Libro 2, capítulo 3, fragmento 1

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Cristina se desperezó lentamente, extrañada al saberse sola en la cama quitando la presencia de Schuster, que dormitaba a sus pies tendido cuan largo era. Tras comprobar por el despertador de su mesita de noche que no eran ni las siete y media, por lo que le quedaba un buen rato hasta que el deber la llevara a acudir al trabajo en su consulta, sopesó si debía o no levantarse. Sin embargo, cuando le llegaron ruidos ahogados por la distancia provenientes de la cocina, decidió hacerse la remolona un poco más.

Una sonrisa de satisfacción le iluminó el rostro cuando su marido estuvo de vuelta portando una bandeja con el copioso desayuno que había preparado, detalle que si bien le pareció encantador, también la puso en alerta.

—Buenos días —dijo el defensa del Juventud, poniéndosela sobre el regazo cubierto aún por la colcha.

—Buenos días, juerguista —replicó ella besándole en los labios—. ¿A qué hora llegaste anoche? No te oí entrar, aunque sé que en algún momento me moví para tu lado de la cama y te encontré.

—Lo sé, te pegaste a mí como una lapa —recordó él, divertido, mientras le acariciaba la cabeza al perro, quien le devolvía el saludo moviendo ligeramente el rabo, aunque sin dar indicios de querer levantarse—. Pues no muy tarde, a las dos y media o por ahí.

—¿Y eso? —se interesó, tomando un vaso repleto de zumo de naranja—. ¿No lo estabas pasando bien?

—Qué va, fue divertido, pero ya no estoy para esos trotes... —se excusó— Tómate la pastilla, no lo olvides —indicó, en referencia a la dosis de ácido fólico que le habían recetado ingerir a diario preventivamente.

—Sí, tranquilo. —Se colocó la cápsula en la boca y, de un nuevo sorbo de zumo, la hizo desaparecer—. Por cierto, ¿a qué viene todo eso?

Puig hizo un mohín, como si se sintiera ofendido.

—Me apetecía tener un detalle romántico, por eso de que me marcho hasta el viernes. ¿No te gusta?

—Claro que sí, eres un cielo —afirmó ella untándose de mermelada una tostada—, pero en todos los años que llevamos casados, siempre que me has traído el desayuno a la cama era porque querías decirme algo importante. Y dudo que justo ahora vayas a cambiar de costumbres.

Él suspiró, pillado.

—Vale, tú ganas.

—Si lo que quieres decirme es que se lo has contado a los chicos, tranquilo, que ya lo sé —comentó ella, dándole a continuación un bocado a la rebanada de pan.

—¿Cómo que ya lo sabes? —se extrañó él, untándose por inercia otra tostada.

—Sergio me mandó un mensajito al móvil —se encogió de hombros Cristina, para acto seguido tomar el aparato de la mesa de noche y mostrarle, tras presionar algunas teclas, el mensaje multimedia que el mencionado le enviase de madrugada, y en el que solamente se veía la ochentera publicidad fotográfica de los muñequitos Pinypon; con su granja repleta de animales y árboles de plástico, por supuesto.

Puig imprimió todavía más fuerza al cuchillo para terminar de extender la confitura, desahogando su enfado.

—Cuando lo pille después, lo capo. Jurado —refunfuñó.

—¿Era esa chorrada? Pero tonto, si tarde o temprano se iban a enterar...

—No, no es eso. ¿Y te ha dicho también que han convocado a Joan?

Cristina sonrió ampliamente.

—No, ya se encargó él mismo de hacerlo con otro mensaje. —Devolvió el móvil a la mesita y le miró a los ojos, expectante—. Deduzco que ese tampoco es el asunto, así que venga, suéltalo.