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Subieron al auto y ella lloró en su pecho mientras él la rodeaba con sus brazos.
-No quiero que vuelvas a irte.-dijo él.- Nos asustaste mucho a todos.
-No sé, es que.... no quiero seguir generando problemas.
-No causas problemas. Te queremos. Todos te queremos mucho. Vamos a casa.
Ella negó y él volvió a acariciar su cabello con suavidad.
-No tengo amigos en el colegio porque tampoco tenía amigos en el otro colegio. No sé hacer amigos. La gente me evita. No sé como cambiarlo. William se preocupa mucho y siento que lo desilusiono pero no sé como evitarlo.
-Hey, tranquila. Vamos a encontrar la forma de solucionarlo, juntos. Te lo prometo. Ahora es muy tarde y tu primo está muy asustado.
-Está bien.-susurró ella y se acomodó en su asiento clavando los ojos en la ventanilla.
-Elizabeth...-comenzó.- Mirame, por favor.
Ella volteó y clavó sus ojos en los de él. Andy sabía de sus inseguridades, de sus temores, de sus secretos. Acuno con su mano la mejilla de ella y la acarició con su pulgar.
-Todo está bien.-murmuró ella y él le sonrió suavemente antes de besarle la frente y arrancar el auto, debía llevarla a casa. Estaba preocupado por ella pero también estaba aliviado porque ella confiaba en él y lo había llamado en busca de ayuda.

Al entrar, William la aguardaba de brazos cruzados. Ella pasó delante de él y suspiró. No sabía siquiera que decir. Se sentía agotada y no podía dar explicaciones.
-Perdón. -murmuró sin mirarlo.- Soy una estúpida, lo sé.
Quiso seguir su camino pero él la detuvo.
-Tenemos que hablar, ahora.
-William, por favor.-pidió.- Mañana escucho todos los sermones y los retos que sé que merezco y vas a darme pero ahora me siento muy mal y solo... quiero ir a mi habitación ¿Si? Acá está mi celular y sé que estoy castigada, no te preocupes por eso.
Subió lentamente las escaleras con una mano en su cabeza y se metió en la habitación.
Todos se miraron entre si, algo confundidos. Al final, los ojos se posaron en Andy quien también subió las escaleras en silencio y se metió en su habitación.
Todos fueron a sus respectivos cuartos, excepto William, que fue al de ella y la tapó con las sábanas mientras ella dormía. Miró la habitación y se le antojó triste, porque eso era, triste. Vista desde fuera, desde alguien que entra por primera vez, era perfecta. Pero ya no sucedía lo mismo. Desde ese lugar, iluminada por un simple velador, se le antojaba nostálgica y se preguntaba por qué ella había disfrazado la tristeza con colores si no dejaba que nadie traspasara la puerta.
Besó su frente y apagó la luz. Debía lograr que la pesadilla volviera a convertirse en un espléndido sueño para ella.

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