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Ella no quería seguir con eso. No quería seguir distrayendo a su primo o enfureciendo a Scott. Por eso, esa misma mañana, salió de la casa sigilosamente con el skate en su mano y una pequeña mochila colgando en su espalda. No sabía que haría pero eso no sería un problema para ella porque jamás sabía que hacer.

Todos desayunaban en silencio. Scott sabía que todos estaban molestos con él. Ellos tenían razón, había sido él quien estaba confundido.
-Bueno.-dijo dejando la taza y mirándolos.-Lo lamento. ¿Si? Por ahí lo interprete mal. Estaba enojado. ¿No puedo enojarme? Me fastidia que ella sea el centro de atención en todo momento.
-Es mi prima.-dijo William, fastidiado.- Tiene dieciséis años y yo me perdí todos esos años de su vida. No está pasándola bien. Es como una pequeña niña que intenta comportarse como una adolescente pero no puede. Está asustada, no tiene amigos y la insultan y amenazan por las redes sociales. No está acostumbrada a esto y es sumamente sensible. ¿Por qué te empeñas en hacer que la pase peor? Scott, sos su ídolo. ¿Por qué no podes tratarla bien? No es difícil. Conocela.
-Es verdad. Ella es increíble. -dijo Toby.- Y ustedes se llevarían muy bien. Necesitamos que la aceptes. Es necesario para todos.
-Está bien.-suspiró él.- Voy a disculparme, ¿Si?
Subió las escaleras y llamó a su puerta pero nadie respondió. Volvió a llamar una y otra vez pero no obtuvo respuesta alguna.
-William.-llamó extrañado.- ¿Podrías venir un minuto?
-¿Qué pasa?-preguntó confundido. Él señaló la puerta cerrada y volvió a llamar.- ¿Elizabeth? Mi vida, abrime la puerta por favor.

Cuando la noche cayó, Elizabeth se sentó en su skate en una esquina viendo a la poca gente pasar. No sabía si lo que hacía era lo correcto. Comenzaba a sentirse mal, mareada y quería estar con William y los demás. Se sentía pequeña, diminuta en esa calle en la que ya no quedaba casi nadie. Las lágrimas amenazaban con salir de sus ojos y se dijo que ella no era como las chicas de los libros, cargadas de coraje y rebeldía, ella no podía hacer lo que ellas.
Tomó su teléfono y le marcó a Andy,  necesitaba que él la ayudara como lo hacía desde que había llegado a sus vidas.
-¿Elizabeth? -preguntó y sonaba preocupado.
-Andy.-sollozó ella.- Andy, ¿Estoy haciendo las cosas bien? No sé que estoy haciendo.- se tomó el rostro entre las manos y comenzó a llorar aún mas.- Andy, te necesito.
-Decime donde estás,  ¿Si? Necesito ver que estés bien. Por favor.
-No sé donde estoy.-lloró ella y abrazó sus piernas.- No lo sé.
Él la vio acurrucada y detuvo el auto.
-Te encontré. -susurró él y cortó la llamada para luego bajar y hacerla ponerse de pie.- Acá estoy, linda.
Ella le rodeó el cuello con ambos brazos y se aferró a él como si estuviera a la deriva y él fuera su única tabla de madera.

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