Un golpe. Otro. Otro.

Por más que le diera golpes al saco de boxeo, este casi no se movía y parecía reírse en mi cara. Le propiné otra sarta de puñetazos, frustrada, y me rendí.

Apoyé la mejilla en él y lo rodeé con los brazos para mantenerme de pie, porque sabía que, si me sentaba, no sería capaz de volverme a levantar.

Así no iba a ganar nunca contra un vampiro. Y menos contra su líder.

Ese era el porqué de que estuviera en una sala de entrenamiento, sola, a las cinco de la mañana y perdiendo una pelea contra un saco. Si realmente quería salir victoriosa en el rescate de la princesa Lia debía aprender a luchar bien, y me daba la impresión de que solo con los entrenamientos avanzaba demasiado lento.

Mi resistencia había mejorado mucho desde que llegué a la aldea, al igual que mi capacidad para manejar algunas armas (aunque aún estaba pendiente la clase con Tom). Sin embargo, no podía decir lo mismo sobre la fuerza.

Tam me pedía paciencia, pero ahora, después de saber quién había matado a mis padres y quién tenía a Lia, la paciencia era prácticamente inconcebible. Quería venganza. La quería ya. Y me sentía impotente.

Lágrimas me nublaron los ojos.

—Para vencer al enemigo tienes que pelear contra él, no abrazarlo. Desgraciadamente, este método deja de funcionar en cuanto te haces mayor—dijo una voz masculina a mi espalda. La reconocí al instante.

Parpadeé unas cuantas veces para alejar las lágrimas de mis ojos y me giré.

Aran estaba apoyado en el marco de la puerta y me miraba con una sonrisa torcida.

La última vez que había estado con él, la noche en que hablamos con Sócrates, no había querido charlar con nadie durante el camino de vuelta a la aldea, así que él había permanecido a mi lado sin decir ni una palabra hasta que habíamos tenido que separarnos. Ya habían pasado cuatro días desde entonces.

—¿Cuánto tiempo llevas ahí? —pregunté cruzándome de brazos y sonrojándome.

—Lo suficiente como para verte rendirte ante un saco.

—Solo estaba cansada, luego iba a continuar.

—¿Esta será tu excusa en el campo de batalla? Vas a tener que hacerlo mejor.

Puse los ojos en blanco.

—Deja de aleccionarme, tú no eres mi instructor —protesté molesta.

—¿Te gustaría que lo fuera?

Lo fulminé con la mirada.

—Si eres tan arrogante, no.

Él se echó a reír y abandonó su pose de indiferencia para cerrar la puerta y acercarse a mí.

—¿Cómo estás?—me preguntó al llegar a mi lado.

Yo suspiré.

—Me es imposible no pensar en Amanda. Por si no nos hubiera dado ya suficientes dolores de cabeza, ahora resulta ser líder del clan enemigo, con todo lo que eso conlleva. Es decir, también fue ella la asesina de mis padres. Si no hubiera sido por ella... ellos aún estarían aquí y no puedo dejar de pensar en que todo hubiera sido mucho mejor entonces.

De nuevo, mis ojos volvían a estar llorosos.

Aran me miró apenado y me abrazó. No opuse resistencia, simplemente dejé que mi cabeza se hundiera en su hombro.

—Yo seré tu saco de boxeo—me dijo decidido—. Sí, yo seré Amanda.

—¿Qué?

Como respuesta, Aran me llevó hacia la lona del centro de la sala.

Tras aquellos ojos verdes¡Lee esta historia GRATIS!