Capítulo ocho.

8 0 0

- Hola, ¿cómo te fue la ecografía?

- Pues bien, está todo bien. Cogiendo peso el pequeñajo.

- Me alegro, verás como todo sale bien.

- Muchas gracias Rafa.

- Pfff las nueve ya... -dice mirando su reloj- ¿Bajas conmigo a la cafetería o ya cenaste?

- Cené en casa de mis padres, para no andar cenando aquí ni cenar sola en mi casa.

Pf, mi casa. Me pasé por allí antes de volver al hospital, para ducharme, cambiarme de ropa y esas cosas. Y esas cosas... y esas cosas incluye coger la colonia de David.

- Ah bueno vale, mejor, porque la comida de aquí no es que sea de primera eh. Me voy a mi casa ya entonces a cenar y a descansar un poquillo, que mañana ya trabajo. De todas maneras, igual me paso por aquí un rato si tengo tiempo.

- Vale Rafa. Por supuesto, cuando quieras.

- Que pases buena noche Lucía.

- Igualmente, chao.

Me siento en la típica silla de hospital. De nuevo sola. Bueno, vale, no estoy sola, estoy con David, pero estoy sola. Me siento sola. Porque necesito hablarle, y aunque puedo hablarle, no voy a escuchar su voz diciéndome "tranquila, pequeña, que estoy aquí". Ni tampoco voy a sentir sus manos apretándome la espalda abrazándome fuerte. Estoy sola. Y aunque trato de autoconvencerse de que va a despertar, ¿qué pasa si no despierta? ¿qué hago? Si no despierta, me dolería ver a nuestro hijo cada mañana, mirarle los ojos y ver que salieron a él. Entonces sí que estaría sola. Aunque tuviese a ... nuestro hijo. Ni nombre tiene aún. Nunca nos pusimos de acuerdo, porque no me gustaba el nombre que él eligió, y a él no le gustaba el que yo quería. Pero... no sé, tampoco suena mal. Saco la colonia de David, y me echo un poco en mi palma de la mano.

- Amor, quedan apenas tres meses para que nazca Raúl, eh... -y agarro su mano, para impregnarle con su colonia. – Prométeme que vas a despertar pronto, por favor David... -comienzo a llorar, pero trato de hacerlo en silencio, ahogando mis sollozos con mi otra mano.

Decían unas voces en mi cabeza¡Lee esta historia GRATIS!