❝ La invitación.❞


― ¿Estás bien? ―Me pregunta Peeta, pasándome una taza de té de manzanilla.

Luego de que me haya llevado dentro del tren, al último vagón, se había tomado la molestia de prepararme una taza de té y de hacerme compañía que no fue rechazada. Una sonrisa pequeña alzó uno de los lados de mis labios, mientras que mis ojos lo miraban. Él me correspondió la sonrisa y la mirada, hasta que ambos bajamos los ojos y reímos pequeñamente.

Acerco la taza a mi boca, y le doy un sorbo antes de contestar, y solo niego con la cabeza aunque la ingestión del té fue más gratificante de lo que esperaba. Mis manos dejan a la taza en la mesa de en frente, y mis labios se tuercen, mientras que miro a mis manos.

Un hoyo, tristeza, habían crecido en mi pecho conforme el tiempo pasaba, y sí, sentía demasiadas ganas de llorar, pero mis ojos no comenzaban a picarme, sin embargo, sentía que había llorado mucho, y no había sido así.

― Puedes llorar si quieres. . .―Dice tímidamente, mientras que duda en acercarse, o en decir algo más.

— Me siento mal. —Admito, mientras que una sonrisa que no toca los ojos se forma en mis labios. Peeta traga la saliva y suspira. — Pero no quiero llorar, no es porque no quiera. . . Solo. . .

— No sale. —Dice, terminando la oración por mí.

Mis ojos se levantan hacia él y lo miran brevemente, para luego volver a fijar mi vista en mis nerviosas manos, y asentir lentamente.

Un silencio crece entre nosotros y un suspiro sale de mis labios. Sé que quiere respuestas para poder hacerme sentir mejor, y yo quisiera poder dárselas, todas, porque siento que puedo confiar en él, pero no quiero meterlo en más problemas, no quiero llenarlo de mi tristeza innecesaria, no quiero sentir su lástima ni representar una carga para él.

Es cuando posa su mano sobre las mías, y yo levanto la mirada hacia él.

Él me sonríe suavemente, y no puedo evitar corresponderle de la misma manera.

— ¿Quieres galletas? —Me pregunta con amabilidad, y yo no puedo evitar mostrar todos mis dientes al sonreír.

Esa sonrisa sí toca mis ojos.

— Solo si el precio no es oler a rosas. —Le contesto, haciéndole una pequeña broma sobre su primera entrevista con Caesar Flickerman.

Peeta ríe con fuerza, y también toca sus ojos.

Sé que tampoco está siendo fácil para él.

— Solo si tienes una ducha normal. —Me contesta, y yo río suavemente, al igual que él. Las risas se calman y él me pasa una mano cuando se pone de pie.

— Creo que es bastante normal. —Le digo, tomando su mano entonces.

Ambos reímos, y nos vamos en busca de las galletas.





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