Parte 1

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Traducción de "Let's pretend the war is over" de Pir8fancier.  


Ese año, el aniversario de la muerte de la madre de Draco cayó en jueves, lo que lo irritó muchísimo. El jueves era un día tan insignificante, cuya única fama provenía de ser el precursor del viernes. El aniversario de su madre debería caer siempre en domingo; ese día tenía un no-sé-qué de dignidad que no tenían los demás. Una majestuosidad que le quedaba bien a su madre. No como otros días apestosos y de segunda categoría, como el jueves. Draco la habría honrado todos los años en domingo si no se le hubiera ocurrido que eso significaba que estaba un poco loco. Un estado que estaba tratando de evitar a toda costa. Lo que estaba resultando un poco más dificultoso de lo que había previsto.

Los años posteriores a la guerra no habían sido muy buenos. Por decirlo de manera amable. Habiendo siendo educado bajo el constante sonsonete de la tradición, de la historia, y del lugar que él ocupaba en esa historia, retumbando en sus oídos durante todos los días de su niñez; el silencio, no, la desaparición de aquellos tambores, dejó un insoportable vacío que Draco era incapaz de llenar. La Mansión destruida durante la guerra. Sus amigos, asesinados. Sus padres, muertos. Realmente no le quedaba nada.

No se había enterado de lo que sucedía mientras ocurría, y fue durante su virtual encarcelamiento en Spinner's End –que duró la guerra completa- cuando los tambores dejaron de sonar. No era que él lo supiera, él, quien una vez había guardado la ilusión de que estaba enterado; su mundo se había desintegrado bien y bonito sin él. Todos sus amigos habían caído, cada centímetro quemado y astillado de la Mansión Malfoy había sido destruido sin que él se diera cuenta.

Qué sacudida de cerebro. Tu mundo entero estaba siendo borrado del mapa y no tenías ni idea. Desayunabas, tomándote tu té aguado acompañado de bollos rancios, mientras tu madre estaba siendo asesinada por Voldemort. Y tú, ni enterado.

Su juicio fue misericordiosamente corto. Apuntarle a alguien con la varita y desear que estuviera muerto no era, afortunadamente, un crimen. El asunto con el armario sí le ocasionó algunos problemas, pero no fue nada comparado con los crímenes más serios cometidos por otros. Su edad también trabajó mucho a su favor. Unas pocas personas estuvieron desesperadas por colgarle la muerte de Dumbledore, pero con el testimonio de Potter, ¿qué hubieran podido hacer?

Los tipos duros de pelar del Ministerio se contentaron con requisarle su herencia completa. No pudieron quitarle el dinero que su familia tenía en Francia, así que Draco no había quedado en la miseria; Dios, cómoeso se atoró en el buche de algunas personas, pero, ¿qué importaba? La gente era idiota. ¿No se daban cuenta que el dinero no importaba? No le quedaba nada.

Mientras esperaba a volverse loco –Draco tenía la ligera sospecha de que en verdad no le faltaba mucho- había rentado un pequeño apartamento en el Callejón Diagon. Amueblarlo había sido un poco problemático; no tenía caso comprar nada si pronto ibas a estar como una cabra. Había tenido que buscar entre las ruinas de la Mansión, a hurtadillas y en medio de la noche, para robarse los pocos muebles que el Ministerio no había destruido en su afán por atrapar a su padre. ¿Cómo no iba a tardar en deschavetarse si se había descubierto a él mismo robándose su propia cama?

Ignoró los golpes en la puerta. Constantemente escuchaba como si alguien golpeara, y hacía mucho que había decidido que no iba a estar mimando a su locura.

Entonces, los golpes gritaron:

—¡Malfoy, abre la puerta!

Los golpes habían comenzado a hablar apenas recientemente.

—¡Abre la maldita puerta!

Draco siempre ignoraba a los golpes cuando comenzaban a hablar.

La puerta se abrió.

Si Draco no se hubiera sentido completamente horrorizado, hasta le hubiera hecho una señal de aprobación a su locura al comprobar cuán ingeniosa se había vuelto, porque ahí estaba, viendo a Harry Potter con un ramo de rosas blancas de tallo largo entre los brazos. Normalmente era Potter la voz detrás de los golpes. Así había sido como Draco se había dado cuenta de que estaba volviéndose loco. ¿Desde cuándo Harry Potter (alabado vencedor de Señores Tenebrosos) llegaría de visita a la casa de Draco Malfoy (desgraciado ex seguidor de Señores Tenebrosos vencidos) a la hora (Draco miró su reloj) del té? No en esta maldita vida.

Su demencia era precisa como nadie más, porque Potter había llegado tarde.

—Lo siento. Es hoy, ¿verdad?

Draco asintió. Había descubierto que valía la pena ser amable con esas alucinaciones.

—Cuando irrumpimos en la Mansión, vi el jardín que tenían y recuerdo todas aquellas bellísimas rosas blancas, ennegrecidas por culpa del hollín.

Draco volvió a asentir. No porque hubiera estado ahí en aquel momento, sino porque había visto los destrozados restos de lo que había sido el jardín de rosas. El jardín de rosas de su madre.

La alucinación puso las flores en la mesa y luego caminó hasta el sillón donde Draco estaba sentado. Draco pudo oler el denso y casi abrumador aroma de las rosas. Inhaló profundamente y reprimió un recuerdo de su niñez, a su madre parada ante un florero, el destello de sus anillos de diamantes reflejando la luz de los candelabros mientras arreglaba las rosas para formar un armonioso arco. La alucinación se sentó junto a Draco y lo rodeó con sus brazos.

Esa era la parte favorita de Draco. No pasaba muy seguido, y sólo le ocurría con la alucinación de Potter. Draco siempre se maravillaba ante la precisión de su demencia, ya que incluso era capaz de sentir el cuerpo del hombre que lo estaba abrazando. La presión de un suspiro contra su oreja.

—Malfoy. No te des por vencido.


Vamos a fingir que la guerra ha terminado (fanfic drarry)¡Lee esta historia GRATIS!