Capítulo II

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Se levantó a las 9:30 a. m., como era usual los sábados. Se cepilló los dientes y bajó a desayunar. La mesa ya estaba puesta y su madre servía la comida.

—Buenos días, hijo —lo saludó—. Por favor, ve a ver si Izuku está despierto. Si lo está, dile que baje a comer.

Gruñó en respuesta, pero igual fue.

—Hey, idiota —llamó mientras tocaba la puerta, pero nadie contestó—. Oye, bastardo, baja, la bruja ya hizo el desayuno.

Golpeó la puerta un poco más fuerte, pero nada. No se escuchaba ni un ruido.

—¡Más vale que salgas, ¿oíste cabrón?! —dio fuertes golpes, pero no obtuvo respuesta—. ¡No me ignores, malnacido! ¡Abre la puta puerta! —gritó enojado, golpeando aún más fuerte. Parecía que iba a derribarla—. ¡Si no sales ahora mismo te sacaré de ahí a golpes! ¡Es la última advertencia!

Pero nadie contestó.

—¡Tú lo quisiste, imbécil! —abrió la puerta y entró a la habitación. La escaneó con la mirada, pero no encontró al oji-verde. Revisó el baño, pero tampoco estaba.

—Ay no...

Salió corriendo, bajó de dos en dos las escaleras y se apresuró al comedor.

—Katsuki, te dije que solo lo llamaras si estaba despierto, no que lo despertaras. Hasta aquí se escuchó tu escándalo —lo regañó.

—Pues el muy bastardo hace rato que despertó porque no está en su maldito cuarto —dijo, y ella se preocupó.

—¿Qué? ¿Cómo que no está en su cuarto? —ya estaban repitiendo lo mismo de ayer—. ¿Y el baño? ¿Buscaste en el baño?

Bufó y se cruzó de brazos.

—¡Claro que lo busqué en el baño, anciana! ¿Acaso crees que yo vendría armando un drama porque sí?

Ahora entendía un poco la preocupación de su madre, y la verdad, era con buena razón. Que alguien se escapara en la madrugada sin hacer ni un ruido era escalofriante.

—¡Vamos ahora mismo a buscarlo!

—¿Ah? —lo tomó del cuello y lo arrastró hasta la puerta—. ¡No! ¡Oye!... ¡Espera! ¡¿A dónde mierda se supone que vamos?!

—¿Acaso estás sordo, mocoso? ¡Dije que vamos a buscarlo!

—¡¿Y dónde carajos se supone que lo buscaremos?! ¡Solo llama a la policía y que ellos se encarguen, mierda! —trataba de zafarse, pero era inútil.

—¡Esos idiotas jamás lo encontrarán! —Lo cual era verdad. Si Izuku decidía no ser encontrado, ten por seguro que era un juego de las escondidas imposible de ganar.

—¡Si ellos no pueden, menos nosotros, bruja! ¿Piensas andar por toda la puta ciudad hasta encontrarlo o qué?

Tenía que hacerla entrar en razón, que se calmara.

—¡Eso era justo lo que pensaba hacer! —dijo tomando las llaves del auto.

—¡¿Qué?! —Oh no, eso no podía estar pasando. Mierda, mierda, y más mierda—. ¡No puedes! ¡Recapacita, maldita desquiciada! —puso su mano en la manilla de la puerta—. ¡NI SIQUIERA TRAIGO PANTALÓN NI CAMISA! ¡SOLO UN MALDITO SHORT! —y la abrió.

Se detuvieron en seco al ver al pecoso frente a ellos. Este parpadeaba varias veces, sorprendido y con cara de: ok, creo que me equivoqué de casa, mejor me voy.

—Tú... —murmuró con odio. Estaba dispuesto a abalanzarse sobre él y golpearlo con todas sus fuerzas por meterlo en tantos problemas.

—¡Izuku! —exclamó emocionada su madre, lanzándolo a un lado. Su frente y nariz chocaron contra el muro con un ruido sordo. El peliverde abrió más los ojos, sorprendido. Katsuki se dejó caer al piso, quejándose del dolor.

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