||Capítulo 3.

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Doncaster, Reino Unido.

Harry estaba muy absorto en su propia burbuja de felicidad que aunque el escándalo asustado se escuchaba cada vez más fuerte, siguió bailando. La canción le hacía experimentar una extraña sensación falsa de libertad, por lo cual le tomó unos cuantos segundos más salir de su trance. A lo lejos comenzó a escuchar gritos detrás de su ilusión, gritos desesperados pidiendo ayuda. Poco a poco dejó de bailar y se sostuvo de la barra de metal para evitar caer, bajó la mirada para ver qué sucedía, confundido.

Pudo divisar desde arriba que varias personas se encontraban al rededor de algo, soltando exclamaciones y otras tantas corrían a ver la escena. Harry se preocupó, ¿había algún herido?, ¿alguien se había torcido el pie?, ¿se había desmayado alguien?

—¡Por favor, hagan algo! —gritó una de las tantas personas que estaban amontonadas a su al rededor.

—¡Ha inhalado demasiado gas! —gritó otra, presa del pánico.

Harry no comprendía al cien por ciento lo que pasaba hasta que alzó la vista, y a lo lejos vio la multitud enardecida. Aquellas personas tenían carteles contra la diversidad sexual, frases y dibujos amenazantes pintados en pliegos de papel blancos. Los miraban furiosos. Harry se dispuso a bajar con velocidad por las escaleras de la carroza, no lo había querido admitir pero ahí estaba la advertencia de su amiga, la advertencia de que ellos sabotearían la marcha costara lo que costara. 

No logró entender del todo el por qué la gente estaba tan asustada hasta que una segunda bomba de gas explotó de lado derecho del carro alegórico, haciendo que las personas se disiparan al instante con tal de no respirar nada del humo. 

Bajó con más rapidez cuando vio claramente lo que tramaban: los estaban atacando, estaban atacando a su familia. Los estaban lastimando sólo por ser lo que eran, y por apoyar la diversidad sexual. ¿De verdad la gente podía llegar a ser tan inconsciente para llegar a ese punto? Harry terminó de bajar y se dirigió a la multitud que pedía ayuda. Saltó del carro alegórico dispuesto a brindar su ayuda.

No permitiría que lastimaran a más gente. Todos los que se encontraban allí habían sido ya bastante lastimados en el transcurso de su vida por ser diferentes, no necesitaba añadir más cortes a sus heridas.

Con sus piernas largas llegó pronto hasta la primera víctima del ataque, una adolescente de no más de quince años estaba desmayada en el pavimento, tenía el cabello revuelto y parecía hacer gestos conforme respiraba. Todos abrieron paso al ver que Harry se acercaba y el chico se arrodilló a un lado de la adolescente.

—Rápido, necesito que se alejen para que pueda respirar —dijo en voz alta, por lo que todos comenzaron a disiparse al rededor.

Harry con delicadeza tomó el pulso de la muchacha, estaba bien, todo iba normal y suspiró aliviado, alzó la vista y se encontró con otro adolescente que los veía claramente asustado. Necesitaba una ambulancia así que decidió que él sería quien le brindaría ayuda.

—Tú, el chico de tirantes de colores—llamó en voz alta al chico, y éste lo miró expectante— Necesito que vayas por los paramédicos, llámalos y dile que hay heridos. No están lejos, deben de estar un poco más atrás de la marcha.

—S-sí —accedió inmediatamente y se dispuso a correr.

—Los demás —gritó Harry dirigiéndose a los que lo rodeaban—, comuníquenles a todos que se detengan y que no avancen más. Háganse para atrás, no quiero heridos, ¿vale?

Él parecía histérico, de hecho estaba histérico. Una maraña de sentimientos crecía sobre él; enojo, furia, tristeza... Había estado tan feliz por haber ganado aquel caso y por fin había logrado que les dedicaran un día, por fin había pensado que estaba a un paso de la libertad...

Detrás del arcoíris ||L.S.¡Lee esta historia GRATIS!