Prólogo

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Solo quería dejar de sufrir.

¿Era eso mucho pedir?

¿Era malo ser como era?

No quería más dolor, más rechazo, más heridas, más daño. Estaba cansado.

Sus brazos y piernas temblaban, sentía punzadas horribles en el pecho con cada respiración, por tenue que fuera. Los huesos rotos se clavaban y desgarraban sus músculos como clavos. Los golpes y hematomas, en conjunto con la sangre fresca y seca, cubrían su piel desnuda como una escalofriante pintura. Su interior se retorcía, se estrujaba, ardía. Sentía que se rompería en mil pedazos. Cada segundo era una espera eterna, llena de agonía.

Las lágrimas se acumulaban y se desbordaban de sus ojos.

No quería seguir viviendo.

Tal vez, si moría, todo sería mejor. Su pequeña familia dejaría de sufrir, y las personas a su alrededor ya no se sentirían incómodas.

Meditó cómo sería todo si muriera, y no le sorprendió descubrir que todo sería mejor... Nadie sería dañado. Ni él, ni nadie.

No había quien lo fuera a extrañar de todas formas.

Recordó a su madre, quien, a sus ojos, era la única persona en el mundo que lo apreciaba aunque fuera un poco. Tal vez ella lloraría su muerte. Tal vez le haría un funeral. Tal vez iría a su tumba cada año con un ramo de flores, y hablaría al aire, esperando que sus palabras lo alcanzaran en el otro mundo. No necesitaba eso. Solo esperaba que, tal vez, y solo tal vez... lo recordara.

El brillo de vida se esfumaba de sus ojos... claro, si es que alguna vez tuvo vida en primer lugar.

Miró el cielo nocturno a través de la ventana de aquella habitación. Estaba lleno de estrellas y algunas nubes que parecían de lluvia. De repente, un recuerdo vago llegó como un destello: estaba junto a alguien en una montaña, o algo parecido. Estaban sentados sobre una gran roca mirando el cielo, justo como el que ahora observaba. Quien estaba a su lado giró la cabeza, lo miró y le dijo:

—No dejaré que ninguno de esos tontos ni nadie más te vea llorar, ¿vale, Deku? ¡Yo te protegeré! Así que... ¡nunca te alejes de mí! ¿Me oyes? ¡Nunca!

—¿Quién... era? —preguntó al aire, con una voz áspera y quebrada.

No recordaba su rostro. No recordaba su nombre.

Pero no importaba. Ya nada importaba. De todas formas, no volvería a ver a quien fuera esa persona.

Durante las últimas horas había luchado por no cerrar los ojos. Sabía que, si perdía la conciencia, se acabaría. Se había aferrado a la vida con la esperanza de salir de ese infierno, pero... ¿valía la pena el esfuerzo? Si salía de ahí, solo le esperaba otro infierno, incluso peor. Un dolor peor. Una tortura peor.

La tensión de sus músculos se disipó.

Ya no seguiría peleando.

Ya no se resistiría.

Así, al menos, dejaría de ser humillado, utilizado, violado, torturado mental y físicamente.

Sería libre.

Libre de tanto odio, de tanto dolor, de tanto sufrimiento. Libre de él... y de las personas que amaba. Libre para ser él mismo.

¿Al fin dejaría de sentir dolor?

Eso era lo que más deseaba.

Si hubiera sabido que abrirle los brazos a la muerte le haría sentir así de aliviado, lo habría hecho hace mucho, mucho tiempo.

Todas Mis CicatricesDonde viven las historias. Descúbrelo ahora