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8. Saphira

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A las diez menos cuarto deje a mi hermano en el ascensor del piso número 5, yo fui a buscar a Saphira mientras él iba al punto de encuentro con Uriel. Me daba un poco de miedo dejarlo a solos, pero había insistido en hablar con él.

El piso de Saphira es el número 537, tenía que dar bastante la vuelta desde nuestro ascensor, cuando llegue a la puerta llame, Saphira tardó un segundo en abrir.
—¿Estabas detrás de la puerta?
—Casi —me dijo con media sonrisa. —Por si acaso, no habías podido venir.

Su madre apareció desde el dormitorio. Saphira me presentó como una amiga suya. Y poco después su padre, desde la cocina.
—¿Tu eres la hija de Jules Montes, no? —me preguntó su padre.
—Si, ¿conoces a mi padre?
—Todo el mundo conoce a tu padre, es una eminencia —note cierto sarcasmo en voz. —¿Sigues en el instituto?
—Acabo este año.
—¿Qué vas a hacer el año que viene?
—Estudiaré Biología marina.
—Ya lo has decidido —me dijo Saphira.
—Si
—¿Tu hermano no estudiaba Aquanauta? —ya empezaba a unir cabos.
—Si, le queda un año.
—¿No va con vosotras?
—Está preparando el barco con algunos amigos.
—La próxima vez, dile que puede venir el mismo, me gustaría conocerlo.
—Papa, hemos quedado unos amigos, ya te lo he dicho.
—Esta bien hija, pero ya conoces las leyes, solo te quedan dos años.
—Lo sé, no hacéis más que recordármelo.

Las normas de la colonia indican que cuando cumples los veintidós años tienes que casarte, coincide con el fin de la carrera elegida. Es una de esas normas creadas con el fin de preservar la especie, que crearon nuestros ancestros.
—Aly, vámonos.

Salimos en silencio de camino al ascensor. No sabía que decirle, nunca había pensando en esa norma, la veía como algo lejano y siempre supuse que encontraría a alguien con el paso de los años. Aunque hasta ahora no lo hubiera hecho.
—Tranquila, no te preocupes ahora tienes a Orlando.
—Lo sé —había algo en su cara que no sabía descifrar.
—Dime, ¿qué te pasa?
—Nada, es una tontería
—Va dímelo. ¿No estás bien con mi hermano?
—No es eso, tu hermano es genial, pero...
—¿Pero? —me miró con una cara de resignación
—No sé, tu hermano tiene que encontrar a alguien, este es su último año antes de...
—¿Y?
—A veces me da por pensar que solo soy su premio de consolación.
—¿Qué? Eso no es verdad, mi hermano lleva loco por ti, desde el año pasado. Pero estaba asustado, pensaba que le ibas a decir que no.
—¿De verdad?
—Pues claro.
—A mi tu hermano me gusta desde que estaba en el instituto.

Nunca antes había estado en esta planta, era de color azul, cada planta estaba tapizada de un color distinto. La mía era de color melocotón. Tanto las paredes como los suelos estaban tapizados con telas sintéticas y las puertas eran de metal de color gris.
—¿Y tú con el musculitos?
—Es  un amigo. Lo conocí el viernes.
—¿Puedo preguntarte algo?
—Claro.
—¿Estás pensando en irte a Cristalesfera? —¿cómo lo sabía?
—¿No le habrás dicho nada de esto, a mi hermano?
—No, llevo dándole vueltas desde que te vi con él, pero no lo he comentado con nadie. ¿Entonces es cierto?
—No lo sé. Es una locura. Tendría que dejarlo todo, mi familia, mi vida.
—Yo estuve a punto de hacerlo. Me agobia mucho las normas de la colonia y mis padres. Sobre todo mi padre, si por el habría sido no seguiría estudiando, estaría trabajando con él. Me echo para atrás lo de las pruebas. Sabía que no las pasaría.
—Ya. Esa es otra, no creo que las pase. Uriel no hace más que darme ánimos. Me está ayudando a prepararlas.
—Yo me he arrepentido muchas veces. Tu familia seguirá estando aquí. No estarías tan lejos. Deberías inténtalo, preséntate a las pruebas y si las pasas luego tomas la decisión.  ¿Además algo me dice que tú tienes una motivación más que yo?
—Solo intenta ser amable. Soy la única que ha mostrado interés en ir.
—Yo creo que le gustas. No sé, lo vi en sus ojos en otro día.

Al salir del ascensor nos encontramos de frente con los chicos. Estaban charlando amistosamente. Me preocupaba que Orlando intentará sonsacarle información o que pensase que Uriel quería algo conmigo.
—Uriel pensaba que no ibas a aparecer —me dijo mi hermano.
—¿Así? Mi hermano que me ha hecho chantaje.
—No le hagas caso, no es un chantaje, es un favor y ya sabes que te lo voy a devolver. ¿Qué tal ha ido? —estaba preocupado. Nos miró a los dos.
—Pues me ha dicho que la próxima vez quiere conocerte.
—No es verdad, me tomas el pelo.
—Es verdad, Orlando —le dijo Saphira, medio haciendo pucheros.
—Ehi, Saphi tranquila —le dijo abrazándola. —Si quieren conocerme, pues que me conozcan. A no ser que te avergüences de mí.
—Eres idiota, como de voy a avergonzar de ti. Me agobia tanto control.
—A mi también. Saphi, pero al menos ahora estamos juntos. Salgamos de aquí, vamos a dar una vuelta en el barco y olvidémonos de todo esto.

Nos separamos y ellos se encaminaron al embarcadero de la planta menos uno, y nosotros al embarcadero del menos dos que es el subacuático.

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