Una vez hecha su peculiar invitación —pues luego del beso él se sentía en la obligación de al menos invitarte a una cita—, él se marchó sin esperar respuesta, siendo tu turno de quedar desconcertada y con un sonrojo en las mejillas.
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